Poca duda ofrece el hecho de que la tolerancia ha ganado terreno en áreas donde antes no existía. Eso es bueno y deseable, pero no podremos decir que somos más tolerantes hasta que el avance de las fronteras de la tolerancia en un sentido deje de saldarse con el retroceso en otros.
El viernes pasado, la cantante y compositora Sabrina Carpenter ejecutaba el espectáculo principal al piano en Coachella 2026 cuando escuchó un grito “raro” que confundió con yodeling, o sea, el típico canto estilo tirolesa. “Creo que alguien está haciendo yodel… no me gusta”, dijo. Lo que siguió fue que en redes sociales la acusaron de xenófoba. Resulta que lo que había escuchado era una zaghrouta, es decir, un grito árabe de celebración que consiste en ulular (un grito agudo y trémulo). Sabrina fue sincera: escuchó lo que interpretó como un canto, no le gustó y lo dijo. Desde nuestras costumbres, es apenas razonable que una cantante pueda interpretar como ofensivo que alguien en el público emita cánticos ajenos al espectáculo, durante su presentación, en vez de aplaudir. Con todo, al final la cuestión se aclaró, la cantante acabó disculpándose y diciendo que dará la bienvenida tanto a zaghroutas como a yodels en sus conciertos. La duda que resta es si la tolerancia también exige que moderemos nuestras expresiones culturales, sobre todo estando lejos de nuestro país natal. Por ejemplo, si mostrar el dedo pulgar hacia arriba, un gesto que para nosotros significa aprobación, en países como Afganistán, Irán o partes de África es un insulto serio, tal vez limitarnos en aquellos países sea un gesto de humildad aconsejable, porque, el que una expresión pertenezca a nuestra cultura no es un salvoconducto universal.
Otros casos: en California, un oficial detuvo a un conductor que había cometido una infracción y le pidió la documentación del vehículo y su licencia; el hombre, en lugar de responder de forma ordinaria, afirmó que se identificaba como un gato. Naturalmente, el oficial le respondió que un gato no podía tener licencia de conducir en California y, en consecuencia, podría llamar a control de animales para que lo trasladaran a un refugio, donde le aplicarían vacunas y eventualmente podrían esterilizarlo. En León, Guanajuato, durante un viaje solicitado mediante una aplicación, una pasajera, que dijo identificarse como animal (therian), ladró y gruñó al conductor, quien acabó por pedirle que descendiera de su vehículo y que utilizara la modalidad del servicio para mascotas. Estos casos ilustran que la tolerancia tiene un límite lógico (el de lo intolerable) que, en sociedad, distingue los actos de libertad individual que no interfieren con la funcionalidad social de los que sí lo hacen. Uno más: el movimiento cultural body positive defiende la aceptación y el aprecio de todos los cuerpos tal y como son, independientemente de su tamaño, peso y forma, bajo el principio: “todos los cuerpos son válidos”. Si bien es loable que nos liberemos de estigmas arquetípicos de belleza, la aceptación no debería confundirse con un conformismo que impida que un cuerpo sea sanado, en los casos que sólo requiera de esfuerzo. De ser así estaríamos logrando meras victorias pírricas.
EL REY
Pirro de Epiro fue un monarca que combatió a Roma en el siglo III a.n.e. En las batallas de Heraclea (280 a.n.e) y Ásculo (279 a.n.e.) derrotó a los romanos, pero con tantas bajas en su ejército que, según se cuenta, declaró: “Otra victoria como ésta y volveré solo a Epiro”. Actualmente, la expresión “victoria pírrica” se utiliza para designar un triunfo obtenido con tanto daño para el vencedor, que más bien equivale a una derrota.
