La injerencia de Washington en América Latina ha ocupado nuevos polos, como Argentina y Honduras, desde los cuales ejecuta acciones de desestabilización contra gobiernos que no guardan al Tío Sam la sumisión que, asume, le corresponde recibir. Esto ya no es teoría de conspiración, es información en desarrollo bajo el mote de Hondurasgate.
El afán de Trump por influir en el resultado de las elecciones generales de Honduras y las elecciones legislativas de Argentina en 2025 fue grotesco, pero efectivo. En ambos países, Estados Unidos, e incluso Israel, cuentan con fieles vasallos en las figuras de Juan Orlando Hernández y Javier Milei, que, bajo tutela de los equipos de comunicación de Trump, han montado un centro de inteligencia y operaciones digitales para posicionar noticias falsas y narrativas en redes sociales mediante granjas de bots. Los principales blancos de ataque son los gobiernos de Gustavo Petro y Claudia Sheinbaum en Colombia y México, respectivamente.
El caso de Juan Orlando Hernández, exmandatario hondureño —exconvicto indultado por Trump— es paradigmático. Peón del tablero político de Washington en Centroamérica, Hernández, del conservador Partido Nacional de Honduras (similar al PAN en México), escaló posiciones rápidamente en la política hondureña tras el golpe militar que en 2009 depuso al presidente Manuel Zelaya. Hernández acumuló poder, primero como presidente del Congreso (2010-2014) y posteriormente como presidente de Honduras de 2014 a 2022.
A días de dejar el poder, le fueron imputados cargos por traficar hasta 400 toneladas de cocaína y lavado de dinero. Hernández fue juzgado, hallado culpable y sentenciado a 45 años de prisión por narcotráfico en 2022. El juicio reveló, además de su actividad criminal, su capacidad de operación política siendo señalado por apoyar el golpe de Estado en Honduras (2009) y beneficiarse políticamente. Hernández fue indultado por el mismo tipo que clasificó a los cárteles que operan en latinoamérica como organizaciones terroristas, Donald Trump, como parte de la intromisión y apoyo a Nasry Asfura, candidato del mismo Partido Nacional y, a la postre, ganador de la elección presidencial hondureña. En comunicaciones filtradas, Juan Orlando Hernández explica a Asfura que su liberación implicó un pago por el indulto, que fue hecho por sionistas —un hecho que para nada sorprende a sabiendas del mercantilismo de Trump— y profundiza, asegurando que él cuenta con todo el respaldo de Benjamin Netanyahu.
Frente a semejantes amenazas, la antipatriótica oposición mexicana no encuentra mejores maneras para exhibir el desprecio profundo que el conservadurismo históricamente ha tenido, tiene y tendrá, hacia el pueblo de México y su raíz indígena. Soslayando, por ignorancia y displicencia, a los pueblos precolombinos que construían civilización en nuestro territorio desde el año 1500 a de C., el conservador Partido Acción Nacional exhuma la memoria de Hernán Cortés para atribuirle la civilización de la América mexicana, celebra y replica el discurso injerencista de Trump; en el ámbito pragmático, desde el poder estatal que detenta, facilita el camino de una posible intervención.
El PAN entiende que electoralmente no compite con la 4T, lo peligroso es que ya dejó de importarle; ahora centra sus esfuerzos en la desestabilización interna y el colaboracionismo con la amenaza extranjera.
