La Tijuana del fotógrafo japonés Kingo Nonaka
El revolucionario y médico fue uno de los pioneros en retratar la vida cotidiana de los habitantes de esa ciudad, sus fiestas y reuniones sociales, sus actividades culturales, educativas y deportivas, la Navidad familiar

CIUDAD DE MÉXICO.
La mítica escuela primaria “Miguel F. Martínez” de Tijuana, recién inaugurada, luce luminosa entre el escaso caserío, “sin sombras ni grises”, en la fotografía color sepia que tomó en 1924 el artista de la lente de origen japonés Kingo Nonaka (1889-1977).
La vida cotidiana que los habitantes de esta ciudad fronteriza realizaban “más allá de la turística Calle Revolución”, sus fiestas y reuniones sociales, sus actividades culturales, educativas y deportivas, la Navidad familiar, pero también retratos de los reos en la cárcel pública, fueron capturados por este personaje singular que se convirtió en el fotógrafo pionero de esta urbe.
La mirada de Nonaka captó los blancos delantales y cofias que usaban las chicas en sus clases de cocina en la escuela Obregón, los desfiles patrios con jóvenes que personifican a la Patria frente a las siglas del aún Partido Nacional Revolucionario (PNR), el carro alegórico de la comunidad japonesa en esta ciudad y los pasaportes con fotos familiares que se pedían para cruzar a San Diego en 1933.
Las más de 400 imágenes, detalla su hijo Genaro Nonaka García (1930), que su padre tomó con su cámara Graflex, entre 1923 y 1942, son vitales ahora para conocer a la Tijuana de los años 20 y 30 y “darnos cuenta que desde siempre la famosa leyenda negra, de vicio y prostitución, no era gran cosa y que la verdadera Tijuana está llena de sorpresas”, dice.
“Mi padre concebía sus fotografías como ventanas transparentes, que quien viera a través de ellas observara todo claro, sin sombras. Le gustaba mucho la luz de esta región”, comenta en entrevista el promotor principal de quien en México se hizo también revolucionario y médico.
Nonaka, que arribó al país en 1906, tuvo diversas pasiones y ejerció múltiples oficios: campesino, buzo en la pesca de perlas, cultivador de café en Oaxaca, enfermero y cirujano en Ciudad Juárez (Chihuahua), participó en la Revolución Mexicana de 1910 a 1914, alrededor de figuras como Francisco I. Madero y Francisco Villa, masón, bombero, policía y fundador, ya en la Ciudad de México, del Instituto Nacional de Cardiología.
Pero fue la fotografía, esa actividad que se ubica a medio camino entre la ciencia y el arte, la que robó el corazón del señor Nonaka, quien estableció dos estudios fotográficos en Tijuana, uno en la Calle Segunda y otro en la Calle Sexta, en 1923.
“Compró en San Diego una cámara con ocho rollos, que en ese entonces tenían sólo ocho exposiciones. Y viajaba todos los días para revelar, hasta que le sugirieron que lo hiciera en Tijuana y lo asesoraron. Fue uno de los primeros en sacar fotos panorámicas”, cuenta Genaro Nonaka, quien prepara un libro que reunirá las gráficas más representativas de su padre, que planea publicar el año entrante.
De barrendero pasó a ser camillero, enfermero, ayudante de cirujano y luego cirujano en el Hospital Civil de Ciudad Juárez.
Pero, sin lugar a dudas, su actividad como médico en la Revolución Mexicana es la que contiene un mayor número de anécdotas, que se pueden apreciar en las memorias, cartas y apuntes que el mismo Kingo Nonaka dejó y que su hijo compila en el libro Andanzas revolucionarias, publicado por editorial Artificios.
Una de las anécdotas que le gusta evocar a don Genaro es cuando su padre curó a Francisco I. Madero. “Él fue a Casas Grandes a visitar a un compadre. Estaban saboreando un té japonés, cuando empezó una balacera. En eso, tocaron a la puerta y un revolucionario preguntó si tenían alcohol y vendas. Mi padre, como buen médico, dijo que él atendía al herido de un brazo.
“Al día siguiente, se acercó a la tienda de lona donde descansaba el herido para ver cómo estaba. Pero los guardias no lo dejaron pasar. Al verlo por fin se enteró que era Madero, quien le dijo tajante ‘te vas a ir con nosotros’”, cuenta. Y así entró a la lucha armada.
Tras años de luchar contra la muerte y la injusticia, Tijuana, Mexicali y Ensenada, Baja California, parecieron un paraíso para don Kingo, quien se naturalizó mexicano en 1924.