Fabio Morábito, cazador de sombras y relatos
Integrada por 24 relatos, el autor presenta una colección de personajes obsesivos y sentimentales, ligados al drama, la peripecia y el absurdo

Si no somos capaces de que el lector se identifique con nuestras historias, independientemente del género literario empleado, obviamente no podemos comunicarnos con el lector y éste nos abandonará”, dice a Excélsior el escritor Fabio Morábito (Alejandría, 1955), quien publica La sombra del mamut, su más reciente libro de cuentos.
Integrado por 24 relatos con personajes obsesivos y sentimentales, ligados al drama y a la peripecia, sobre temas tan diversos como el pasto en los aeropuertos y los extras de las películas, el origen de la traición o los avatares de un músico que desafina la única nota que debe tocar; son historias que obedecen a la tentación de mirar en profundidad aquello que permanece al margen.
Sin embargo, Morábito afirma que no tiene interés por el hiperrealismo o por mostrar su propia realidad.
No tengo el afán de que mis cuentos pinten el mundo que me ha tocado vivir. Espero que eso ocurra, pero no es mi interés, sólo espero que esas historias funcionen y que produzcan emoción en quien las lea, independientemente de su mayor o menor dosis de realidad, lo cual es muy subjetivo”, asevera.
Además, el también autor de El lector a domicilio y También Berlín se olvida, asegura que la diversidad de personajes e historias en esta antología responde a una decisión previamente pensada.
Nunca he pretendido escribir libros unitarios en cuanto al tema, más bien rehúyo de eso, y las distintas historias, cuando se me presentan, entran y salen hasta formar un conjunto de te- mas diversos. Por ejemplo, hay historias de parejas, pero también sobre animales y, el último,
La sombra del mamut, contiene dos historias en un mismo cuento que transcurren en épocas to- talmente distintas”, apunta. ¿Cómo llega usted a estos relatos?, se le pregunta. “No sabría decirte cómo surge una historia en la cabeza de uno. Más bien surgen de una manera fácil, pero la dificultad está en convertir una idea inicial en una historia convincente”.
¿De forma intencional optó por emplear tonos diversos? “Sí hay tonos distintos, como en La historia del camino volado, que es más bien un relato de corte fantástico, igual que El carnero del rey.
El tono en esos dos cuentos no son propiamente historias realistas como sí sucede en La tristeza de traducir. “Entonces, sí hay variedad en cuanto a la tonalidad y en los argumentos, ahí es donde se desmarca una historia de la otra, y procuré mucho que no hubiera temáticas comunes, sino una gran variedad”, acepta.
Morábito acepta que, aunque es muy convincente el argumento que emplea en La hierba de los aeropuertos, cuando afirma que se necesitan jardineros que controlen las corrientes de aire en los aeropuertos, la realidad es que sólo se trata de un experimento literario.
Te confieso que no sé si realmente la hierba sirve para neutralizar las corrientes de aire o no, pero lo escribí porque me pareció verosímil y dentro del cuento funciona”, explica.
Además, eso está dentro de la cabeza del protagonista que lo relata. Pero fijarse en algo tan intrascendente como la hierba en un espacio tan medido pulcramente como un aeropuerto me sedujo lo suficiente como para imaginar una historia sobre eso y entonces tuve que imaginar a un jardinero especializado en la hierba de los aeropuertos, cosa que seguramente no existe.
Pero de eso se trata, de convencer al lector, no con una verosimilitud realista, sino con una poética”, abunda.
¿Por qué le interesa el tema de los extras en las cintas?, se le pregunta a Morábito.
La idea que me gustó de ese cuento es pensar a partir de la reflexión sobre los extras de las películas que, en el fondo, todos vivimos como extras, si nos vemos desde el punto de vista de los demás, es decir, para el peatón que se cruza conmigo, yo soy el extra de la película que él vive diariamente.
Soy una comparsa que dura un momento y que constituye esa escenografía cotidiana, que él vive como algo natural, porque nunca sabrá nada de mí y probablemente nunca me volverá a ver. Así que, para los demás, somos extras que cumplimos nuestro humilde papel de constituir un escenario convincente para los demás”, argumenta.
¿Hay ironía cuando escribe sus relatos? “Un escritor realmente no se divierte al escribir.
Uno quisiera escribir divirtiéndose, pero la verdad de las cosas es que son raros esos momentos, porque más bien hay que resolver una cantidad de problemas que no son divertidos.
Claro, hay momentos en donde la historia se aligera con humor y situaciones absurdas, y uno agradece, como escritor, que la historia misma te ofrezca esos momentos de risa y absurdo. Yo no busco el sentido del humor en mis historias, pero en muchas hay situaciones humorísticas o absurdas que mueven a la risa y no las rechazo, porque forman parte de nuestra condición humana”, concluye.
cva
*En el siguiente enlace encontrarás las noticias de Última Hora

EL EDITOR RECOMIENDA



