Hubiera sido fácil escribir con enojo: Salman Rushdie
Participó ayer en una charla por los 15 años de la Casa Refugio Citlaltépetl, espacio para escritores perseguidos que él ayudó a fundar en el DF

CIUDAD DE MÉXICO, 6 de octubre.- El orgullo para Salman Rushdie (Bombay, 1947) estuvo en seguir siendo terco. Después de 1989 cuando el ayatola Jomeini decretó una fatwa —un edicto religioso que instaba a su ejecución— por la publicación de Los versos satánicos, afirmó, “hubiera sido muy fácil escribir libros con enojo, hubiera sido muy sencillo escribir libros atemorizantes”. En su lugar, el escritor indobritánico eligió seguir “su travesía artística” en las letras.
“Simplemente seguí escribiendo libros —dijo Rushdie— y así la gente pudo leerlo (el libro prohibido en el mundo musulmán) como uno de esos libros en un montón de libros; yo pensé: ‘si alguien está en peligro de muerte, grita’, así que descubrí en mí mismo una cierta terquedad. Me di cuenta de que la mejor respuesta para alguien que intenta silenciarte es hablar, alzar la voz, no permanecer callado.”
Rushdie participó ayer en una conversación por el 15 aniversario de la Casa Refugio Citlaltépetl, espacio para escritores perseguidos que él ayudó a fundar en la Ciudad de México. Desde la inauguración de ese lugar en 1999, el escritor no visitaba la capital mexicana. En compañía del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, el artista Vicente Rojo y los escritores mexicanos Carmen Boullosa y Phillipe Ollé-Laprune, recordó que su mayor orgullo fue crear un corpus literario que permitió no encasillarle sólo como un autor perseguido.
“Yo quería seguir siendo el escritor que siempre fui, no quería convertirme en otro tipo de escritor; algo que me enorgullece es que, si no sabías nada de mi vida, si nunca habías escuchado nada de mi vida y sólo habías visto un estante de libros y veías los míos en orden cronológico, no creo que pensaras: ‘algo terrible le pasó en 1989, después de eso todo fue distinto’. No creo que pensarías eso, yo creo que los libros cuentan su propia historia y siguen su propio camino; yo creo que esa travesía no fue desplazada por lo que sucedió”, afirmó.
“Yo me dije: ‘continúa, sigue adelante en el camino que vas’. Hubiera sido muy fácil escribir libros con enojo, pero hubieran sido terribles derrotas. El éxito fue seguir siendo yo mismo como artista, no necesariamente ser más polémico o más precavido, simplemente seguir siendo uno mismo; los escritores en refugio no deben tomar posturas políticas sino seguir siendo ellos mismos”, señaló.
Tras la fatwa, Rushdie ha publicado más de una decena de títulos entre novela, literatura para niños y ensayo. Las letras, como dice, permanecieron por encima de su propia historia de perseguido: “Los escritores que son perseguidos realmente quieren que hablen de su trabajo, de su obra, no quieren que hablen de su persecución; yo creo que es muy perjudicial para un escritor en esta situación que todo lo que se diga sobre ellos es que son perseguidos, porque su obra pasa por alto. Es importante enfocarse en el arte en sí, en el arte que está siendo atacado, no sólo en la persona, de otro modo dejamos de lado el arte enfocándonos sólo en la persecución”.
La posibilidad de que el arte se sobreponga a la persecución y la censura fue uno de los objetivos de la Casa Refugio Citlaltépetl. Carmen Boullosa recordó que en un encuentro realizado en 1997 le propuso a Rushdie llevar a Cuauhtémoc Cárdenas, quien había sido recién elegido jefe de Gobierno de la Ciudad de México, la propuesta para que se uniera a una red de ciudades solidarias que acogieran a los escritores perseguidos.
En las ciudades y no en los gobiernos centrales de cada país fue donde la propuesta hizo eco. “Encontramos que con frecuencia los gobiernos no apoyaban a los escritores porque tenían relaciones políticas, económicas con los países involucrados y no deseaban que se volviera un problema. Bajamos un nivel. A nivel de las ciudades con mucha frecuencia había alcaldes de las ciudades que lo veían como una buena idea y estaban de acuerdo; eso permitió construir una red”.
Jugador de Candy Crush
Al lado de la situación crítica que viven cientos de escritores y periodistas en todo el mundo como perseguidos, Rusdhie es optimista sobre el futuro de la literatura. No cree, por ejemplo, que los lectores estén sucumbiendo ante el entretenimiento o que los libros electrónicos vayan a desplazar a los libros impresos; incluso confiesa que, como muchos jóvenes, también juega Candy Crush en el teléfono celular: un iPhone 5.
“A la gente le preocupa el futuro de la comunidad, los aspectos económicos por un lado y también si los jóvenes van a leer libros en el futuro o simplemente van a jugar Candy Crush todo el tiempo. Yo también lo juego por cierto. A veces veo indicadores culturales no muy alentadores. Hace años alguien decía que a los niños estadunidenses no le importan los libros. Yo he estado dando clases en diferentes universidades y creo que están equivocados, pues el número de personas que van a leer a García Márquez no es el mismo que va a ver un episodio de Friends, pero la literatura no siempre ha sido para este grueso de gente; la literatura tiene una minoría de audiencia, pero es muy fuerte.”
La idea de que los lectores están envejeciendo y desapareciendo no es cierta, dijo, “la gente teme que los libros electrónicos puedan eliminar a los impresos, realmente no me interesa la forma en que la gente lea en tanto lo haga”. Los peligros que el autor encuentra en internet y las redes sociales están en la posibilidad de extender opiniones “estúpidas” por millones y de que los malos “son muy buenos” para usar esos recursos.
“La cuestión sobre internet es que hace posible una estupidez colosal: todo mundo cree que su punto de vista vale muchísimo, pero hay seis mil millones de puntos de vista allá afuera de los cuales cinco mil millones 990 mil no son interesantes. Una cosa que sí ofrece es una respuesta a la censura, vivimos en una era en donde no podemos suprimir casi nada; si estamos en un país donde se veta un libro, en internet lo podemos encontrar”, afirmó.
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