LONDRES.— Los líderes del G7 que se reunirán en Évian el 15 de junio tendrán ante sí un orden de posguerra agotado. Las Naciones Unidas, las instituciones de Bretton Woods y otros pilares de la cooperación internacional (fundados todos ellos en la convicción de que era posible una gobernanza global basada en reglas universales) produjeron décadas de cierta estabilidad e integración económica. Pero el mundo actual es demasiado multipolar, con un alto grado de interconexión digital y demasiada heterogeneidad política como para confiar en el consenso amplio como mecanismo principal para el manejo de los asuntos internacionales.
A la par de la divergencia de intereses nacionales, hay un uso creciente de la interdependencia económica como instrumento de coerción, lo que da lugar a bloques estratégicos rivales, en un tiempo en el que la velocidad con que se intensifican desafíos globales como el cambio climático, las migraciones y la inteligencia artificial supera la capacidad de respuesta de las instituciones vigentes. Aunque sea tentador aferrarse a un orden en desaparición o resignarnos a la rivalidad geopolítica permanente, lo que se necesita es una transición hacia un nuevo modelo de cooperación internacional basado en una gobernanza de coaliciones.
En muchos aspectos, el cambio ya está en marcha, aunque, en general, pasa inadvertido. Desde las cadenas de suministro de semiconductores hasta el clima y la seguridad, existe una creciente cooperación entre países a través de coaliciones temáticas: alianzas flexibles que reflejan las realidades de un mundo fragmentado, pero profundamente interconectado.
De modo que la pregunta que enfrenta el G7 no es si la gobernanza basada en coaliciones surgirá, sino si las democracias moldearán la transición o la dejarán a merced de la política del poder. Pocos organismos están mejor posicionados para guiar el proceso que el G7, que combina escala económica, capacidad tecnológica e institucional y una amplia convergencia de valores políticos. Pero se necesita para ello un replanteo de la gobernanza. Para empezar, los gobiernos deben superar la búsqueda de acuerdos universales. El resultado creciente del consenso es la parálisis, e incluso cuando se alcanzan acuerdos amplios, es común que su implementación sea incoherente. Un buen ejemplo es el Acuerdo de París (2015) sobre el clima: estipuló objetivos compartidos, pero los compromisos nacionales son muy diversos y la fiscalización todavía es débil. Ya se ven problemas similares en la gobernanza digital, la tributación, el comercio internacional y la política migratoria.
La gobernanza basada en coaliciones ofrece una alternativa más práctica. En vez de exigir acuerdos universales, permite a los países colaborar en temas específicos y comprometerse con un conjunto compartido de normas, mecanismos de supervisión e instrumentos de fiscalización. La participación es voluntaria, pero implica asumir responsabilidades.
La IA viene al caso. Se podría formar una coalición internacional que establezca normas compartidas para los sistemas de IA de vanguardia, reglas comunes en lo referido a la gobernanza de los datos, supervisión coordinada de las cadenas de suministro relacionadas y protecciones contra riesgos sistémicos. Dicha coalición supeditaría el acceso a sus mercados, sistemas financieros, redes de investigación e infraestructuras digitales al cumplimiento de esas normas. La misma lógica se puede aplicar en ámbitos como la política climática, el comercio internacional, los minerales críticos, la biotecnología, la ciberseguridad y la transparencia financiera. Esta modalidad no implica abandonar el multilateralismo, sino adaptarlo a la realidad multipolar del presente. La gobernanza basada en coaliciones ofrece un marco más flexible y eficaz para la cooperación en un mundo donde las grandes potencias ya no comparten los mismos intereses, valores o modelos políticos.
Al mismo tiempo, se necesita una gobernanza más integrada. Los desafíos actuales más apremiantes están muy interconectados, pero la respuesta de los gobiernos sigue siendo burocrática y compartimentalizada. No tiene sentido. La política comercial no puede ir separada de la sostenibilidad ambiental y de la seguridad tecnológica. La regulación financiera debe tener en cuenta el cambio climático y el riesgo geopolítico. Y la gobernanza digital debe equilibrar la innovación y la competencia con la resiliencia democrática y la seguridad nacional.
Cuando el éxito se mide con indicadores limitados, el resultado tiende a ser modos de gobernar limitados. Una alternativa prometedora es el conjunto de indicadores SAGE, un marco de evaluación sencillo que organiza los principales motores de desarrollo humano en torno a cuatro factores de prosperidad históricos: solidaridad (S), capacidad de acción (A), ganancia material (G) y sostenibilidad ambiental (E, environmental sustainability). En vez de reducir el éxito a la producción económica, este marco evalúa hasta qué punto la gente disfruta de comunidades cohesionadas, un poder significativo sobre sus vidas y un entorno saludable.
El objetivo de estas medidas no es sustituir al PIB, sino situar el desempeño económico en un contexto más amplio. El G7 puede impulsar este cambio exigiendo que las iniciativas importantes se evalúen en función de un conjunto más amplio de objetivos sociales, económicos y ambientales. Por ejemplo, juzgar los proyectos de infraestructura por su contribución a la cohesión social y a la resiliencia ambiental, no sólo el crecimiento económico; o evaluar los sistemas de IA por las ganancias de productividad que generen y sus implicaciones para la capacidad de acción democrática. En cuanto a los acuerdos comerciales, se esperaría de ellos que promuevan la sostenibilidad, la resiliencia de los mercados laborales y la responsabilidad en el ámbito digital, y no sólo la eficiencia económica.
Cualquiera sea el orden internacional que surja, no girará en torno a un centro de poder, modelo de desarrollo o conjunto de prioridades únicos. En el mejor de los casos, estará formado por coaliciones superpuestas centradas en temas y sectores diferentes. El desafío está en asegurar que la superposición sea fuente de fortaleza y no causa de fricciones, conflictos e incoherencia perpetua.
El futuro de la gobernanza global depende de aprender a gobernar un mundo más diverso y fragmentado. La cumbre del G7 ofrece una oportunidad única para articular una idea de cooperación internacional basada en coaliciones que pueda expandirse y evolucionar para incorporar a nuevos socios (del G20 o más allá). Hacerlo puede ayudar a sentar las bases de un orden mundial más flexible y resiliente.
*Fundador y presidente de la Global Solutions Initiative y presidente emérito del Instituto Kiel de Economía Mundial
Copyright: Project Syndicate, 2026
