"Putin no es tan distinto a Donald Trump": Olivier Assayas, director de 'El mago del Kremlin'
Yuriria Sierra platicó con el cineasta sobre su película en la que Jude Law interpreta al presidente ruso Vladimir Putin

En el tablero de la geopolítica contemporánea, pocos nombres generan tanto magnetismo y escalofrío como el de Vladislav Surkov, el Rasputín de Putin y artífice de la propaganda rusa moderna. Su historia —mezcla de teatro de vanguardia y control totalitario— saltó de la realidad a la ficción en la premiada novela de Giuliano da Empoli, y ahora llega a la pantalla bajo la mirada del director Olivier Assayas.
En El Mago del Kremlin, Assayas no sólo disecciona el ascenso del poder en la Rusia possoviética, sino que nos entrega un espejo incómodo de Occidente. En esta conversación exclusiva, el director francés revela cómo fue el proceso de escritura a seis manos con el propio Da Empoli y el gran Emmanuel Carrère, la transformación samurái de Jude Law para encarnar a un Putin humano pero aterrador, y por qué esta película es, en realidad, un mapa para entender la pospolítica global y el avance de los autoritarismos posmodernos.
Yuriria Sierra: Antes de que empecemos nuestra conversación sobre el estreno de El mago del Kremlin, adaptación para cine del libro de Giuliano da Empoli, creo que éste y todos sus libros son el compás para entender todo lo que está pasando en el mundo ahora mismo. ¿Me equivoco?
Olivier Assayas: Giuliano es uno de los críticos más agudos de la política moderna y de la pospolítica. Y sí, claro, no es sólo que haya adaptado su novela, sino que creo que él es un amigo y ha sido una influencia muy importante en cuanto a cómo veo el mundo moderno. Y surge, por supuesto, cada vez que tengo que hablar de esta película. Giuliano me proporcionó las herramientas para comprender mejor lo que habíamos estado intentando hacer Emmanuel Carrère y yo cuando estábamos adaptando su novela.
YS: Sí, porque esto es como un choque intelectual de titanes con Emmanuel Carrère, Giuliano da Empoli y tú mismo.
OA: Giuliano fue quien puso todo en movimiento. Él había visto mi película Carlos. Y me envió su novela El Mago del Kremlin cuando se publicó por primera vez en francés, antes incluso de que estuviera en las librerías. El mensaje era básicamente: “Hola, soy Giuliano. Si por casualidad estás interesado en adaptar este libro, eres más que bienvenido”. Y suelo bromear con que es una película que fue encargada por Giuliano, ¿sabes?
Él me escogió como director y fue comprensivo, porque cuando estábamos escribiendo Emmanuel Carrère y yo, Giuliano entendió que Emmanuel sabe mucho más que yo de política rusa: es parte ruso por su madre, habla el idioma, conoce la cultura y grabó documentales en la Rusia postsoviética. Trajo mucha familiaridad con el material al proceso de escritura del guion. A menudo le hacíamos preguntas: “Hemos probado esto, hemos probado aquello. ¿Podemos expresarlo así? ¿Es esto algo que te has inventado o es en realidad un hecho?”. Él era constantemente nuestra referencia y apoyó todo el proceso de adaptación.

YS: Sí, porque tengo que decir que han sido increíblemente respetuosos con la pluma y la prosa del gran Giuliano. Es realmente asombroso, es como si estuvieras condensando el libro entero en la película. Terminé muy asombrada.
OA: Creo que cuando se adapta un libro, se debe compartir la sensibilidad del estilo. El ritmo de la escritura de Giuliano fue una clave fundamental para entender qué hace a esta película tan específica. Sabíamos que estábamos haciendo un tipo de película política diferente: más compleja, más humana y más filosófica, porque confiamos su visión.
YS: ¿Y qué fue lo que te sedujo en primer lugar: la historia de Baranov (el personaje ficticio que da vida a Surkov en la película) o la forma en que se aborda el poder y la política en El Mago del Kremlin?
OA: El libro y la película tienen diferentes capas. Una de ellas es la juventud de la Rusia postsoviética: la energía, las esperanzas, el idealismo de esos años, y cómo fue aplastado por el resurgimiento de una Rusia totalitaria bajo Vladimir Putin.
Creo que una parte fundamental de lo que nuestra película realmente aborda es la trayectoria de un joven idealista de la era postsoviética que, de manera progresiva, se convierte en una especie de asesor para algún tipo de dictador.
Es difícil expresarlo con palabras sencillas, pero todo lo que ha estado sucediendo en la Rusia postsoviética es algo que ya había ocurrido en las sociedades occidentales. De la misma manera que Vladimir Putin no es tan diferente de Donald Trump. Lo que nos interesaba a todos era intentar lidiar con la política contemporánea en un mundo posmoderno.
YS: ¿Y cómo algo que en principio era muy específico de Rusia se volvió global? ¿Qué crees que habría logrado hacer un personaje como el propio Vladislav Surkov — quien realmente inspiró El mago del Kremlin— con todas las herramientas que tenemos a nuestra disposición hoy? Me refiero a la inteligencia artificial.
OA: Honestamente, no sé qué habría hecho, ni sé qué estará haciendo en este preciso momento. Quizá sigue ejerciendo su influencia donde sea.
Pero Surkov es muchísimo peor que Baranov, porque a él nosotros lo creamos, le otorgamos al menos algún tipo de alma y una pizca de humanidad. Es un personaje con el que no es que podamos identificarnos, sino que más bien nos horroriza: al principio confiamos en él y poco a poco va perdiendo nuestra confianza, de la misma manera que pierde la confianza de Xenia. Pienso que Vladislav Surkov es un personaje más desagradable que Vadim Baranov.
YS: Tengo que hacer mi última pregunta, la última pero no la menos importante. Paul Dano y Jude Law…
OA: Fue un honor y un placer tan grande trabajar con los dos. Creo que ambos fueron asombrosos por razones muy diferentes. Jude vino al final de la filmación y lo hizo al estilo samurái: fue directo al personaje, se metió de lleno. Se mantuvo en el personaje durante dos semanas y fue asombroso. Y creo que no hizo una imitación de Vladimir Putin: se lo apropió, lo recreó desde el interior.
Pero Paul inventó algo. Paul lo hizo. Tuvo un papel muy difícil, muy complejo, con muchos giros y vueltas, y lo manejó de forma brillante.