Nunca se aprende de la historia

La reciente ofensiva militar realizada de manera conjunta entre Estados Unidos e Israel en contra de Irán vuelve a poner sobre la mesa otro grave dilema para el derecho internacional: la ineficacia de la ONU, cuyas normas prohíben el uso de la fuerza contra la integridad territorial de otro Estado.

A decir de los expertos, los ataques cometidos son ilícitos, pues no contaron con una autorización del Consejo de Seguridad y no responden a un ataque previo de Irán, requisito esencial para invocar la legítima defensa en esta materia.

Hace más de 2,500 años, Sun Tzu escribió El arte de la guerra, obra maestra que ha legado al mundo diferentes lecciones. Una de ellas es “ganar sin combatir”. El objetivo supremo es romper la resistencia del enemigo mediante diplomacia, que debe ser la estrategia que impida tener que llegar al enfrentamiento físico.

Animado por los discutibles éxitos obtenidos mediante la captura de Nicolás Maduro, el fortalecimiento del cerco económico a Cuba y la colaboración para el abatimiento de El Mencho; Donald Trump comprometió a su país en una nueva guerra al ordenar la muerte del líder supremo Alí Jemeneí a través de un ataque conjunto con tropas israelíes.

El argumento de Trump para esta nueva ofensiva es el desmantelamiento del programa nuclear iraní, decidiéndose a asestar el primer golpe bajo el pretexto de garantizar la seguridad de su nación, ante el fracaso de las negociaciones.

La respuesta de Irán no se hizo esperar. Se han producido ataques contra Israel y otros países de Oriente Medio, donde existen intereses de los países agresores; así como el intento del cierre del estrecho de Ormuz, espacio por el que pasa la quinta parte del crudo mundial, según la Agencia Internacional de Energía. Es de llamar la atención la falta de condena internacional ante esta nueva conflagración y, aunque algunos especialistas creen que los ayatolas que gobiernan Irán están derrotados, los resultados son aún impredecibles.

Ningún presidente de EU ha declarado de manera formal la guerra sin la autorización del Congreso. Y es que la Constitución de aquel país le concede como potestad exclusiva esta facultad y a lo largo de la historia, sólo se han emitido 11 declaraciones, todas ellas aprobadas por su Poder Legislativo.

Sin embargo, después de la Segunda Guerra Mundial, los presidentes estadunidenses han ordenado acciones militares significativas, echando mano de justificaciones de “seguridad nacional”. Y en casi nada se han diferenciado los presidentes republicanos de los demócratas.

Hace unos días al tener la oportunidad de acudir a presentar el libro Migración, una perspectiva binacional: México y Estados Unidos, en St. Mary’s University de San Antonio Texas, y en una cena a la que acudió un matrimonio filántropo de esa institución, la esposa nos preguntó a los mexicanos de la mesa, si sentíamos algún temor acerca de la posibilidad de que Trump decidiera invadir militarmente nuestro país. Desde su perspectiva, es un riesgo que no se debería ignorar.

Todo esto está inmerso en la intención de Trump de ganar popularidad para su causa y salir victorioso de las elecciones parlamentarias del próximo noviembre.

Ante este mundo de cabeza, la diplomacia mexicana debe seguir estando muy atenta a las amenazas poco diplomáticas del gobierno vecino, bajo el pretexto de continuar con el combate a los cárteles de narcotraficantes, a los cuales considera igual de peligrosos de los extremistas yihadistas.

Como Corolario, la frase de George Bernard Shaw: “La historia nos enseña que el hombre nunca aprende de la historia”.