Eduardo Milán: Navegar en la Reversura del lenguaje
En su más reciente poemario, no sólo hay reflexión y catarsis, sino que el autor se permite hablar del ser y la identidad, la guerra fría...

Un escritor consagrado afirmaba que no había lenguaje gastado, sino poetas gastados. Y así lo confirma ahora el poeta Eduardo Milán (Uruguay, 1952) en Reversura, su poemario más reciente, que puede ser leído como el reverso de la hermosura o el lado oculto del verso, porque en sus páginas no sólo hay reflexión y catarsis, sino piezas de libertad que fluyen a través de Homero y Lope de Vega, Arthur Rimbaud, Charles Baudelaire, Stéphane Mallarmé y César Vallejo.
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Uno a uno, los poemas de Milán evocan el crujido de una nuez al ser abierta: ¡crack!, ¡crack!, para detenerse en aquel sonido que transforma en instante poético y le permite hablar del ser y la identidad, la guerra fría, del asesino, del silencio, el viento y los animales. Sus poemas son como el murmullo que busca un lector distraído y sugiere en cada verso cómo el poeta roe las ideas.
Roer es un ejercicio hacia adentro. Ahí el sonido es fundamental y lo articula todo. Sin sonido, para mí, no hay poesía. Esto tiene que sonar bien, aunque no esté pensado para ser leído en voz alta. Digo, no es poesía beat, pero también leemos en silencio y cada línea aparece y te construye internamente en una especie de tejido fónico. Para mí eso es fundamental”, afirma el también autor de Disenso.

TÍTULO: Reversura.
AUTOR: Eduardo Milán.
EDITORIAL: Elefanda, México, 2024; 198 pp.
LE PREOCUPA LA FALTA DE CONTINUIDAD REFLEXIVA EN EL LENGUAJE
Una de las preocupaciones de Milán es la falta de continuidad reflexiva en el lenguaje y asegura que después de la generación de David Huerta (1949-2022) esa continuidad se fracturó. “No sé por qué ya no se piensa en el oficio, en la tarea (del poeta) y se da por
sentado que ya se conoce todo”.
Incluso, advierte que mucha literatura ha cedido el camino de la libertad. “La narrativa y el relato tomaron el mercado del lector o la creación de ese lector y la entrega literaria quedó determinada por lo que funciona, es decir, funciona para un bestseller, porque tiene un mercado de media zafra que genera miles de pesos.
Pero eso no lo logrará un libro (en libertad), sólo a través del tiempo. Por ejemplo, Góngora seguro ha vendido mucho, pero a lo largo de cinco siglos y ahora se vende todo eso en tres semanas”.
¿El mercado determina al libro? “La apuesta es el mercado y éste tiene reglas que no puedes evitar. Por ejemplo, la raíz de que lo que entra tiene que ser comunicativo. El que lee tiene que entender todo, aunque te cuente experiencias o aventuras de terror, tiene que ser un libro bien comunicado y satisfacer al lector.

Pero en poesía… eso es suicida. A mí me parece fundamental que no se entienda todo, porque hay que manejar el no entendimiento y eso se aprende y no todo el mundo lo resiste”, aclara.
¿Qué ocurrirá entonces con los autores clásicos como James Joyce o Tolstói? “No se leen. Curiosamente son reconocidos como grandes exponentes del género, pero nadie los lee. Ellos son referentes icónicos, pero todo es una galería de fotos que termina en lo decorativo. A un tipo que escribe el Ulises o Finnegans Wake (Joyce) no lo lee nadie.
Si tú haces una encuesta a 100 visitantes en esta librería y preguntas quién ha leído el Ulises –sin que eso sea un delito–… verás que nadie. ¿A dónde hay que buscar eso? En círculos especializados, en cultos, escuelas y academias, lo que nos lleva a una restricción, que nos da tema para cuestionar si eso funciona o no. ¿Quién va a leer En busca del tiempo perdido (Marcel Proust)? Es muy largo y pensemos en las cinco páginas que usa para describir cómo levanta una taza… Claro es un estilo, pero ¿quién lo aguanta?”, expone.
SOBRE EL CONCEPTO DE LIBERTAD
Por último, Eduardo Milán se detiene en el concepto de libertad y en la aparente redundancia de la frase “libertad poética”.
Soy uruguayo de nacimiento y en 1973 hubo un golpe de estado militar y un movimiento político que impuso el estado de excepción a la Seguridad del Estado. La cosa se puso fea y aquel aparato creó un lugar para los presos.
Éste se llamaba Establecimiento Militar de Reclusión Penal Libertad. ¡Se llamaba libertad!, fue construido sobre pilares para que nadie escapara. A mí me tocó ir seis años a ver a mi padre a “Libertad”, así que tenemos que lavar esa palabra aunque, a veces, caigamos en una especie de redundancia, porque poesía es verdad, poesía es lo que tiene que ver con tu libertad”, concluye.
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*mcam
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