Cinceló su vida en el amor por el atletismo

Era, por su rapidez y elegancia, la mítica Atalanta rediviva. Corría con la ligereza del viento. Sus pies alados y poderoso cuerpo proyectaban energía y el fuego espiritual de las grandes campeonas del atletismo olímpico. Figura cimera, legendaria, en la década de los ...

Era, por su rapidez y elegancia, la mítica Atalanta rediviva. Corría con la ligereza del viento. Sus pies alados y poderoso cuerpo proyectaban energía y el fuego espiritual de las grandes campeonas del atletismo olímpico.

Figura cimera, legendaria, en la década de los 70, vuela por el exterior de la elipse de la pista de Düsserdolf, Alemania, en la Copa Mundial de 1977. Lleva una cinta de color rojo en la frente, su cabellera negra flota, ondula; viste short blanco, con el número 4, y camiseta blanca, sin mangas. Es Irena SzewinskaKirszenstein, su apellido de soltera— y a su lado corre otra notable atleta que más tarde se convertirá en prodigio de los 400 m planos, Marita Koch, de la República Democrática Alemana. Vence Szewinska en una atronadora cascada de aplausos.

La estampa que se ofrece a los ojos de los espectadores bien podría ser inspiradora del sentido artístico del escultor. Cuerpos en tensión, con músculos definidos, poderosos, femeninos, en lucha. En el rostro, el esfuerzo y la voluntad de vencer; el placer de disfrutar la carrera atlética.

De padres poloneses, de raza judía, Irena Szewinska nació el 24 de mayo de 1946 en Leningrado, Rusia; recién había terminado la Segunda Guerra Mundial y Europa salía de las cenizas y escombros para reconstruir ideologías y curso del destino. Cuatro años atrás, Leningrado había sufrido los horrores de la barbarie nazi, cuando cerca de un millón de personas fallecieron de hambre por el cerco del ejército alemán. La imagen que respiró Szewinska de aquella atmósfera aún palpitaba en todo el mundo.

Cuando Irena Szewinska se inició en el atletismo, los reflectores de la velocidad se dirigían a Wilma Rudolph, el relámpago o la gacela de Tennessee, aquella poliomielítica que trepó en Roma al podio olímpico de oro. Destacó en el pentatlón, saltos, carreras, impulso de bala, vallas, se fortaleció y se distinguió en el sprint.

Marcó singularidades difíciles de igualar. En su trayectoria condensada citemos: siete medallas olímpicas, 3 de oro, 2 de plata y 2 de bronce. A los 18 años de edad, en testimonio de su genial talento, ganó su primer oro olímpico en el relevo 4x100 y plata en la prueba individual de 100 m lisos. Triunfó con récord mundial en México 68 en los 200 m planos, bronce en 100 m. Estuvo en México con el entrenador polonés Andrzej Piotrowski, quien dirigiera la carrera del mexicano Alejandro Cárdenas, bronce en el Campeonato Mundial de Sevilla. Szewinska ganó medalla de bronce en Múnich en los 200 m; oro en los 400 m en Montreal 1976. Diez récords mundiales. Única en la historia en romper RM en 100, 200 y 400 m lisos, la primera en destrozar la muralla de los 50 segundos en los 400 m (con parciales de 11.8, 11.1, 12.8 y 14.2: 49.9), lo que representa una velocidad promedio de nueve metros cada segundo.

Con talento, acerada voluntad, disciplina y, sobre todo, con amor por la carrera atlética, por disfrutar la competencia, cinceló su éxito. Fue miembro del Comité Olímpico Internacional, de la IAAF, Asociación Mundial de Federaciones de Atletismo; vicepresidenta del CO de Polonia.

Icono de Polonia, los judíos la elevan y comparan entre las mejores de su raza, al lado de los estadunidenses el nadador Mark Spitz y el monarca de ajedrez Bobby Fischer; con el sprinter inglés Harold Abrahams; en París y el campeón del juego ciencia Garri Kaspárov.

Irena Kirszenstein-Szewinska falleció el pasado viernes 30 de junio en Varsovia. Esta inteligente y gran mujer legó a las generaciones un estilo de vida de lucha y superación.

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