Adelanto editorial: Para Isabel de Antonio Tabucchi

Con autorización del sello Anagrama publicamos un fragmento de la primera novela póstuma del escritor italiano. Este título estará pronto en librerías

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Noveno círculo. Isabel. Estación de la Rivera. Realización, Regreso

La diminuta estación estaba desierta, a aquellas horas. Salí a la pequeña explanada que había enfrente. Era un parquecito con dos palmeras y dos bancos, rodeado por un seto de pitósporos que emanaban un intenso aroma. Por detrás del seto se intuía el mar. El terreno estaba cubierto de arena y de guijarros marinos. Era exactamente una estación de la costa ligur, tal como siempre me la había imaginado. Vi pasar un tren a toda velocidad. Se dirigía a Francia, no cabía duda, y Francia estaba más allá de las luces del golfo. Me senté en un banco, pensando en qué hacer. ¿Debería tal vez recorrer la pequeña cuesta y buscar via Oberdan? Las farolas del jardín estaban encendidas. Me senté en un banco de mandera, justo debajo de una palmera, y miré hacia arriba. Lucía una luna en su último cuarto, y era blanca como la leche. Busqué en otro rincón del cielo, y vi una estrella que me era cara. Estiré las piernas, apoyé la cabeza en el respaldo y me quedé mirando el cielo.

La música llegó desde el fondo de la pequeña cuesta flanqueada por los pitósporos. La reconocí, era una melodía de Beethoven titulada Les Adieux, l’absence, le retour.

Vi acercarse a un extraño individuo. Llevaba un frac todo arrugado, una chistera blanca, y sujetaba un violín. Iba descalzo. Llegó a mi altura y se quitó educadamente el sombrero. Buenas noches, dijo, y bienvenido a esta estación de la costa ligur donde tal vez usted soñaba con llegar algún día. Me pidió permiso y se sentó a mi lado. Discúlpeme, dijo, pero es inútil que busque usted via Oberdan, ya que no se llama así , se llama via dei Lavoratori del Mare. Yo lo miré con expresión inquisitiva, y él suspiro. Ni tampoco la tipografía que está buscando, dijo, ahora ya está cerrada, dejó de funcionar hace años, ahora hay una pastelería elegante en su lugar, se llama Bignè. Estoy buscando la Tipografía Social, dije yo, ésa es la que estoy buscando. Él sonrió y volvió a suspirar. Pues eso le digo, contestó, la Tipografía Social, la gloriosa Tipografía Social, la destruyó una bomba hace muchos años, nunca se hayo a los responsables, hubo indicios, indagaciones, hasta un atisbo de proceso, y así, después de que la maquinaria saltara por los aires, y después de haber dejado pasar tanto tiempo con aquellos cuartos todos reventados, alguien compró el local y montó allí una pastelería, donde pueden degustarse excelentes dulces. Disculpe, pregunté, pero, ¿qué imprimía la Tipografía Social? Él suspiró de nuevo. Era una Tipografía anarquista, contestó, imprimía los últimos folletos de los anarquistas, los pocos supervivientes, librillos a poco precio y discursos de Pietro Gori, la historia de los anarquistas italianos; sin embargo, suspiro de nuevo, a veces también invitaciones de bodas, ya sabe, uno tiene que sobrevivir y el viejo Tú-me-cansas tenía que sobrevivir. ¿Y quién era el señor Tú-me-cansas?, el último supérstite de la gloriosa Tipografía Social, contestó el hombre con el violín, que saltó por los aires junto a sus máquinas.El hombre con el violín suspiró de nuevo. Disculpe, dijo, pero es difícil para mí tomar aliento, la cuesta está muy empinada, y además, ya se imagina, tocando el violín. Lo miré con curiosidad. Restregaba los pies con deleite en la arena del jardín, y había dejado su instrumento sobre el bando entre él y yo. Estoy estupefacto de que conozca usted todo esto, dije yo, le aseguro que estoy absolutamente estupefacto. Oh, dijo él, hágame el favor, yo conozco toda su trayectoria, llevo siguiéndole desde que llegó usted aquí, es más, en cierta manera he dirigido toda la partitura, puede usted considerarme su director de orquesta. Sacó una colilla y la encendió. ¿Quiere una colilla usted también? me preguntó. Dije que no, y luego añadí: siento curiosidad por saber de usted esa trayectoria mía que dice conocer también. Él sonrió, miró al cielo y contestó: vamos a revivir el recorrido de su última estación, las otras dejémoslas correr, la última, mejor dicho, la penúltima, porque la última es ésta. Dio una calada a su colilla y dijo: pues bien, usted llegó a Nápoles para caer en el folclore más siniestro, vamos, que no nos esperábamos algo así de su olfato, porque usted ha demostrado ser un buen detective, llegar al restaurante Luna Rossa guiado por una Concettina para encontrarse con un Masaniello que toca el organillo en un restaurante de Mergellina, vamos, que podía llegar a su objetivo de otra forma que no fuera tan palmariamente un lugar común, con todo, he de reconocer que lo logró, Masaniello tenía ciertas indicaciones, porque ya se sabe, un santo y seña de Nápoles es vox pópuli, y usted vagaba distraídamente abandonado, de modo que, con las distintas indicaciones de Masaniello, logró llegar en el Vesuviano, a la Comunidad Red Moon, pobre hombre, con las vagas indicaciones que usted tenía, consiguió sin embargo llegar a su Luna Roja.

Aplastó la colilla sobre la arena y me preguntó: ¿quiere que continúe? Continué, contesté yo, me interesa. Bien, continuó él, después de haberse topado con dos o tres secretarias idiotas, por fin llegó hasta un viejo sirviente que había sido secretario muchos años antes, era un hombrecillo delgado con gafas, quién sabe porqué lo mantenían allí, visto que la Comunidad se había vuelto tan potente que ya recibía incluso hasta subvenciones del Estado, tal vez porque lo trataban como una especie de residuo bélico; él, sin embargo, se acordaba de Isabel, y la reconoció por la fotografía que usted le enseñó, le habló de ella, de la época en la que había estado en la Red Moon, pero no le dijo nada de su vida, acaso también porque él le conocía, pero le dio esta dirección, esta pequeña estación de la costa  de Liguria, y le dijo que buscara en via Oberdan, en la Tipografía Social, porque era el último luga al que Isabel se había encaminado. Hizo una pausa y me miró. ¿Por qué habla en pretérito pluscuamperfecto?, le pregunté. El sonrió y miró al cielo. Pretérito pluscuamperfecto, dijo, pretérito anterior, presente, futuro, discúlpeme, pero no conozco los tiempos, no conozco el tiempo, para mí todo es igual. Yo también lo miré. Él se estaba restregando los pies en la arena. Pero ¿usted quién es?, le pregunté. Soy el Violinista Loco, me contestó, soy yo quien dirige sus círculos concéntricos o, si lo prefiere, sus estaciones, yo también he sido enviado. Luego recogió el arco y dibujó sobre la arena un pequeño círculo. Hemos llegado al centro, me susurró, deme la fotografía de Isabel. Yo se la di y él la colocó en el centro del círculo. Luego se levantó, se acomodó el violín y comenzó a tocar en sordina la melodía de la Sonata de los adioses de Beethoven.

Y en aquel momento vi a Isabel. Estaba corriendo la pequeña cuesta flanqueada de pitósporos, llevaba un vestido azul de seda, como el que le había visto una vez delante del ayuntamiento y un sombrerito con velete. Me tendió la mano y yo se la estreché, ella se levantó el velete y yo le di un beso en una mejilla. Hola, dijo Isabel, como ves existo todavía. Le pedí que se sentara conmigo en el banco. Ella me tendió las manos y dijo: ven, esta noche quiero ser yo quien te guíe. Me tomó de bracete, como en otros tiempos. Bajamos juntos por la pequeña calle que se llamaba Lavoratori del Mare. El aroma de los pitósporos era embriagador. Al fondo se veían las luces del golfo. ¿Adónde me llevas, Isabel? Le pregunté. Ella acercó su boca a mi oído y murmuró: espera, no seas impaciente. Continuamos bajando.

En el pequeño puerto no había nadie, las barcas se balanceaban plácidamente sobre el agua. Al final del puerto había un muelle, en el que estaba atracado un transbordador con las luces encendidas. Isabel me condujo al muelle.

Subí antes yo, y luego le ofrecí el brazo para ayudarla. El transbordador estaba absolutamente desierto. Isabel me invitó a sentarme en el puente, sobre unas tumbonas de tela azul y blanca. Aquí estaremos bien, dijo Isabel, podemos mirar el cielo nocturno. Se puso un fular blanco alrededor del cuello, hizo un leve gesto en dirección a una estrella y el transbordador, como por encanto, sin hacer ruido alguno, se separó del muelle y empezó a navegar rápidamente hacia las lejanas luces del golfo. Y justo en ese momento me pareció reconocer aquel golfo y sus luces, y yo le pregunté no sin cierta angustia: Isabel ¿dónde estamos? Estamos en nuestro entonces, contestó Isabel. La tomé de la mano y le dije: explícate mejor, te lo ruego. El transbordador ha atravesado la quinta pared, contestó Isabel, estamos en nuestro entonces, ves, aquellas son las luces del Portinho de Arrábida, hemos salido de Setúbal, éste es el transbordador que nos lleva de Setúbal al Portinho da Arrábida, estamos en la noche de la que nos dijimos adiós, en el transbordador de aquella noche, ¿te acuerdas?, estamos en nuestro entonces. Pero no se puede estar a la vez en el ahora y en el entonces, contesté, Isabel, no es posible, ahora estamos en nuestro ahora. El ahora y el entonces se ha anulado, contestó Isabel, tú me estás diciendo adiós como en otros tiempos, pero estamos en nuestro presente, el presente de cada uno de nosotros, y tú me estás diciendo adiós, pues entonces dije yo, si he de decirte adiós en aquel entonces quiero saber qué ha sido de tu vida.

Las luces de Arrábida se acercaban. El transbordador hizo tuutuu, silbando. Era el único ruido que se oía en aquella noche cálida. Isabel me sonrió, y me apretó una mano. Su fular blanco revoloteaba en la brisa nocturna. ¿Con qué objeto contarte mi vida?, me dijo; tú lo sabes ya todo, has construido con sabiduría tus círculos, y lo sabes todo de mí, mi vida ha sido exactamente ésa, huí hacia la nada, pero supe apañármela, ahora me has encontrado en tu último círculo, pero has de saber que tu centro es mi nada, en la que me encuentro ahora, yo he querido desaparecer en la nada, y lo he logrado, y en esa nada tú me has encontrado ahora con tu dibujo astral, aunque has de saber una cosa, no eres tú quien ha vuelto a encontrarme a mí, yo soy quien ha vuelto a encontrarte a ti, tú crees haber realizado una búsqueda en pos de mí, pero tu búsqueda era sólo en pos de ti mismo. ¿Qué quiere decir, Isabel?, pregunté. Ella me apretó con fuerza la mano. Quiero decir que querías liberarte de tus remordimientos, no era realmente a mí a quien buscabas, sino a ti mismo, para darte una absolución a ti mismo, una absolución y una respuesta, y esta respuesta te la doy yo esta noche, la noche en la que nos dijimos adiós en un transbordador que iba de Satúbal a Arrábida, quedas liberado de tus culpas, no tienes culpa alguna, Tadeus, no hay ningún bastardillo tuyo por el mundo, puedes irte en paz, tu mandala se ha completado. Sí, dije yo, pero ¿tú dónde estás, en este ahora tuyo? Verás, dijo ella, si recorres la pequeña calle de cuesta de la estacioncita de la Liguria a la que has llegado, a mitad de la colina encontrarás un minúsculo cementerio, en el sendero del centro, entre las tumbas más pobres hay una tumba desnuda, que nadie se molesta en cuidar, con unas flores de hierro forjado y una lápida, la lápida lleva escrita una inscripción sin fechas ni fotografía: aquí yace Isabel también llamada Magda, venida de lejos y deseosa de paz. ¿Descansas allí?, le pregunté. No, dijo ella, eso es un cenotafio, tan sólo el recuerdo de lo que fue, dos simples nombres, la esencia de una vida, yo estoy en la nada, y tú no debes sentir remordimiento, te lo repito, descansa en paz en tu constelación, yo mientras tanto prosigo mi camino en mi nada.

El transbordador atracó en el muelle de Arrábida. El golfo estaba cargado de nubes, empezaron a caer algunas gotas de lluvia, Isabel sacó del bolso un impermeable ligerísimo y se lo puso. Es exactamente igual que la noche en la que nos dijimos adiós, dijo, ¿te acuerdas? Empezó a llover. Espera, Isabel, dije yo, no puedes decirme adiós otra vez. Isabel se levantó y me dio un beso. Adiós, Tadeus, dijo ésta es la última vez, ya no volveremos a vernos más, adiós. Se alejó tal como la había visto alejarse aquella noche, recorrió el breve muelle, bajó delante de un restaurante que tenía una pálida luz de neón, al alejarse se quitó la bufanda blanca del cuello y me revoloteó una última despedida. Yo también me despedí de ella, tímidamente diciéndole adiós con la mano que mantenía oculta entre las piernas.

Abrí los ojos. El violinista estaba de pie ante mí, en el jardín de la estación se había puesto la luna. Mantenía sujeto su violín y miraba fijamente el círculo en la arena delante de sus pies descalzos. Es hora de regresar, dijo, la búsqueda ha terminado, se acuclilló y sopló sobre la arena. El círculo se anuló. ¿Por qué ha hecho eso? Pregunté. Porque la búsqueda ha terminado, y hace falta el soplo del viento que reconduzca el todo a la nada sapiencial, dijo él. Yo cogí la fotografía de Isabel y me la metí en el bolsillo. Ésta me la llevo conmigo, dije. Como quiera, dijo él, está en su derecho, de todo queda un poco, a veces una imagen. Se ajustó el violín en el hombro y empezó a tocar en sordina, con un acento muy melódico, Les adieux, l’absence, le retour. Yo levanté los ojos hacia la bóveda  celeste y vi una estrella que reconocí. Eché a andar. Y en aquel momento vi a Isabel. Agitaba una bufanda blanca y me estaba diciendo adiós.

Justificación en forma de nota

Obsesiones privadas, pesarosas añoranzas personales que el tiempo corroe pero no transforma, igual que el agua de un río alisa sus guijarros, fantasías incongruentes e inadecuación a lo real son los principales motores de este libro. Pero no podría negar que en él ha influido el haber visto a un monje vestido de rojo que, en una noche de verano, dibujaba para mí, con sus polvillos colorados, sobre la desnuda piedra, un mandala de la Conciencia. Y el haber tenido ocasión de leer, aquella misma noche, un breve escrito de Hölderlin que hacía un mes que llevaba en la maleta sin hallar nunca tiempo para leerlo. Las palabras de Hölderlin, que subrayé aquella noche, antes de que la luna completara su última fase, son éstas: "La trágicamente mesurada fatiga del tiempo, cuyo objeto, sin embargo, no interesa propiamente al corazón, sigue con la mayor desmesura al arrebatador espíritu del tiempo, y éste aparece entonces ferozmente, no de modo que guarde respeto a los hombres, como un espíritu en el día, sino que carece de miramientos, como espíritu de la siempre viviente ferocidad no escrita y del mundo de los muertos".

Podrá parecer curioso que un escritor, pasados los cincuenta años y después de haber publicado tantos libros, sienta aún la necesidad de justificar las aventuras de su escritura. Me parece curioso a mí también. Es probable que no haya resuelto todavía el dilema de si se trata de un sentimiento de culpa en relación con el mundo o, más sencillamente, de una fallida elaboración de luto. Como es natural, hay otras eventuales hipótesis aceptables. Quiero subrayar que, en aquella noche de verano, tuve ocasión de volar a Nápoles con la fantasía, porque en aquel cielo lejano lucía una luna llena. Y era una luna roja.

A. T.

Título:

Para Isabel. Un mandala

Autor:

Antonio Tabucchi

Editorial:

Anagrama, España, 2014; 160 pp.

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