Una noche de fiesta en el legendario Patrick Miller

Con varias décadas de prestigio, el Patrick Miller continúa siendo uno de los puntos de reunión obligados para todo mexicano que se se considere chilango

Por: Vice

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CIUDAD DE MÉXICO.

Cuando tenía unos 9 o 10 años, Juan José, un veinteañero –quizá menor de 20, la verdad– que trabajaba en el mismo lugar que mi mamá, me reveló todo un universo visual de volantes futuristas, con los que se anunciaba algo que apenas alcanzaba a entender y que más tarde descubriría que se trataba de las célebres fiestas sonideras de Hi-NRG, esas que democratizaban –pinche palabrita pedorra, pero es la única que me viene a la mente– el concepto de discoteca, y que eran capaces de convertir cualquier callejón en un umbral hacia un futuro imaginario de la mano del buen audio, las luces juguetonas y música heredera de la música disco y su espíritu hedonista.

Juan José me contaba que él y montones de seguidores más de algo llamado Hi-NRG se reunían dos veces a la semana afuera de una tienda de discos de la calle de Génova, en plena Zona Rosa, para presumir e intercambiar propagandas impresas en estimulantes papeles con llamativas tintas, dibujos que parecían relatar historias de ciencia ficción, muchas veces protagonizadas por sensuales personajes. Un día, aquel amigo temprano decidió que había llegado mi momento de poseer uno de aquellos flyers, que deslizó desde su carpeta forrada con decenas de ellos hasta mis manitas emocionadas. Su segundo obsequio fue un vinilo de Lene Lovich, mi introducción –sin saberlo– al new wave, aunque yo pensaba –¡era un niño, carajo!– que eso era Hi-NRG. Con esos eye candies que se traficaban cual estampitas a unas cuantas cuadras de donde yo vivía, Juan José había conseguido sembrar en mí el interés por una música que pronto descubriría cómo sonaba, y que se volvería fuente de mis primeros estímulos relacionados con música sintética bailable.

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*Este contenido es publicado con autorización de NOISEY de Vice.   GTB