El espejo endilgado

Es una frecuente práctica humana el rechazo de la culpa propia para convertirla en ajena o en vacante. Ello se debe a cuatro causas. A nuestra inconsciencia y no sabemos que somos los culpables. A nuestra cobardía y no nos atrevemos a afrontar nuestras culpas. A nuestra irresponsabilidad y no queremos cargar con los costos de la culpa. A nuestra perfidia y queremos que miren hacia otros.

Disculpamos, olvidamos, encubrimos, endilgamos o negamos la culpa. Le sucede a los que somos insignificantes y a los que son importantes. Por eso, algunos gobernados son inconscientes o temerosos, así como algunos gobernantes son cínicos o cobardes. Así, el ratero grita “agarren al ladrón” y el huachicolero gritonea “mueran los corruptos”. Con ello, distraen a los mensos y evaden su castigo.  

Una vieja guasa se refería a cierta señora que se lamentaba de que, a su hija tan privilegiada en inteligencia, en simpatía y en belleza, le hubiera tocado la mala suerte de casarse con un marido tan cornudo. Los guasones modernos dirían que esa agraciada jovencita se malcasó por culpa de Calderón. Yo, siempre optimista, diría que fue malo que se malcasó, pero que fue bueno que no se malogró. 

Porque, en el fondo de las más crudas realidades, muchas veces somos nosotros mismos los causantes de nuestros problemas, de nuestras derrotas y de nuestros fracasos. Busquemos a nuestros enemigos no solamente afuera, sino, también, adentro de nosotros mismos. 

Así, ¿algún enemigo de Díaz Ordaz habrá decidido lo de Tlatelolco? ¿Algún enemigo de López Portillo habrá diseñado su programa económico? ¿Algún enemigo presidencial habrá aconsejado la militarización de la seguridad o la cancelación del nuevo aeropuerto? No lo creo. A muchos nos parece que la autoría de esas decisiones fue auténtica. Que nadie los ha calumniado en falso.

Y es que, muchas veces, no nos percatamos de que nosotros somos nuestro verdadero y más peligroso enemigo. En el espejo aparecen dos personas. El espejo es para que nos miremos a nosotros mismos con suave amor y para que veamos al otro aquel con recio rigor. Para que nos demos cuenta de sus defectos, de sus perversiones y de sus atrofias.

Nos repugna el espejo donde aparece el hombre feo. Por lo menos, hay que endilgarlo, así como Carlos Fuentes lo enterró y como Oscar Wilde escondió el retrato. Esconder, enterrar o endilgar es la solución ante lo que no se puede destruir, porque la culpa es indestructible, por más que la ingenuidad nos engañe de lo contrario. 

Yo confieso que más utilizo mi espejo para ver mi traje o mi corbata que para ver mi rostro. Prefiero ver lo bello y así lo hacemos muchos. Pero eso no es para que rompamos o enterremos el espejo, sino para que lo miremos con aprecio. Porque un día futuro nos dolerá que tan sólo aparezca el espejo vacío.

Quizá una de las mejores expresiones de esa relación fue la vertida por Richard Nixon en su última noche en la Casa Blanca, ésa del 8 al 9 de agosto de 1974. Sin conciliar el sueño, se dedicó a caminar a solas por los pasillos y los salones de la gran mansión de la avenida Pennsylvania. 

En algunos momentos se detuvo, pensativo, ante los retratos presidenciales de Lincoln, de Roosevelt y de Eisenhower. Ya frente a Kennedy, dijo con voz muy dolorida: “Cuando te ven a ti, piensan en lo que quisieran ser. Cuando me ven a mí, piensan en lo que son”. Es una tragedia. Kennedy era un retrato que había que iluminar. Nixon era un espejo que querían destruir. 

Lo primordial es preguntarnos y contestarnos “a la buena” si, cuando vemos a un gobernante ratero o estúpido, ¿miramos un retrato o descubrimos un espejo? ¿Así es el infame o así también somos nosotros? ¿Nos repugna como es o nos inspira para ser? ¿Los elegimos porque no sabíamos cómo eran y ya no los volveríamos a elegir? ¿O los elegimos porque bien sabíamos lo que eran y así los reelegiremos? 

Esto último es pavoroso. Por eso, en ocasiones, el retrato nos asusta, pero, en otras, el espejo nos aterra.