Héctor Abad Faciolince descubre sus páginas secretas

En Lo que fue presente, el autor muestra sus escritos a lo largo de dos décadas

Héctor Abad Faciolince descubre sus páginas secretas
Héctor Abad Faciolince descubre sus páginas secretas

CIUDAD DE MÉXICO.

Cuando Héctor Abad Faciolince (Medellín, 1958), leyó Noticia de un secuestro, de Gabriel García Márquez (1927-2014), escribió un comentario sobre el arribismo y los errores que tenía ese libro y definió a su autor como “un ventrílocuo y amanuense de los poderosos”. Y aseguró que “es triste que el hijo del telegrafista de Aracataca no les dedique ni un párrafo a los choferes asesinados por los sicarios en el momento del secuestro. Ahí sí ni habla con los parientes ni se apiada del dolor. El duelo es el duelo de los importantes”.

Ese apunte quedó sepultado en los diarios de Abad Faciolince, quien ha ganado premios como el Casa de América y el Nacional de Cuento de Colombia. Ahora revela aquellas páginas que escribió durante casi dos décadas en Lo que fue presente (Diarios 1985-2006), en el que cuenta cómo se convirtió en escritor, su experiencia como gosthwriter, y la impresión que le dejaron personajes como Álvaro Mutis, Fidel Castro, su descubrimiento de la poesía de Ernesto Cardenal y la sorpresa que le reveló Carlos Monsiváis con su cultura e inteligencia.

Días después, Faciolince escribió una reseña severa sobre el libro de Gabo en El espectador, lo que provocó la curiosidad del autor de El otoño del patriarca, quien lo buscó después de una cena. García Márquez le dijo que estaba muy agradecido, pero que a Mercedes (su esposa) no la saludara, “porque ella es muy rencorosa y sí te odia”, dijo.

Abad Faciolince continúa: “Se le notaba que estaba molesto, nada agradecido. Yo, por suavizar las cosas, le dije que al menos por la reseña había conseguido que él me dirigiera la palabra. ‘Se ve que no me conoces… hablar conmigo es la cosa más fácil del mundo’, contestó”.

Éste sólo es uno de los cientos de capítulos que encierra el volumen publicado por la editorial Alfaguara.

En entrevista con Excélsior, el autor afirma que “estos diarios son todo lo contrario de la memoria, paradójicamente, porque uno los escribe en caliente, en el mismo momento en que está viviendo las cosas. Entonces, no son memorias, sino que son casi presente, son presencia y más en una persona que, como yo, desconfía tanto de su memoria”.

Y añade: “Pero tampoco son exactamente toda la vida, porque al menos mis diarios, se ocupan de la parte más oscura de mi vida, de las partes que me han angustiado y de las que más me dejaban insatisfecho, molesto, culpable y desesperado. Sin embargo, yo no quiero pensar que esa haya sido toda mi vida, porque cuando yo estaba muy feliz y tranquilo, viviendo, amando, degustando, no escribía porque prefería vivir feliz. Así que estas páginas no son memoria, aunque al cabo del tiempo se convierten en algo parecido”.

En su volumen, el también autor de La oculta y de Tratado de culinaria para mujeres tristes, confiesa que estos diarios son un ejercicio de autoconocimiento y una especie de purgatorio que contiene un poco de vida pública, privada y secreta, tal como alguna vez lo expresó García Márquez.

Al principio no hay nada de vida pública, porque el diario inicia cuando yo era un estudiante de literatura, un prospecto de padre, un marido regular, tirando a malo y sin vida pública. Vida privada es casi todo, pero también es mi vida familiar, la de trabajo, de mis lecturas y la vida secreta también, de tal suerte que este volumen es también un diario de lecturas”.

CABALLO LOCO

Para Abad Faciolince, el pensamiento es un caballo salvaje, loco y cerrero o indomable, mientras que la escritura es una forma de ordenarlo y, acepta que estas páginas evocan a las famosas Cartas a un joven poeta, de Rainer Maria Rilke.

Sí, estoy de acuerdo con usted, porque ahí se ven los temores del joven aspirante a escritor que yo era y puede ser interesante para alguien que quiere escribir, es decir, leer la experiencia de alguien que llegó a escribir y a publicar, pero que tuvo muchos fracasos”, dice.

Y en ese punto recupera una frase de Jorge Luis Borges que viene a punto: “Los escritores fracasados siempre imaginan conspiraciones contra ellos. Creen que los escritores más afortunados forman una mafia. Sienten que cuando esos escritores publican, los excluyen.

Esa frase de Borges la apunté en los diarios, porque era un peligro que yo corría, pues hay muchos escritores que, al comienzo de su carrera, ven su falta de publicación o de éxito como una especie de injusticia social, como si fuera un complot del mundo y de la sociedad contra ellos.

Y yo creo que es una consolación muy falsa a la cual hay que temerle mucho. Lo que hay que comprender es que la perspectiva más probable de todo escritor es el fracaso y que uno debe analizarse si uno quiere ser escritor a pesar del fracaso. Eso decía Rilke y estoy de acuerdo”, explica.

¿Considera que en todo escritor hay una voz original?, se le pregunta.  “Yo creo que uno siempre puede añadir alguna sílaba o algún tono que sea hecho con la propia voz al gran vocerío del mundo, a la literatura del mundo. Uno parte de la imitación de los demás para luego encontrar dentro de sí una voz que es muy personal y que no se parece a otras.

Lo importante es tener el buen oído y las herramientas para encontrar esa voz posible que algunos podríamos tener dentro. Y eso no se consigue dejando de leer, porque en general el que no lee repite cosas que ya muchos otros han escrito hace siglos o milenios. Hay que leer y apoyarnos sobre hombros de gigantes para ver un poquito más lejos; y no se trata de abandonar la lectura para que no se nos dañe el estilo. Al contrario, uno siempre puede añadir un verso o un párrafo más, ya que la experiencia del mundo cambia; el mundo de hoy no es el de Shakespeare, ni el de Borges o Joyce. Cada cual tiene que dar testimonio de la época que le tocó vivir y del ser humano que es”, concluye.

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