Hay partidos que no son de futbol. Son de Estado. Mañana 11 de junio, cuando México salga a la cancha del Estadio Azteca ante Sudáfrica para inaugurar el torneo más visto del planeta, no estará en juego únicamente un resultado deportivo. Estará en juego algo mucho más frágil y mucho más urgente: el ánimo de un país que lleva meses acumulando tensión sin válvula de escape. Un país donde siete marchas simultáneas convergen ese mismo día hacia ese mismo estadio, convocadas por madres que buscan a sus hijos, maestros que exigen pensiones dignas, normalistas que llevan 12 años esperando justicia, pensionados de Pemex y CFE, trabajadores de la salud, campesinos, transportistas. Un país, en suma, con demasiados frentes abiertos y muy poca tolerancia a la frustración.
Nadie habla de esto. Todos fingen que el futbol y la política transcurren en carriles separados. Mienten. Siempre se mezclan. Y en un contexto de malestar social acumulado, el resultado de la Selección Nacional no es un dato deportivo: es un termómetro político.
El ejemplo más cercano y más brutal, como me lo recordó mi querida Paola Rojas, lo escribió Brasil en su propio Mundial. El 8 de julio de 2014, Alemania goleó a la Verdeamarela 7 a 1 en el Mineirão. Lo que siguió fue una serie de disturbios y actos de vandalismo en diferentes ciudades brasileñas: en São Paulo se incendiaron dos buses del servicio público y hubo saqueos; en Recife la policía lanzó gases lacrimógenos; en Río de Janeiro se registró un fallecido tras enfrentamientos entre la policía y civiles; en Belo Horizonte, 12 detenidos por riñas callejeras; en Salvador, desmanes e intentos de asalto colectivo. Y eso ocurrió en Brasil sin protestas sociales preexistentes de esa magnitud. Sin madres buscadoras (a las que nadie ha ayudado a encontrar a sus hijas e hijos) marchando ese mismo día. Sin una CNTE eternamente en paro y un caso Ayotzinapa sin resolver después de 12 años. El combustible brasileño era la decepción futbolística. El combustible mexicano ya está ahí, acumulado, esperando, en ebullición.
No se trata de criminalizar la derrota ni de construir una narrativa de miedo en torno al Tri. Se trata de nombrar lo que es evidente: que el ánimo social está abollado. Que los escándalos se han acumulado sin que ninguno se cierre del todo. Que la gente lleva meses viendo cómo sus demandas más elementales —seguridad, salarios, justicia— se administran con una frialdad que desconcierta. Y que el futbol, cuando la sociedad está así, no es entretenimiento: es la única catarsis colectiva disponible. Si funciona, descarga. Si falla, la carga se multiplica.
El gobierno federal debería entender esto mejor que nadie. La presión sobre el Tri no puede traducirse en interferencia, desde luego, pero sí en garantizar que el equipo tenga todas las condiciones para competir sin el peso adicional de convertirse en chivo expiatorio de una frustración que no es suya. La Selección no es responsable de Ayotzinapa. No es responsable de las pensiones de Pemex. No es responsable de la CNTE ni de las madres buscadoras. Pero si pierde —y peor aún, si pierde feo— se convertirá en el detonador de una furia que estaba esperando cualquier pretexto.
Hay algo profundamente revelador en que un país que inaugurará el Mundial más grande de su historia lo haga con siete marchas convergiendo hacia su estadio. No es una imagen de caos: es una imagen de abandono. De ciudadanos que han aprendido que la única forma de ser escuchados es aparecer donde las cámaras globales están apuntando. El fútbol les prestó el escenario que el gobierno no ha sabido proveeerles.
Por eso el 11 de junio no es sólo el día en que México juega su primer partido. Es el día en que México se juega algo que no tiene marcador, pero sí consecuencias: la temperatura de sus malestares profundos, medida en tiempo real, ante los ojos del mundo. Ojalá el Tri gane. No sólo por los tres puntos, sino por el efecto que ese triunfo, ese empate o esa derrota, puedan tener sobre un ánimo colectivo que ya está claramente en estado volátil.
