En un principio, prever qué posición tomaría China ante la guerra de EU e Israel contra Irán era complicado debido a la diversidad de intereses que el gigante asiático tenía en la zona de Oriente Medio. Por un lado, desde hace bastante tiempo había mantenido una alianza estratégica con Irán, en la medida en que le compra a éste la mayor parte de sus exportaciones petroleras, y también por coincidir ambos en su oposición a la hegemonía internacional de EU. Incluso China e Irán han sido colaboradores en el marco del BRICS y de la Shangai Cooperation Organization.
Pero, por el otro lado, China tenía que preservar sus múltiples negocios e inversiones en los países árabes del Golfo que han sido continuamente atacados por Irán desde el 28 de febrero hasta ahora, además de que el cierre del estrecho de Ormuz ha amenazado la seguridad energética de China significativamente. En ese complicado contexto para Beijing, en el que pronunciarse de manera radical a favor de uno u otro bando le era perjudicial de un modo u otro, la alternativa tomada fue la de ejercer el papel de moderador sensato dispuesto a mediar entre las partes sin mostrar preferencias claras ni asumir posturas contundentes que pudieran alterar su relación con los diversos actores de ese conflicto.
En esa línea, destacó el interés chino por proyectar una imagen de potencia presente y responsable que no rehúye intervenir cuando en alguna parte del mundo se desata una crisis que afecta al entorno global, pero asumiendo una cautela que le permitió no involucrarse demasiado como para jugar un papel central en lo que estaba ocurriendo. En tal circunstancia, le interesó sobremanera tener una amplia visibilidad diplomática, por lo que designó a un enviado especial a la región con varias iniciativas conciliadoras. El ministro de relaciones exteriores chino, Wang Yi, celebró veinte conversaciones con líderes regionales y planteó varias propuestas de arreglo en colaboración con el Consejo de Seguridad de la ONU.
La mayor parte de sus intervenciones se manifestaron por medio de exhortaciones a todas las partes en llamados a detener la escalada violenta, a recurrir a la mesa de negociaciones y a acatar la legislación internacional, como si jugara el papel de un padre que está por encima de la contienda e intenta restaurar la paz sin darle la razón absoluta a ninguno de los actores del drama. Aún más, la continuación del abasto a Irán, tanto de materiales destinados a la elaboración de misiles como de información de inteligencia, fue mantenida sigilosamente para evitar los posibles costos diplomáticos y estratégicos de ser considerado un partícipe activo en esta guerra.
A estas alturas del conflicto puede afirmarse ya que China ha sido exitosa en el abordaje que ha mostrado. Irán sigue considerando a China como su principal socio estratégico y comprador de su petróleo, al tiempo que los países del Golfo e Israel mantienen vigentes los acuerdos comerciales y financieros convenidos de antemano, mientras con Washington prosigue la misma relación de competencia y antagonismo controlado que existía antes de la guerra.
En síntesis, Beijing ha desplegado en este caso un pragmatismo cuidadosamente calculado, producto de una clara visión estratégica, en contraste desde luego con la evaluación que se puede hacer acerca de la manera en que EU e Israel iniciaron la guerra.
Y es que el tema del posible cierre por Irán del estrecho de Ormuz y sus lógicas consecuencias desestabilizadoras fue inexplicablemente ignorado por ellos en esos primeros días de marzo cuando la guerra arrancaba, lo cual fue un error estratégico garrafal que derivaría, sobre todo para la administración de Trump, en un gravoso callejón sin salida. A casi medio año del inicio de la guerra puede afirmarse que no pasan desapercibidas las diferencias extremas entre la disfuncional alharaca de Trump que a diario se contradice, y el silencio prudente y cargado de cálculos sesudamente elaborados por la perseverante jerarquía china, que lenta, pero firmemente, continúa ganando presencia y terreno en el entorno global general.
