El corazón dorado del Día de Muertos florece en Xochimilco, CDMX
En los canales milenarios de Xochimilco, CDMX, donde aún resuena el lamento de La Llorona, se cultiva el corazón dorado de los muertos: el cempasúchil.

En los canales milenarios de Xochimilco, en la Ciudad de México (CDMX), donde aún resuena el lamento de La Llorona, se cultiva el corazón dorado de los muertos: el cempasúchil. Entre sus aguas que murmuran historias antiguas, las manos campesinas siembran vida en medio del recuerdo. Cada otoño, el paisaje se cubre de tonos naranjas y dorados, como si la tierra misma encendiera una ofrenda de luz para los fieles difuntos.
Es el tiempo del cempasúchil, la flor que según los antiguos mexicas guarda la esencia del sol y guía a las almas en su regreso al mundo de los vivos.
En estas chinampas, donde el pasado dialoga con el presente, hombres y mujeres como Alfredo Flores, productor de San Luis Tlaxialtemalco, mantienen encendida la llama de una costumbre que hunde sus raíces en la época prehispánica.
Sembramos desde el 15 de julio, dice mientras sus manos acarician los pétalos de una flor. Cada una va en su propio espacio, no se siembran al azar. Es un trabajo de paciencia y de respeto.”
El proceso es meticuloso: las plantas germinan en charolas con cavidades especiales, reciben una mezcla de tierra fértil y, a mediados de agosto, son trasplantadas. Un mes después, en septiembre, se pinchan y separan para fortalecer su crecimiento.
Ahí comienza el desarrollo final, para que en octubre y noviembre tengamos la flor lista para acompañar a nuestros muertos”, explica Alfredo.
A diferencia de otros cultivos, el cempasúchil exige una relación cercana entre el productor y la planta. Cada tallo, cada pétalo, refleja el esfuerzo de familias enteras que dedican jornadas completas de seis de la mañana a entrada la noche para que la flor llegue intacta a los altares en las ofrendas.
Siembra cuidada de cempasúchil
Eduardo Macedo, ingeniero agrónomo y técnico de producción en la Comisión de Recursos Naturales y Desarrollo Rural (CORENADR), aseguró que la siembra es muy cuidada con muy poco fertilizante para cuidar el entorno y la vida que dan estás flores.
Es una planta delicada. Hay que protegerla de plagas y enfermedades desde la raíz hasta el follaje. Pero también hay que cuidar la vida que atrae: abejas, mariposas, insectos polinizadores. El cempasúchil sano es un oasis para ellos.”
Este año, la producción en las zonas de conservación de San Gregorio Atlapulco y San Luis Tlaxialtemalco se duplicó: más de seis millones de flores brotaron del suelo chinampero. Un logro que no solo responde al incremento de la demanda durante el Día de Muertos, sino también al orgullo de preservar una herencia agrícola que se niega a morir.
Macedo explica que las variedades genéticas del cempasúchil más allá del tradicional tono anaranjado, ofrecen una paleta diversa: amarillos intensos, naranjas encendidos y tonos más tenues, resultado de cruces y adaptaciones locales.
Cada color tiene su historia, pero todas comparten el mismo significado: la conexión entre los vivos y los muertos.”
Eric Godoy, productor del ejido de San Gregorio Atlapulco, lo resume con sencillez: “Aquí trabajamos en familia. Somos doce personas quienes sembramos en la chinampa, cuidamos y vendemos. Empezamos en julio y terminamos en octubre, justo a tiempo para las ofrendas.”
Memoria viva de México
El ciclo del cempasúchil no solo es agrícola; es espiritual. Mientras las flores crecen, los campesinos saben que su destino es iluminar los altares y perfumar el camino de regreso de quienes partieron.
Muchos compran en mercados, pero aquí, en los viveros, pueden escoger su flor, ver cómo se cultiva y aprender a cuidarla. Si la podan bien, vuelve a florecer. La vida no se acaba, solo se transforma”, aseguró Eric Godoy.
En cada rincón de Xochimilco, el aire se impregna del aroma terroso del cempasúchil. Las abejas revolotean, y los productores invitan a todos a conocer su trabajo.
El cempasúchil, la “flor de veinte pétalos”, no es solo un símbolo del Día de Muertos; es la memoria viva de México. Un puente entre el sol y la tierra, entre los que están y los que ya se fueron. Su color no se apaga: cada pétalo es un resplandor de eternidad, por eso se siembra con amor y respeto, porqué cada uno de los productores de los sembradores, saben que una flor, un pétalo va directamente al corazón de sus seres amados ausentes.
*mvg*
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