Innovar en el abismo

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

Barcelona es, por definición, una ciudad que mira al futuro. Durante esta primera semana de marzo de 2026, los pabellones de la Fira Gran Via se han convertido una vez más en el epicentro de la denominada Era del IQ. Es un despliegue de inteligencia artificial y conectividad que promete resolver desde la crisis climática hasta presentar proezas para la medicina moderna. Sin embargo, mientras camino entre los hologramas de las grandes telecos y la impresionante presentación de ciudades inteligentes, la atmósfera no es la de una celebración tecnológica habitual. Un velo de incertidumbre, denso y palpable, se ha instalado en los pasillos: la sombra de los ataques entre Estados Unidos e Irán.

Es una ironía dolorosa. Estamos aquí miles de delegados, periodistas y asistentes de más de 200 países, rodeados de herramientas diseñadas para unir, mejorar y beneficiar al mundo, mientras los debates sobre la gobernanza de la IA y el cierre de la brecha digital se ven interrumpidos por notificaciones urgentes en los relojes inteligentes. La realidad de la “Guerra de los 12 días” no es sólo un titular lejano; es un golpe directo al corazón de esta industria. Las pantallas que debían mostrar avances en 6G proyectan, en los rostros de los CEO y ministros, la preocupación por el cierre del espacio aéreo en Oriente Medio, que ha dejado a miles de colegas atrapados, forzados a cambiar sus vuelos o cancelar su participación.

Aquí, en Barcelona, hemos visto cómo la implementación de ciudades inteligentes ya no es una promesa de la ciencia ficción, sino una realidad operativa que busca la eficiencia en el uso de recursos. Desde sistemas de gestión de agua mediante IA que previenen sequías, hasta infraestructuras de transporte autónomo que reducen emisiones y accidentes, el esfuerzo colectivo de ingenieros y urbanistas está volcado en preservar la vida y el entorno. Resulta desgarrador contrastar estos modelos de convivencia armónica con las imágenes de satélite que muestran el impacto de misiles sobre infraestructuras civiles críticas en la otra punta del Mediterráneo.

Por otro lado, el despliegue global de la conectividad ha alcanzado un hito histórico este 2026. Con la consolidación del 5G, la red se ha transformado en una plataforma capaz de soportar cirugías remotas de latencia mínima y una respuesta inmediata ante desastres naturales. Los datos de la GSMA confirman que más de 50% de las conexiones mundiales ya corren sobre redes de quinta generación, un avance que debería servir para democratizar el conocimiento. Sin embargo, ver estos mismos “milagros de la ingeniería” utilizados para coordinar ataques de precisión o silenciar la comunicación de poblaciones enteras obliga a preguntarnos si la velocidad de nuestra tecnología ha dejado atrás nuestras brújulas morales más elementales.

Las operadoras de todo el mundo han alzado la voz en este foro con una mezcla de pragmatismo y angustia. Gigantes europeos y asiáticos advierten que la soberanía digital ya no es una opción, sino una cuestión de supervivencia. Pero el eco llega con especial fuerza a América Latina. Para nuestra región, la inestabilidad en el Golfo no sólo encarece la energía, sino que amenaza con frenar las inversiones en infraestructura digital que tanto nos urge completar. La preocupación de las telecos latinas es que este conflicto absorba recursos globales y convierta nuestra transición al 5G en una víctima colateral de una guerra que no es nuestra, pero que nos desconecta del progreso.

La innovación sigue su curso, pero hoy la mayor tecnología de vanguardia que el mundo necesita no es un nuevo chip, sino la capacidad humana de desescalar un conflicto que amenaza con devorar al futuro antes de que terminemos de construirlo. La comunidad aquí presente ha puesto sus mejores esfuerzos por mejorar la vida de las personas; es hora de que la política esté a la altura de esa visión, antes de que el silencio de las máquinas sea lo único que quede tras el fragor de las bombas. O cedámosle ya el control a la IA, que seguramente a estas alturas resultará más inteligente que la propia inteligencia humana, que muy inteligente no está resultando.