Willam Ospina: de aventura con Humboldt
El escritor colombiano atrapa desde la ficción el pensamiento y la influencia del geógrafo y naturalista alemán

GUADALAJARA.- Cuando los sustentos mismos de la vida están vacilando; cuando no somos capaces de salvar el agua, el aire, los ciclos de la vida; cuando la educación está mostrando sus debilidades, sus fracasos. Entonces, es el momento en que seres como Humboldt son cada vez más iluminadores, más vigentes”, afirma tajante el escritor William Ospina (1954).
Para el poeta y novelista colombiano, el geógrafo y naturalista alemán Alexander von Humboldt (1769-1859) “fue capaz desde hace dos siglos de avizorar lo que venía y hasta de diseñar modelos de un tipo de relación distinta con la naturaleza, con el conocimiento.
Fue un humanista que tomó en cuenta todo el entorno y que invitó a la contemplación, al respeto de la naturaleza. Lo siento como alguien muy contemporáneo. Yo creo que Humboldt es más contemporáneo de nosotros, que de los hombres de su tiempo”, comenta en entrevista con Excélsior.
Por esta razón, aunque le dedicó un poema hace 30 años, publicado en su libro El país del viento (1992), Ospina se concentró desde hace seis años en investigar la vida de este científico que visitó países de distintos continentes y en leer su obra para dar vida a la novela Pondré mi oído en la piedra hasta que hable (Penguin Random House).
El también ensayista, que presentó su nuevo libro en la 37 Feria Internacional del Libro de Guadalajara, que termina hoy, admite que la pregunta que se hizo desde el comienzo y que perduró a lo largo de la escritura fue “¿cómo asir a un personaje inabordable?”.
Y agrega que “era un botánico, un geólogo, un anatomista, un astrónomo; pero también un sociólogo, sin duda, y hasta un lingüista. Participa de muchas cosas; pero, evidentemente, era mucho más que un científico, era un viajero, un explorador, un artista y un pintor”.
La portada del libro es un autorretrato que Humboldt se hizo en París en 1814, se apunta en la página legal de la novela.
Esa pluralidad lo hace también un poco esquivo, evanescente. Me preguntaba si sería capaz de atrapar a Humboldt. Pero ese era un juego apasionante, porque con él es posible vivir una aventura como esta”, añade.
El autor de El país de la canela confiesa que el proceso de creación fue apasionante.
Si estoy hablando de su viaje por el mar, no dejará de ser un capítulo sobre los vientos, las corrientes marinas, las mareas, los riesgos de estar encerrados en un barco, las tempestades. Y si es un capítulo sobre el ascenso al volcán Teide, no dejará de ser sobre piedras, obsidianas, azufres, las solfataras, sobre las nubes.
Yo desesperaba de la posibilidad de atraparlo en su conjunto, pero me deleitaba de todo lo que él estaba haciendo, de cómo se escapaba a la mera definición del científico; a la idea del conocimiento como algo académico, como algo que está guardado en una cripta, en un claustro; a la idea de que es posible acceder al mundo solamente por la vía de la razón. Él siempre está sintiendo que se necesita atender a la belleza, a los sentimientos, a la inspiración”, indica.
Por otro lado, aclara, “atrapar a Humboldt es también tratar de atrapar las consecuencias de lo que hizo, los resultados, su influjo sobre las ciencias del siglo XIX, sobre la geografía, la astronomía, la literatura. Sin él, no habría sido posible la obra de Julio Verne, o buena parte de la de Rimbaud”.
Humboldt visitó la Nueva España (México): llegó el 22 de marzo de 1803 y permaneció durante un año. “Si algo sabía cuando salió de Europa era que quería visitar México. También quería conocer Perú, y lo que más lo atraía de ambos países era su pasado prehispánico y su mundo natural.
En Ciudad de México quedó fascinado y conmovido de la riqueza del mundo intelectual. Pero sentía el vestigio de ese otro mundo a medias sepultado, pero muy vivo en la conciencia de la gente, en su lenguaje. Él le pidió al obispo de la ciudad que le dejaran ver a la Coatlicue. Estuvo una hora observándola”, narra.
Hasta cierto punto, mi título, Pondré mi oído en la piedra hasta que hable, tiene que ver no solamente con su pasión por la geología y por los volcanes, sino también porque estas piedras de la cultura prehispánica le enviaban mensajes que tardaba en descifrar”, concluye.
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