Blanco atardecer: atrapa los destellos de lucidez
La dramaturga y actriz María José Delgado sugiere un cuidado amoroso ante la demencia senil y el Alzheimer

Una de las abuelitas que vivía en el Asilo San Sebastián, en Querétaro, tuvo mucho dinero cuando era joven; varias de sus fotografías confirmaban este hecho. Serafina “era una mujer ciega que sufrió violencia desde niña, por lo que tenía un carácter rudo, pero conmigo era bella”. Y otra, a la que apodaban “Mary Bastones”, “era tan enojona que agarraba a bastonazos a la gente, porque sus hijas ya no la visitaban, pero a mí siempre me daba la bendición”.
Éstas son tres de las adultas mayores que más recuerda la dramaturga y actriz María José Delgado, de las 48 que conoció, con las que convivió y conversó durante las visitas de cinco horas, de lunes a viernes, que hizo al asilo durante varios meses.
Esta investigación de campo fue impactante para mí, porque comprendí que no importa cuánto dinero o poder tengas en esta vida, sino cómo vas a cerrar tu ciclo, la nobleza y la humildad con las que terminarás”, afirma en entrevista con Excélsior.
La egresada de Artes Escénicas por la Universidad Autónoma de Querétaro explica que se acercó a este asilo en busca de historias que le permitieran comprender mejor la experiencia que tuvo al cuidar a su abuela Estela, quien la crió.
Mi abuela tuvo demencia senil y después le detectaron Alzheimer. Yo vivía con ella y, literal, la cuidé desde el día uno hasta su muerte”, comenta quien, inspirada en todo esto, dio vida al monólogo Blanco atardecer, que se escenificará los sábados y domingos del 2 al 24 de septiembre en el Foro Shakespeare.
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Interpretada por Delgado y dirigida por Naolli Eguiarte, la obra intenta responder la pregunta ¿cómo luchar contra el olvido?
Tras la muerte de mi abuela, me cuestioné dos cosas: si más personas atraviesan por este momento y cómo es que lo viven, tanto el cuidador como el paciente; y qué pasa con la persona enferma, a dónde se va y de qué manera podemos hacer que se mantenga en el presente”, agrega.
Cuando mi abuela me contaba sobre su infancia, esa memoria a largo plazo, supe que a ese momento de lucidez se le llama reminiscencia; puede durar segundos o minutos de estar en tiempo presente, era cuando me reconocía y podíamos compartir cosas. Eso quise reflejar en el monólogo.
Quise compartir con el espectador no sólo los momentos difíciles y dolorosos, sino esos destellos de anhelo, de respiro, de amor, de cuidado. Creo que la decisión de cuidar a un adulto mayor y dejar la vida de lado para atender lo que pueda necesitar es de los actos más amorosos y tristes, pues dejas tu vida para sacar adelante otra vida. Cuidar es un acto de amor”.
Quien estudió un diplomado de teatro en el CEDRAM y prepara su titulación de la maestría en Gestión Cultural en la Universidad Iberoamericana Puebla señala que de los 48 ancianos que vivían en el asilo, “unos 35 estaban en silla de ruedas y los demás caminaban con un bastón. Yo ayudaba a alimentar a los que estaban postrados. Eso me abrió las puertas con ellos”.
Confiesa que deseaba conocer sus vidas y más sobre la demencia senil y el Alzheimer. “Quería saber qué pasaba en el cuerpo de cada abuelito, qué detalles podían recordar, cómo podían platicar, conocer sus historias.
Vi que había puntos de convergencia importantes para charlar, por ejemplo, la primera vez que desconocieron a su familiar. Veía la tristeza. Los momentos clave que van a padecer tanto ellos como sus familiares o la persona que los cuida. Eso nutrió la obra”, añade.
La también fotógrafa indica que “era muy importante para mí voltear a ver a los adultos mayores y ayudarlos. Tienen otros tiempos, otros modos. Es bello ver la sonrisa de un abuelo cuando es escuchado y tomado en cuenta. El montaje me ha enseñado a encontrar un equilibrio mental”.
Tras 51 funciones en Querétaro, Michoacán, Jalisco, Guanajuato y Colima, la pieza llega a la Ciudad de México. “Al final, me gusta platicar con el público y en todos lados me han dicho que quedan conmovidos, porque en realidad nadie sabe qué hacer cuando el cerebro se empieza a deteriorar. El amor es la respuesta”, concluye.
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