La fascinante historia del agua en el Valle de México (IV)

Ramón Aguirre

Ramón Aguirre

Registro Tláloc

Fundar una de las ciudades más grandes del mundo en una cuenca cerrada, sin salida natural al mar, implicó, desde sus orígenes, enfrentar un desafío constante: desalojar el agua y prevenir inundaciones que, durante siglos, han marcado la vida de la capital del país. 

La historia del Tajo de Nochistongo, primera salida artificial de la cuenca de México, ilustra con claridad la magnitud del problema y la urgencia de encontrar soluciones duraderas. Se trató de una obra monumental que requirió 182 años para su conclusión, iniciada a principios del siglo XVII y finalizada hasta finales del XVIII. En su construcción participaron cientos de miles de trabajadores indígenas, quienes removieron, a mano, cerca de 17 millones de metros cúbicos de material.

El proyecto fue concebido originalmente como un sistema de canales y un túnel, el cual tuvo problemas de azolves, derrumbes y caídos que obligaron a replantearlo como un enorme tajo abierto en los lomeríos de Huehuetoca y Nochistongo. Para el financiamiento de la obra fue necesario no sólo recurrir a imposiciones y nuevos arbitrios fiscales, sino que, incluso, se fijó un impuesto al vino de 25 pesos de oro común por cada pipa que entrara por Veracruz.

El proyecto del Tajo de Nochistongo se remonta a los años 1604 y 1607, cuando, nuevamente, fuertes inundaciones que afectaron a la ciudad prácticamente obligaron al nuevo virrey, Luis de Velasco II, a buscar una solución de fondo, una obra de gran magnitud que permitiera sacar el agua de la cuenca y  no sólo retenerla o desviarla dentro de la misma. Entre varias alternativas se llegó a determinar que la mejor era la propuesta del cosmógrafo Enrico Martínez, que consistía en impedir que el río Cuautitlán entrara en la laguna de Zumpango y mejor darle salida por Huehuetoca y Nochistongo hacia el río Tula.

La obra avanzó, en una primera etapa, con rapidez extraordinaria, en menos de un año. Sin embargo, con las primeras lluvias se descubrió que no resolvía de forma integral el problema, ya que no alcanzaba a sacar el agua de toda la cuenca; además, la cantidad de agua encontrada entre Zumpango y Huehuetoca no permitió ejecutar el proyecto exactamente como estaba previsto.

Aunque desde temprano recibió críticas por errores de medición y nivelación, y por sus costos, la obra tuvo que continuar. En 1629 se presentaron lluvias muy intensas, con duración de 36 horas, donde la ciudad se convirtió en un “mar de agua” y Enrico Martínez fue acusado de haber mandado cerrar la entrada del desagüe de Huehuetoca, lo que impidió la salida del agua en el peor momento.

Enterado del asunto, el virrey marqués de Cerralvo mandó ponerlo preso. Martínez se defendió argumentando que lo hizo para evitar que las aguas destruyeran el avance de las obras, además de que algunos materiales no llegaron a tiempo. Fue puesto en libertad a los pocos días, debido a que consideraron que seguía siendo el técnico que mejor conocía la obra; una liberación que respondió más a una necesidad práctica que a una exoneración plena.

Las obras continuaron durante buena parte de los siglos XVII y XVIII, con nuevos proyectos, inspecciones, ajustes y nuevas bolsas de financiamiento. Iniciada en 1607 y concluida en 1789, a lo largo de los siglos XVII y XVIII el proyecto fue objeto de múltiples ajustes, inspecciones y nuevas inversiones, hasta su conclusión.

Su relevancia histórica es indiscutible: el Tajo de Nochistongo representó un hito en la ingeniería preindustrial y constituyó el primer intento exitoso por dotar a la cuenca de una salida artificial. Sin embargo, no logró resolver de manera definitiva el problema de las inundaciones, evidenciando que la magnitud del desafío requería soluciones aún más ambiciosas.