Sarah Kuźmicz explora la emoción del trazo en la Casa Universitaria del Libro (Casul)
Descubre la exposición de Sarah Kuźmicz en Casul. Conoce su propuesta artística, su pensamiento y explora sus 26 óleos y dibujos al carboncillo

La artista de origen polaco Sarah Kuźmicz alista la apertura de la exposición Antes de que el mundo fuera hecho, teníamos un rostro, en la Casa Universitaria del Libro (Casul), el próximo 6 de agosto, integrada por 26 piezas entre óleos y dibujos al carboncillo.
Este proyecto, detalla la artista a Excélsior, comenzó por casualidad, mientras experimentaba con su trazo. “Yo dibujaba mucho, garabateaba, ensayaba y, en cierto momento, como si fueran los personajes de una novela que se te lanzan encima, aparecieron y no pude hacer nada y tuve que seguir con ellos”.
De manera paulatina, esos rostros —cuenta la artista anclada en la obra de Goya y Rembrandt— “comenzaron a tener vida propia y noté que estaban terminados, como ocurre cuando un escritor hace una novela, es decir, uno acaba alguna idea. Al principio, la pieza no necesariamente parece terminada; puede ser un ensayo muy rápido, pero ahí había algo que se fijó, que era autónomo y hablaba por sí solo. Así surgieron muchos de estos rostros”.

El proceso creativo: entre la mente y la mano
Kuźmicz reconoce que el dibujo necesita mucha concentración y, aunque a veces es más intelectual, también le permite al artista soltar la mano y hacer trazos intuitivos y violentos, “así que, a la hora de pintar, entiendes perfectamente algunas cosas, otras no, pero están ahí, entre tu memoria visual y ese triángulo amoroso que componen la mano, la mente y el ojo”.
Además, explica que le interesa profundizar en la relación agobiante con el espacio y la representación de la emocionalidad.

La herencia veneciana y el misterio en la pintura
Expresar esa emocionalidad es lo más difícil en la pintura, y aquí me gusta mucho una cita de Paul Gauguin, quien decía: ‘¡Dios mío!, qué difícil es expresar ideas con medios pictóricos y no literarios’, aunque la narratividad es el gran enemigo de la pintura.
A mí me interesa la pintura que emergió con los venecianos. Entonces, todo lo que comienza en Venecia, con la imprevisibilidad de la mancha y la forma, adquiere muchísima importancia. También el periodo gótico y la obra de Tiziano, El Greco, Velázquez y Goya, que fue el último veneciano.
“Después vendrá el periodo decimonónico, donde la pintura quiere ser fotografía, literatura y empieza a contar anécdotas hasta que llegan Degas, Gauguin, Van Gogh, los expresionistas, las vanguardias, Rothko, los abstraccionistas, donde lo importante es la forma”, apunta.

Todo ese bagaje llevó a Kuźmicz a inclinarse por la ambigüedad y lo inescrutable.
A veces miro mis obras (después de años) y veo cosas diferentes. Supongo que a los espectadores también les ocurrirá eso, y es un poco como lo que decía (Octavio) Paz, de que lo que uno crea, lo que uno escribe y, en este caso, lo que uno pinta, va mucho más allá de nuestras intenciones.
También (José) Donoso –uno de mis escritores preferidos– decía que la novela no se escribe, sino que se descubre, y yo creo que en la pintura ocurre lo mismo, sobre todo desde los venecianos, y por eso tuvieron tantos pentimenti (alteraciones en un cuadro), con ensayos y pruebas, porque tú pones algunas manchas o creas un fragmento y, de pronto, resulta que lo que planeabas ya no vale, que hay que ir en otra dirección, de ahí que sea tan fascinante, imprevisible y difícil esa manera de pintar que nació en Venecia”, concluye.

Polaca de nacimiento y mexicana por adopción, Kuźmicz creció en familia de artistas, donde estudió dibujo y pintura. Continuó su formación artística en el taller del pintor y grabador Jan Bujnowski en Cracovia. Su obra abarca la pintura al óleo y diferentes técnicas del dibujo. Como crítica de arte, ha escrito artículos para diversas publicaciones y actualmente escribe un libro de ensayos sobre pintura.