Gabriel Orozco, el artista migrante que dibuja música
El creador de arte contemporáneo, que exhibe una retrospectiva en el Museo Jumex, trabaja en una nueva serie inspirada en piezas de piano de su autoría, que “traduce” a la pintura, para una muestra que presentará en París en octubre

Como un caminante o un viajero se define el artista visual Gabriel Orozco (1962). “A veces me veo más cercano a un migrante, como las aves o las ballenas, que van a diferentes zonas en circuitos más o menos predecibles, pero temporales”, comenta.
Me mueve la investigación, sobre todo, y el aprender cosas nuevas; aunque también tengo motivos familiares, políticos y sociales para viajar”, afirma en entrevista con Excélsior quien lo mismo vive y trabaja en Tokio que en París, Nueva York o la Ciudad de México.
Satisfecho porque el Museo Jumex exhibe la retrospectiva “más completa” de sus 30 años de trayectoria, Politécnico nacional, que reúne 300 piezas en un universo especial construido en cuatro pisos, el artista mexicano contemporáneo más reconocido a nivel internacional adelanta que trabaja en obras inspiradas en la música de piano, que presentará en París en octubre próximo.
Estoy haciendo música. Es una nueva serie que, en lugar de empezar dibujando o escribiendo alguna idea, comienzo improvisando en el piano; siempre lo he hecho, pero para mí.
Ahora se me ocurrió empezar con el sonido del piano y usarlo como un instrumento de dibujo sonoro. Estoy traduciendo las partituras al dibujo y de ahí a la pintura y viceversa. Luego toco en el piano estos dibujos en partituras. No sé tocar el piano de manera profesional, no sé leer música. Pero me dicen que no suenan tan horrible las cosas que hago. Entonces, las grabé y pido que las transcriban”, detalla.

Señala que, a pesar de no ser nostálgico, con este trabajo evoca a su madre, Cristina Félix Romandía, quien tocaba el piano, por lo que creció con la música de este instrumento.
Orozco trabaja en proyectos como un jardín que construye para un museo de Seúl, que se inaugurará en mayo; y en el libro sobre su intervención en el Bosque de Chapultepec, que le llevará dos años.
Tengo como cinco mil páginas de textos, planos, investigaciones. Deseo mostrar la experiencia y el contexto en el que se trabajó. La restauración social y ambiental que se hizo para proponer una posibilidad de plataforma cultural que llegue a todos los estratos”, agrega.
El pintor, escultor, dibujante, fotógrafo y autor de instalaciones desde 1993 aclara que no se siente como un artista consolidado.
No pienso en eso, porque suena mucho a momificado. Me siento reconocido. Tengo una comunicación constante con diversas culturas e individuos y eso me mantiene vivo y activo.
El reto es no repetirse; no confiarse demasiado, no aplatanarse, no desanimarse. Tomar las cosas con ligereza para seguir teniendo fuerza vital y capacidad de sorpresa y mucha disciplina, porque sí hay que trabajar bastante”, añade.
Admite que la exposición Politécnico nacional puede representar un parteaguas en su relación con México, “porque la podrá ver toda una nueva generación de jóvenes que, en mi anterior retrospectiva, tenían cuatro años o todavía no nacían. Busco renovar la relación con mi país”.
Tras la revisión que está detrás de la retrospectiva del Museo Jumex, dice que concluye que su propuesta artística no ha concluido. “Al ver todo junto, creo que la exposición logra comunicar a la gente la relación entre todas las técnicas que utilizo que, me han dicho, no era tan fácil de percibir a través de los trabajos dispersos.
Se entiende mejor el trabajo en su conjunto al verlo en un universo que comparte el mismo espacio y tiempo. Concluyo que a lo mejor mi cerebro sí está bien ligado y conjuntado; que no soy un artista esquizofrénico ni bipolar. Como dicen en TikTok, mi trabajo sí tiene cierta lógica”, comenta entre risas.
Ante la pregunta de cómo elige los objetos cotidianos e ignorados que transforma en obras de arte, Orozco indica que al primer contacto. “Me ha ayudado poner atención a lo que tienes enfrente. No ir más allá o estar soñando en culturas y mitologías, en fantasías y deseos. Esto me está sucediendo, aquí estoy.
Me gusta hacer bromas, ironizar la realidad para hacerla menos aburrida. No salgo a buscar algo exótico. Es como comprender el mundo cotidiano para comunicarse con él más intensamente y comprenderlo, ser más consciente. Todo es susceptible de generar un momento de poesía o de arte, una broma, una buena frase o hasta un buen beso, aunque no siempre se logra”, apunta.

No le gusta llamar espectador a la persona que se acerca a su obra. “No es alguien que está esperando en una tribuna a que lo entretenga. Busco más bien generar jugadores, pasar un balón para que el otro meta gol o lo deje pasar. Es una invitación a jugar, a entender, a descifrar conmigo. Se trata de activar a un individuo para que juegue, piense, participe del mundo”.
Orozco huye del espectáculo. “Lo veo como un accidente, pues un objeto pequeño o un insecto puede ser espectacular. El arte no debe ser un instrumento de enajenación, sino de comprensión, de iluminación, de motivación del ser que quiere sentir y comprender más, ser más sensible e inteligente, más humano.
Y ese ha sido un trabajo para mí mismo: ser más consciente, más sensato, más rebelde, más juguetón; si logro transmitir eso, estará perfecto”, concluye.
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