Reinan las calles desde las esquinas

San Judas Tadeo y la Santa Muerte libran el juego de llamar la atención de todos los que pasan frente a ellos

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Las imágenes de San Judas Tadeo vigilan las calles, a quienes compran y a quienes venden, y a quienes sólo van a conocer y fotografiar. Fotos: Ana Reyes

CIUDAD DE MÉXICO, 10 de mayo.- En el Centro Histórico de la Ciudad de México se vive una dualidad difícil de comprender.

Sus esquinas tienen un vigilante con las manos llenas de escapularios, rosarios y monedas a sus pies.

Las imágenes de San Judas Tadeo vigilan las calles, a quienes compran y a quienes venden, y a quienes sólo van a conocer y fotografiar la zona del oriente del Centro Histórico.

Cada efigie de fibra de vidrio de San Judas tiene una réplica, una respuesta: la Santa Muerte. Él, austero y descolorido por el sol, ella, espléndida, con limpias ropas de encaje.

Ambos libran el juego de llamar la atención de todos los que pasan frente a ellos, en las calles de  Zapata (continuación de Moneda), Alhóndiga, Soledad y Anillo de Circunvalación.

A diario caminan cientos de miles de personas en esta área consideradas el mercado al menudeo más grande de México y los transeúntes no son ajenos a la presencia de las efigies.

Hay quienes perciben alguna hipotética contradicción acentuada porque a lo largo de la calle Alhóndiga hay una docena de esculturas de cantera del Niño Jesús que acentúan el sentido cuasi religioso de este rumbo.

Los que captan más atención son los Judas y la Santa Muerte enfrentados, enfrascados en una lucha por sumar oraciones, peticiones y limosnas de los transeúntes.

Julio Sánchez, nieto de Guillermina Rico, legendaria dirigente de comerciantes callejeros del Centro Histórico, es quien coloca las efigies y las alcancías.

Asegura que cada día 28 de mes lleva lo recolectado al templo de San Hipólito, donde se venera a San Judas. Lo que se recauda en los altares de la Santa Muerte es llevado al santuario de la “Niña Blanca”, en el barrio de Tepito.

Testimonios recolectados por Alfonso Hernández, cronista de la delegación Cuauhtémoc y especialista en la vida de esta zona, dan cuenta de que “todas las imágenes son diferentes, porque cada una de ellas es la creación de cada quien. Ante la falta del sentido de la vida, hay un exceso del sentido de la muerte”.

El propio Hernández considera que esta especie de batalla entre santos se juega en un terreno de por sí cargado de simbolismo a unos pasos del Palacio Nacional y la Catedral Metropolitana, “en la tierra mexicana, en la que todo es preguntas en espera de respuestas”.

Esta es, tal vez, la zona de mayor dinamismo económico de la ciudad, un territorio lleno de reminiscencias de comida y bebidas oaxaqueñas, sembrado de indigentes, el paraíso de la piratería y las baratijas, con edificios próximos a cumplir 500 años en pie, donde San Judas y la Santa Muerte tienen un diálogo en silencio, en la eterna dualidad de la santidad y las sombras.