El presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel acaba de anunciar que las empresas del Estado quedan libres para entrar en convenios con empresas privadas que podrán, al finalizar el proceso de transición, recobrar su función natural de transformar los recursos de la sociedad en productos y servicios, conforme el mercado lo demande. La transición no será fácil.
El paso hacia la economía de mercado que se anuncia será cuidadoso y necesariamente acompasado. No es aconsejable pretender una transición rápida sin prever los pasos intermedios que preparen los ánimos. Hay que moderar el paso. Pasar del régimen aletargado de la vida socialista a la vitalidad acelerada del ritmo capitalista actual de vida.
El proceso será como la evolución de la comunista República Democrática Alemana a la sociedad eficiente y capaz. La característica de todos los sistemas socialistas es negarle a la iniciativa privada la función de transformar la riqueza en productos y servicio. Después de casi siete décadas de vivir en un régimen de dictadura en que toda decisión requiere el visto bueno del Estado. La tarea ahora de la Cuba socialista consistirá casualmente en ponerse al día de los países que no han perdido su paso. No es fácil retomar esa capacidad de modernizarse de un momento a otro.
El decreto-ley del presidente Díaz-Canel dicta el abandono gradual del modelo socialista y entrar a un proceso de ir creando las instituciones que se perdieron en 1959 con la aspiración comunista. Con este telón de fondo, la Gaceta Oficial publicó el decreto-ley que abre la creación de empresas público-privadas, es decir, una alianza entre el sector estatal y el “no estatal”, que les dará margen para decidir, entre otras cosas, los productos y servicios a comercializar y de encargarse de fijar precios y salarios, además de aceptar la promoción de negocios con los cubanos residentes en el exterior. La medida llegó justo un día después de que Díaz-Canel hiciera un llamado “urgente” a transformar el modelo económico del país, en medio del cerco que mantiene Washington con La Habana.
El presidente Trump dijo a principios de marzo que Estados Unidos está en conversaciones con La Habana y habló de una “toma amistosa de Cuba”, sin precisar el significado de esta frase. Se mencionó también que el secretario de Estado, Marco Rubio, estaba en conversaciones con funcionarios cubanos “a un nivel muy alto”. Se supo días después que sus pláticas eran con Raulito, el nieto de Raúl Castro.
Es sintomático que precisamente en los intricados momentos internacionales actuales se produzca esta importante regresión por la que se está autorizando que las empresas estatales se asocien o entren en asociación con entidades privadas.
La Cuba heroica de los años 60 está por fin archivada en los catálogos de la historia. Una de las consecuencias notorias es que se debilita el grupo de los países “izquierdos” en América Latina, para ceder espacios a nuevos presidentes de tendencia de centro derecha de “economías de mercado”.
La izquierda no puede contarla como antes dentro de los corifeos tradicionales. Los tiempos cambian y las condiciones han perdido su sentido. Los tiempos cambian para todos. Las fracturas se están dando en todos los campos conocidos, mientras el mundo occidental está envuelto en las complicaciones bélicas con los países islámicos y nosotros, en México, estamos inmersos en las anacrónicas diferencias entre izquierdas y derechas.
No sólo se marca el final del capítulo de la definición liberal, sino que de ahora en adelante bastará definir si un país es democrático o autoritario, sin distinguir el color de la bandera o el sello de su escudo.
Cuba sufre la inevitable agonía que corresponde a las sociedades socialistas cuyos cimientos están en la reducción de toda realidad a la simple fórmula de “lucha de clases”. La consecuencia, sin embargo, es clara en cada uno de los casos de sociedades que tomaron tal opción. Pese a contar con los elementos que hacían posible el desarrollo equilibrado hacia mejores niveles de producción y prosperidad, han culpado al bloqueo estadunidense su incapacidad de realizar su propio desenvolvimiento.
Debemos hacer la necesaria analogía con México, cuyo gobierno presidido por Claudia Sheinbaum sigue siendo de aspiración socialista, insistiendo en transformar a la sociedad según la decisión de su antecesor López Obrador.
En la experiencia mexicana los numerosos programas de apoyo social han acostumbrado al pueblo a recibir la dádiva periódica estatal sin ninguna contraprestación correspondiente. La evolución natural de México es desde su inicio guardar el respeto a la propiedad privada. Aquí la instauración del régimen pseudosocialista en 2018 implicó tareas de organización propia y la destrucción de las estructuras para entregar al sector público muchas de las actividades de producción que corresponden al sector privado.
