Zellhuber se hace fuerte entre las derrotas: el mexicano que no deja de creer en ser monarca de UFC
El joven peleador Daniel Zellhuber maduró entre la disciplina, patadas y puñetazos; con 26 años es un veterano de las artes marciales mixtas, en las que ha desarrollado su resiliencia

En el cuello de Daniel Zellhuber destaca un tatuaje con la palabra “focus”. Un recordatorio en tinta cada que se mira frente a un espejo de no perder el enfoque de las cimas pendientes por alcanzar en el duro mundo de las artes marciales mixtas de la UFC.
Zellhuber se hizo hombre entre extenuantes rutinas de entrenamientos, puñetazos y patadas. Quince años inmerso en las disciplinas de combate, que llegaron a su vida como la alternativa para aprender a defenderse, pero que se convirtieron desde que tuvo 16 años en lo más importante al dar sideral paso al profesionalismo.
Hay muchas distracciones en la vida, en el deporte, que te pueden desviar del camino. Creo que para mí es importante mantener el enfoque, porque, como te digo, ahorita tendría la excusa perfecta (para dejar de ser peleador profesional), pero es que así no soy”.
El pelador forjado en gimnasios de su natal Estado de México vive los momentos más complicados en esta travesía deportiva —en la que desde 2021 forma parte de las estrellas de la compañía UFC después de ser el vencedor de la serie televisiva Dana White's Contender Series— después de que el 28 de febrero sufrió una tercera derrota consecutiva, pero fue la más dura al ser un nocaut ante Bobby Green en la Arena Ciudad de México.
Definitivamente es el momento más duro de mi carrera y aun así sigo teniendo fe”, reflexiona Daniel en entrevista con Grupo Imagen. “Sigo creyendo firmemente que puedo ser campeón de la UFC.”

La declaración no suena a autoengaño. Suena a la de un hombre que lleva una década entera aprendiendo a vivir dentro del octágono. Cuando la mayoría de sus contemporáneos entraban a la universidad, él gestionaba la presión de sufrir su primera derrota profesional en transmisión global, con millones de ojos como testigos del momento. Ese revés llegó a los 21 años, y también llegaron amenazas de muerte e insultos a su familia, era el cobro social de ser figura pública en un deporte sin red de contención.
“Insultaron a mi hermano, a mi madre, a mi papá. Y te estoy hablando de insultos personales. Con veintiún años me enfrenté a amenazas de muerte”, recordó sin dramatismo, como quien clasifica un hecho ya digerido. Aquello formó parte del camino en una hoja de ruta como peleador que muestra con frialdad una marca de 15-4-0. Y con cada revés, que dejan más huella que las victorias, llega la reflexión.
Después de perder, ponte un límite de tiempo para estar triste y después regresa al enfoque”, repite Zellhuber, citando Christian, su profesor de jiu-jitsu como si fuera un manual de instrucciones.
Dejar la adolescencia para convertirse en un adulto bajo el escrutinio público, entre golpes y fracasos exhibidos, moldea de forma distinta. Lo que queda, dice él, no es amargura. Es resiliencia. Esa misma que lo empujó a entrenar artes marciales de niño, cuando sufría bullying en la escuela y sus padres le dijeron, sin mucha ceremonia, que aprendiera a defenderse. Nunca tuvo que usar lo que aprendió para golpear a nadie en la calle. Pero el deporte le enseñó algo que ningún aula habría podido darle: cómo levantarse.

Observa y analiza a detalle los videos de sus peleas perdidas, identifica los errores. La más reciente conclusión que ha sacado de este proceso no es técnica, sino filosófica: lleva años buscando la perfección del movimiento y quizás eso lo ha paralizado. De su revés más reciente, el más duro, ya hasta lo toma con humor cuando cuenta que vio el video “hasta en los memes que hicieron”.
Me falta pelear más fluido. A veces hay peleadores que si bien no son los más técnicos, van y pelean. Y creo que eso es lo que me falta un poco.”
Más allá del octágono, Zellhuber construye con la misma disciplina que aplica al entrenamiento. Ya tiene su propia liga de artes marciales mixtas, Rayo MMA, fundada junto a su maestro de jiu-jitsu. Invierte. Planea. Entiende que una carrera en deportes de contacto no tiene garantías de largo plazo y actúa en consecuencia.
Ahorita tendría la excusa perfecta para rendirme”, admite. “Pero así no soy.”
La UFC lo tiene proyectado para septiembre, en una cartelera en Arizona. Mientras llega esa fecha, él piensa en otra: pelear de nuevo en la Ciudad de México. Dice que se la debe a su gente, a los que lo vieron debutar en el Rodeo de Santa Fe hace una década, cuando no era nada todavía.
Victorias o derrotas, pero de dejarlo todo en ese octágono”.
Daniel Zellhuber creció teniendo siempre la guardia arriba. La pregunta no es si tiene fe. Es cuánto más tardará el deporte en devolverle lo que él lleva años dándole con su dedicación diaria.