¿Se puede crear la buena suerte?

Entrevista con Christian Busch sobre coincidencias, sentido y el arte de encontrar oportunidades donde otros solo ven azar

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El investigador Christian Busch conversa durante una entrevista en instalaciones de Editorial Trillas en México, mientras una periodista registra apuntes sobre su libro y la teoría de la serendipia.Excélsior

La mesa se mueve apenas cuando acomodamos las cámaras.

Un tripié golpea el suelo.

Alguien prueba el audio.

Durante unos segundos solo se escucha ese ruido leve de cables, metal y pasos cortos.

La sala en Editorial Trillas vuelve a quedarse en silencio.

En unos minutos vamos a hablar de algo que casi todo el mundo invoca alguna vez, pero que muy pocos saben explicar.

La suerte.

Christian Busch llega con una mezcla poco común: el rigor del académico y un entusiasmo casi infantil cuando habla de coincidencias. Investigador, profesor y autor, lleva años estudiando algo que la mayoría solemos atribuir al destino o al azar: por qué algunas personas parecen encontrarse una y otra vez con oportunidades inesperadas, mientras otras pasan junto a ellas sin notarlas.

Su libro Crea tu buena suerte parte de una idea provocadora: la suerte no es únicamente azar. También puede ser una habilidad.

Antes de entrar en teoría, le propongo empezar por algo más simple.

—Christian, cuéntanos quién eres. ¿De dónde vienes?

Se queda pensando unos segundos, como si la pregunta lo obligara a retroceder varios años.

—“Yo nací en Alemania”, dice finalmente. “Y era ese tipo de niño problemático en la escuela. Repetí un año, me expulsaron. Era bastante caótico. Y esa misma energía caótica también se reflejaba en cómo manejaba”.

La historia cambia de tono.

—“Tuve un accidente muy fuerte. Cuatro coches quedaron completamente destruidos, incluido el mío. Casi muero”.

Hace una pausa breve antes de continuar.

—“Después de eso empecé a preguntarme algo muy simple: si hubiera muerto, ¿quién habría ido a mi funeral?, ¿a quién realmente le habría importado?, ¿había valido la pena la vida que estaba viviendo?”.

Las respuestas, recuerda, no eran alentadoras.

—“Eran respuestas bastante deprimentes. Pero también me empujaron a una búsqueda de significado”.

Ese impulso lo llevó primero al mundo del emprendimiento y más tarde a la academia. Fue ahí donde comenzó a notar un patrón que lo intrigó. Cuando observaba a personas que consideramos exitosas, encontraba algo en común: muchas de ellas parecían tener una relación distinta con las coincidencias.

—“Cultivaban la serendipia”, dice.

La palabra no es nueva, pero Busch la convirtió en objeto de estudio. En términos simples, se refiere a la capacidad de encontrar algo valioso cuando no lo estabas buscando. O, dicho de otra forma, a la capacidad de reconocer lo inesperado cuando aparece.

Para Busch, la serendipia no es magia. Es una manera de mirar el mundo.

—“Es una mentalidad”, explica. “La mentalidad de abrir los ojos a lo inesperado”.

Para ilustrarlo suele contar un experimento sencillo. Dos personas caminan por la misma calle rumbo a una cafetería donde tendrán una entrevista. Una de ellas se considera afortunada; la otra está convencida de que nunca tiene suerte. Lo que ambas ignoran es que el experimento está siendo observado.

—“Frente a la puerta del café hay un billete tirado en el suelo”, cuenta Busch. “Y dentro del café hay un empresario muy exitoso sentado en una mesa”.

La diferencia aparece casi de inmediato.

—“La persona que se considera afortunada ve el dinero, lo recoge, entra al café y termina sentándose junto al empresario. Empiezan a hablar. Tal vez de ahí salga una oportunidad”.

La otra persona sigue caminando sin notar nada.

—“No ve el dinero. Entra al café, ignora al empresario y se sienta sola”.

Al final del día les preguntan cómo les fue.

—“La persona afortunada dice: fue un día increíble, encontré dinero y conocí a alguien interesante. La otra responde: no pasó nada”.

Busch sonríe al recordar el experimento.

—“El mundo fue exactamente el mismo para ambas. La diferencia está en cómo interactuamos con lo que ocurre”.

Una de las ideas más interesantes de su investigación aparece cuando habla del fracaso. Muchas veces interpretamos los tropiezos como señales de que algo salió mal y que la historia terminó. Sin embargo, cuando revisa las trayectorias de muchas personas que admiramos, encuentra otra narrativa: muchos de los momentos que parecían negativos terminaron convirtiéndose en el punto de partida para algo mejor.

Perder un trabajo, por ejemplo.

—“En ese momento puedes pensar que tu vida se acabó”, dice. “Pero luego encuentras un trabajo que resulta incluso mejor que el anterior”.

O terminar una relación.

—“En ese momento parece el fin del mundo. Pero meses después conoces al amor de tu vida”.

La clave, insiste, está en la interpretación que hacemos de lo que nos ocurre.

—“Se trata de aceptar que lo inesperado también puede abrir nuevas puertas”.

La serendipia, además, no depende únicamente de la intuición. También puede cultivarse. Busch propone estrategias concretas para aumentar la probabilidad de que aparezcan esas coincidencias que cambian el rumbo de una conversación o de una vida.

Una de ellas la llama la estrategia del anzuelo.

—“Se trata de poner pequeños puntos de información que hagan más probable que aparezcan coincidencias”.

Un ejemplo cotidiano: cuando alguien pregunta a qué te dedicas, muchas personas responden de forma automática.

Soy profesor.

Soy abogado.

Soy ingeniero.

Pero la respuesta podría abrir más puertas.

—“Podrías decir: soy profesor, pero también estoy interesado en la serendipia y en la crianza, porque mi hija de cuatro años acaba de aprender a negociar”.

Ese pequeño detalle cambia la conversación.

—“Tal vez la otra persona diga: qué coincidencia, mi hijo también está pasando por eso”.

Y ahí ocurre algo nuevo: una conversación, una conexión, quizá incluso una oportunidad.

La lógica de la serendipia también funciona dentro de las organizaciones. Busch propone una práctica sencilla para equipos de trabajo: preguntar en las reuniones qué sorprendió a cada persona durante la semana. La pregunta parece menor, pero cambia la cultura de los grupos.

—“Cuando haces esa pregunta, legitimas lo inesperado como una fuente de información”.

Cuenta un ejemplo revelador. Una empresa fabricaba máquinas industriales de lavado. Con el tiempo comenzaron a recibir llamadas de agricultores que decían que las máquinas se rompían cuando lavaban papas. La compañía podía limitarse a decir que ese no era el uso correcto. En cambio, decidieron escuchar.

—“Tomaron esa información inesperada y pensaron: quizá deberíamos diseñar una máquina para lavar papas”.

Así nació un nuevo producto.

—“La innovación muchas veces nace exactamente ahí”, dice Busch. “Cuando tomamos lo inesperado en serio”.

La palabra suerte suele asociarse con algo misterioso, algo que ocurre fuera de nuestro control. Busch propone distinguir entre dos tipos.

—“Existe la suerte ciega”, explica. “La que simplemente nos pasa”.

Pero también existe otra.

—“La serendipia es suerte activa”.

La definición es sencilla: aprender a identificar detonadores, verlos y hacer algo con ellos. Como un músculo que se entrena.

—“Cuanto más lo ejercitas, más capaz eres de aprovechar lo inesperado”.

Antes de despedirnos le pregunto qué le gustaría que un lector mexicano se llevara de su libro. Se queda pensando un momento.

—“La suerte ciega es lo que nos pasa”, dice finalmente.

Hace una pausa breve antes de completar la idea.

—“La suerte activa es lo que creamos con lo inesperado”.

Luego agrega una precisión que resume buena parte de su pensamiento.

—“No se trata de optimismo ingenuo. Se trata de optimismo racional”.

La entrevista termina con una fotografía rápida. Christian Busch comenta que aprovechará sus días en México para caminar por la ciudad, conversar con gente y dejar espacio para las coincidencias.

Porque a veces la suerte aparece así: disfrazada de casualidad, esperando que alguien la reconozca.

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