Adelanto editorial: 'No me dejen morir así'
Con autorización de Editorial Planeta, reproducimos el capítulo 9 de estos “recuerdos póstumos de Pancho Villa”, que estarán pronto en circulación

IX
Primero pago a un maestro que a un general
El sábado 21 de julio de 1923, todos pudieron leer en el Excélsior: “El general Francisco Villa fue asesinado ayer a las 8:45 de la mañana en la ciudad de Parral.” Ya dije que yo tenía el maldito presentimiento de que algo así de fatal iba a suceder, pero proseguí haciendo mis deberes de manera normal en la última hora; espantaba cual si fueran moscas sobre la frente estos pensamientos sobre mi inminente muerte. Desde la madrugada yo ya estaba limpio y con la pistola enfundada, esperando a que llegara el momento de almorzar y lanzarme al camino con el coronel Miguel Trillo. Cuando por fin nos alistamos, Manuela nos obsequió el más copioso de los desayunos, pero nadie probó bocado, esperando mi instrucción.
—¿Ya está listo el carro, don Miguel? —le pregunté a mi
secretario.
—Ese Dodge siempre está listo, don Pancho —me contestó pasando el trapo sobre el cofre del más bonito de los coches que hubiera yo anhelado.
—Ni a mis caballos he querido tanto como a este negrito de cuatro llantas, y eso que confío muy poco en las máquinas hechas por el hombre —dije, aunque bien sabía de sobra que las máquinas no eran de fiar, que sólo un caballo podría funcionar como extensión de las piernas para, en todo caso, huir de los peligros.
“Quiero llegar antes de que sea mediodía a Canutillo, tengo hartas cosas que arreglar —los arreé, me picaban las ansias por llegar adonde fuera; quería apresurar el paso, quizás al otro mundo—. Qué andarán haciendo a estas horas todos ustedes cuando yo ya no esté. Nos desayunaremos en el camino, Manuelita —le indiqué a mi mujer como quien no quiere la cosa. La verdad es que ni hambre tenía, todo se me atoraba en el cogote, nada me sabía; aun así, agarré un trozo de solomillo y me lo fui comiendo en el corredor, esperando a que calentaran el motor.”
Hacía tres años que no era yo más peligroso que un juez de paz. No intervenía en la política tan maltrecha de México, pero tampoco callaba mis opiniones al respecto; mucho menos mi parecer sobre Plutarco Elías Calles, ministro de Gobernación, a quien perfilaban como próximo presidente.
A un tipejo como él, tan mal intencionado, sólo le podía hacer frente un hombre de altura, un De la Huerta conciliador, por ejemplo.
Álvaro Obregón había sido un excelente estratega, y el político que inventó los “cañonazos de cincuenta mil pesos”. Nos conocíamos tan profundamente como se puede conocer a un enemigo en la guerra. Estuvimos más de una vez a punto de aniquilarnos, siempre en ejércitos diferentes. A mis derrotas en el Bajío, en 1915, cuatro batallas que él me ganaría, Venustiano Carranza les debía la silla presidencial. Aun así, siendo él presidente en 1922, reconoció mi carisma y el apego que muchos me tenían. Un gran líder como Obregón sabía que más valía tenerme de su lado que del contrario. En cuanto llegó a la silla presidencial hizo alianzas positivas para conseguir la paz del país, tan urgente, veía yo. Además, pensaba como yo que la nación ya se podía dirigir sin ejércitos al frente, por lo que me había apaciguado, obligándome al retiro a la hacienda de Canutillo.
Tenía también tranquilito a Estados Unidos, a Washington. Yo no tenía mayores rencores contra su persona, al contrario, recordaba al Manco de Celaya como un hombre que no se dejaba doblegar o comprar con espejitos. El día de su protesta en el cargo le envié con Luz Corral, mi mujer y asistente, qué carambas, un mensaje que rezaba:
Felicítole muy cordialmente por la toma de posesión en la Primera Magistratura, y le deseo acierto en su gobierno, pues yo siempre seré amigo del que suba al poder por el voto popular y me rebelaré contra el que llegue a él por imposición.
Francisco Villa
Si alguien en este país me conocía con mis debilidades y fortalezas, pues ése era él. Ya le había tocado buscarme vivo tras mi ingreso a Estados Unidos, siendo él testaferro de Carranza en la Secretaría de Guerra y Marina. Sabía, pues, de mis arranques, pero también de mis excesos de confianza, como en las cuatro batallas del Bajío en 1915, donde me ganó no por número de hombres ni por estrategia, sino por mi seguridad exacerbada. Sabía, como yo, del trabajo en el campo, pues se había retirado tras el triunfo de Madero a su hacienda a arar la tierra. Así que éramos dos almas que no tenían nada que ver, pero que la historia y la lucha por un país mejor nos habían unido.
Pero una cosa era conocernos y estar en paz con él, y otra predecir o apostar sobre quién sería o qué quería de su sucesor. Eso sí, yo no estaba de acuerdo con que fuera su amigo y paisano, el general Calles. Y si me preguntaban qué pensaba al respecto, pues respondía sin pelos en la lengua, como siempre: Calles era un hombre de poco fiar, ambicioso desde que fuera gobernador interino de Sonora. Le apostaba a quien ganara, y también había sido carrancista.
Mis simpatías por don Adolfo de la Huerta no eran de reciente nacimiento, él me había entrevistado en 1913 a nombre de Carranza, convenciéndome para que le entrara al quite contra el traidor Huerta. Adolfo de la Huerta quería que juntos revolucionáramos el estado de Sonora. Algo que no me convenía, pues en todos lados yo era visto como un maleante, asesino y usurpador; sólo en Chihuahua, donde estaban mis raíces, la gente no me confundía con el enemigo, sabía quién era yo. En otras partes Carranza había logrado manchar mi nombre, no se me tenía confianza.
Todo eso les dije cuando me preguntaron qué pensaba sobre el sucesor de Obregón. Creo que mi opinión les caló hondo, pues ya ven en qué terminó la emboscada en Hidalgo del Parral. El tiro de gracia me lo dio la mentada entrevista en El Universal. El director del diario, Félix F. Palavicini, cercanísimo a Carranza, manipuló de tal manera el propósito de la entrevista que yo accedí a darla. Mi imagen tras la publicación quedó así: yo, el Bandolero Divino, confirmaba que por mi estado y por mis hermanos de raza haría cualquier cosa, pues no tenía miedo a enfrentarme con el poder si el presidente en turno no era de mi interés. Quedó claro también que podía reunir a miles de personas en cualquier momento y que era un gran estratega militar. Pero el tema, en realidad, del que hablé bastantemente con Hernández Llergo, el periodista, fue sobre mi vida apacible, utópica, en la hacienda de Canutillo. Hernández Llergo me preguntó qué cuántos peones tenía en mi hacienda. Hice la corrección:
—No son peones, señor, son medieros, mil ochocientos hombres bien armados, por cierto.
Sé que han de pensar en mí en términos de miedo, porque la gente me seguía y me pedía que fuera candidato, aquí y allá. Yo a todos les decía que se esperaran, pero los políticos me temían. Lo que ignoraban era que de haber querido, si realmente hubiera deseado seguir en las andadas, pues los habría quitado del camino, así de fácil. El presidente, pues, no me temía, pero sí sus cercanos y sí, me había convertido, otra vez, en una piedrita en el zapato. Pues bien, a mí me preguntaron qué pensaba del general Calles, y yo tuve que decir que como cualquier ser humano tenía una carga mala y otra buena. La primera, pues era un gran defecto, tenía que ver con que contemplara con tal radicalismo el problema obrero. Así lo reportó el periodista, letra por letra: “... los líderes del bolchevismo, en México como en el extranjero, persiguen una igualdad de clases imposible de lograr. La igualdad no existe ni puede existir. Es mentira que todos podamos ser iguales; hay que darle a cada cual el lugar que le corresponde. La sociedad, para mí, es una gran escalera en la que hay gente hasta abajo, otros en medio, otros subiendo y otros más altos… Es una escalera perfectamente bien marcada por la naturaleza, y contra la naturaleza no se puede luchar, amigo. ¿Qué sería del mundo si todos fuéramos pobres? Tiene que haber gente de todas calidades. El mundo, amigo, es una tienda de comercio donde hay propietarios, dependientes, consumidores y fabricantes”.
Salimos de Parral muy temprano hacia la hacienda, en carro. Yo había pedido manejar, por lo menos así la muerte me encontraría conduciendo mi propio destino. Alerta a mis pensamientos, abstraído, dirigía el coche.
Los hilos de mi destino final, además, se habían tejido entre las manos de unos españoles mal avenidos, cosa que también ignoraba: si me llevaba rebién con los que se establecieron en mi territorio. Días antes, acababa de depositar en La Villa del Grado, abarrotería de españoles, un tanto de oro y otro de plata, para establecer un banco en Parral. Pensaba que con un banco, ya poco le faltaba a esa región para ser tan completa como la capital y dejar de recurrir al centralismo del gobierno para salir adelante.
De toda la auditoría dábamos cuenta en el diario de la región para que todos supieran que el dinero era comunal, que no había negocios mal habidos. No desconfiaba de los dueños de la tienda de abarrotes, si para eso siempre dejaba ver yo mi hermosa chiripera, la pistola que ni a sol ni a sombra me dejaba, y aparte los gachupines me debían mucho como para contarlos entre mis enemigos. Por eso no tenía yo el menor atisbo de que también por allí se iba a fraguar mi asesinato.
Esa última mañana íbamos, pues, el coronel Miguel Trillo, mis escoltas Daniel Tamayo, Claro Hurtado, Ramón Contreras, Rafael Medrano y Rosalío Rosales, a bautizarle el hijo al general Antonio y a María Arreola. Tomamos la calle Zaragoza rumbo a Valle de Allende. Antes veníamos platicando de lo mucho que la población había avanzado, por lo menos en los kilómetros a la redonda en los que teníamos incidencia.
—Cuando ya no esté, Miguel, prométeme que seguirán reclutando a los escuincles de estas tierras, para que sus padres, aunque no trabajen en la hacienda, los manden a la escuela. ¿Me entiendes, Miguel? Es la única esperanza de no volver a repetir estos desmanes que tú y yo hemos vivido.
—Sí, mi general, así será, don Pancho. ¿Pero por qué su insistencia en hablar de un futuro sin usted? —Yo me entiendo solo, Miguel, tú nomás dedícate a cumplir lo que prometes.
Una noche antes, en Parral se corría el rumor de que andaba en la tienda de abarrotes el mismo Jesús Salas Barraza, bien vestido como siempre, catrín, pues, acompañado de dos oficiales del ejército. Decían que acababa de llegar de Jiménez. Pidió que le mostraran algunos sombreros que tenían allí, porque vendían de todo. Dijeron que los oficiales que lo acompañaban eran miembros del Estado Mayor del secretario de Guerra y Marina. Después, los tres se dirigirían con Melitón Lozoya.
—Entonces quedamos o no quedamos, Miguel; repito lo que he dicho tantas veces, yo de esta tierra no saldré ya nunca. De mi patria no me han de sacar vivo. Mis enemigos me matarán, a Carranza lo mataron sus amigos, y a mí no me dejarán descansar ni después de muerto. Quisiera tener la certeza de que moriré al menos con la frente en alto, como lo hizo el general Ángeles.
Nos habíamos desayunado en un lugarcito allí entre Zaragoza y Juárez. Teníamos que ir a la tienda del español Lobo. Guardamos silencio unos segundos, cuando de un sablazo, pasando los cuartos de la calle Gabino Barreda, se dejaron venir cientos de balazos, un tiroteo tan nutrido que parecía que querían descontar a todo un batallón de la antigua División del Norte. Los pistoleros nos atacaron desde distintos puntos, incluso desde el barandal de una ventana del colegio de chiquillos que estaba al paso de nuestra humilde y destapada caravana. Al enfrentar los cuartos de la calle Gabino Barreda, desde distintas distancias y alturas los fusiles me hicieron disminuir la velocidad del Dodge Brothers.
Mientras paraba, vi claramente a ese muchachillo que dio la señal a alguien situado en la plaza Juárez. Cuando me atravesó la primera bala supe que esa sensación ya la conocía, la había esperado desde siempre, la tenía identificada: la del abandono, la de la despedida. Dos lágrimas escaparon de mis ojos, las lágrimas de quien se sabe fuera de la pelea porque ha muerto el gallo. Instintivamente puse la mano sobre mi pistola enfundada, pero ya el siguiente balazo no me dejó decir ni una palabra. Así de injusta era esa pinche muerte que ni tiempo me dio a encomendar mi alma.
Esa bala sigue viniendo, una y otra vez la misma muerte. Es como si no quisiera amanecer nunca en mi eterna noche.
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