La recta del absurdo: el azar que interrumpió la vida de Albert Camus
Albert Camus murió el 4 de enero de 1960 en un accidente absurdo que hoy invita a pensar el azar, la decisión mínima y la fragilidad humana moderna

Hoy, 4 de enero, el calendario vuelve a caer en una fecha que no pide conmemoración solemne, sino lucidez. Hay días que no exigen flores ni discursos, solo una pausa breve para mirar de frente lo que ocurrió y aceptar que ocurrió sin motivo.
Albert Camus murió un día como hoy de 1960. No en un hospital, no en el retiro silencioso de la vejez, sino en la carretera, a mitad de un trayecto ordinario, como si la muerte hubiera decidido imitar la forma más simple de la vida.
La escena fue casi irrelevante: una recta de la carretera nacional 5, cerca de Villeblevin. Sin curvas traicioneras, sin clima extremo, sin la épica que suele reclamar la tragedia. Solo una línea recta avanzando hacia París.
En esa recta se manifestó el azar, ese principio que Camus no dejó de interrogar. No como idea abstracta, sino como fuerza concreta, capaz de interrumpir una biografía sin previo aviso.
Una decisión mínima
Camus no debía ir allí. Había comprado un billete de tren, su forma habitual de viajar. El trayecto estaba decidido, razonado, previsto. Pero la razón, como casi siempre, cedió ante la amistad y la cortesía.

Aceptó viajar en coche con Michel Gallimard, su editor y amigo. Un gesto mínimo, una concesión sin dramatismo, bastó para alterar el orden de las cosas.
El billete de tren quedó en su bolsillo. Ese detalle, que no explica nada, se volvió con los años insoportablemente elocuente: la prueba material de una elección que no pretendía serlo.
El Facel Vega avanzaba rápido. Era un coche de lujo, orgulloso de su potencia, símbolo de una Francia moderna que confiaba en la técnica y en la velocidad. Nada en él anunciaba el desastre.
El impacto
Algo falló. Tal vez un neumático, tal vez el control, tal vez simplemente la suma de factores que nadie logra aislar del todo. El coche se salió de la trayectoria y chocó contra un árbol con violencia definitiva.

Camus murió en el acto. Michel Gallimard sobrevivió unas horas más largas, cinco días de agonía que no cambiaron el resultado. La muerte fue precisa y, como siempre, desproporcionada.
En el asiento trasero viajaban Janine Gallimard y su hija Anne. Ellas vivieron. No por mérito ni por explicación, sino porque así funciona el reparto arbitrario de la existencia.
Entre los restos apareció un maletín. Dentro, los papeles de El primer hombre, la novela en la que Camus regresaba a su infancia, a su padre ausente, a la raíz de su propia pregunta moral.

Ese libro quedó inconcluso, como si la obra hubiera entendido antes que el autor que no hay cierre verdadero, solo interrupciones.
Lo que no se explica
Con los años surgieron teorías. Se habló de sabotaje, de servicios secretos, de castigos políticos. La imaginación humana no tolera bien que nada tenga causa visible.
Pero ninguna hipótesis ha logrado desplazar lo esencial: que no hacen falta conspiraciones para explicar la muerte, porque el mundo ya es suficientemente frágil.
La desaparición de Camus fue una pérdida literaria, pero sobre todo una pérdida ética. Se fue una voz que se negó a justificar el crimen, incluso cuando el crimen se hacía en nombre de la historia.
Murió también Michel Gallimard, heredero de una estirpe editorial que sostuvo a buena parte de la literatura del siglo XX. La cultura francesa perdió dos nombres en el mismo impacto.
Sesenta y seis años después, el tiempo no ha ordenado ese acontecimiento. No lo ha vuelto razonable ni ejemplar. Sigue siendo lo que fue: un accidente.
Tal vez por eso sigue doliendo. Porque en la muerte de Camus no hay lección, solo una constatación: que el hombre camina, decide, confía, y aun así puede ser detenido en la recta más tranquila del camino.
«pev»
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