Hay una pregunta que llevo años dándole vueltas y que no me atrevía a poner por escrito hasta este libro. Y es sobre el por qué seguimos hablando con los muertos. No es imagen literaria. Es lo que hacemos todo el tiempo, aunque no lo llamemos así. Cuando leemos a Sócrates estamos conversando con él, aunque nos separen 25 siglos. Cuando volvemos a Hannah Arendt para entender qué le está pasando a la ética y a la democracia en 2026, o cuando Rosa Luxemburgo interpela desde 1919 al liberalismo confundido de hoy, también. El presente es demasiado escandaloso para entenderse sólo con las voces del presente. Los que ya no están escuchan mejor a los que sí, y a veces piensan más claro que nosotros.
Charlas imposibles (y urgentes) en el siglo XXI viene de ahí. Es un libro de entrevistas que no pudieron ocurrir, y que precisamente por eso necesitaban ocurrir. Sócrates habla del tuit y de la mayéutica. Maquiavelo opina sobre los fines y los medios del poder digital, que se parecen más al suyo de lo que quisiéramos. De Beauvoir contesta preguntas que las mujeres de mi generación no alcanzamos a hacerle. Freddie Mercury dice del VIH lo que en su momento no pudo. Gramsci discute con la izquierda actual sin muchas contemplaciones. Mandela reflexiona sobre las reconciliaciones que este continente logró y las que traicionó, y de la polarización extrema que ocupa nuestros días. No pretendo que hablen como hubieran hablado. Pretendo pensar en su compañía. Elegí a los personajes que me habitan, a los que han marcado mi historia, a los que han obsesionado mi librero y han atravesado, de muchas formas, mi trabajo.
Los personajes que incluí no responden a juicios geográficos, de género, raciales o ideológicos. Aunque, claro, están Frida y Juan Gabriel porque forman parte del linaje emocional mexicano. Foucault y De Beauvoir porque marcaron un debate sobre los discursos de poder alrededor del cuerpo y la identidad que sigue sin cerrarse. Malcolm X y Martin Luther King porque las dos vías para responder a la injusticia siguen abiertas y no sabemos todavía cuál funciona mejor. Cantinflas, porque el humor mexicano es una forma seria de conocimiento. En el último capítulo entrevisto a Hitler, a Mussolini, a Epstein, a Marcial Maciel, a Escobar. Están porque hay preguntas sobre el mal que no han terminado de responder. Hay que ver de frente lo que uno decide repudiar. Y cuestionarlo para hacer todo lo que esté en nuestras manos para evitar su repetición. Y hay un capítulo entero dedicado a la tecnología. Ahí entrevisto, entre otros, a Isaac Asimov, ese genio (y erudito) que ha sido mi ídolo desde niña. Le hago las preguntas que siempre quise hacerle sobre las inteligencias artificiales que él imaginó décadas antes de que existieran.
El libro no es sobre historia. Es del presente. Todas las charlas arrancan con una pregunta que sólo tiene sentido hoy. ¿Qué hace la banalidad del mal en tiempos de algoritmo? ¿Qué dirían varios genios sobre nuestros hilos de X? ¿Cómo se organizaría una revolución que no repita las trampas de la anterior? La pregunta manda. Sobre la herramienta que hizo posible el ejercicio quiero ser clara. Los modelos de lenguaje están alimentados con casi todo lo que los 62 personajes incluidos escribieron o declararon en vida, y con casi todo lo que otros han escrito sobre ellos. Por primera vez tenemos un modo eficiente de buscar dentro de ese archivo, cruzarlo, reorganizarlo, hacerle preguntas nuevas. Usar esa herramienta para pensar junto con el pasado me pareció lo más obvio y apetecible. Declarar su uso desde la portada fue la única forma que encontré de escribir este libro. Toda inauguración de época exige una honestidad, una creatividad y una valentía totales. Sí, en las Charlas imposibles la IA generó las respuestas de los personajes y los mensajes de dedicatoria que cierran cada charla. Todo lo demás lo escribí yo: la selección de los interlocutores, las preguntas, el prólogo, la arquitectura de los nueve capítulos, las reflexiones que los atraviesan. Esa distinción importa porque el ejercicio estaba diseñado para pensar con los muertos sobre los vivos, y esconder cómo llegué a esos muertos habría contradicho al libro entero. Si Charlas imposibles sirve de algo, ojalá sea para encender la curiosidad sobre aquellos personajes que entendieron nuestra condición humana y acompañar a alguien a empezar su propia conversación con la voz que necesita oír. Con esas voces que ya no pueden contestarle, pero cuyas preguntas siguen vivas dentro suyo...
