México 1970, los cinco genios brasileños

Pelé, Jairzinho, Gerson, Tostao y Rivelino conformaron el ataque más exquisito en la historia de los mundiales

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CIUDAD DE MÉXICO.

La eliminación de Brasil en la primera ronda del Mundial de Inglaterra 1966 resultó un golpe tan duro en el ánimo de los habitantes del país sudamericano, que llegaron a pensar que la magia de su representativo se había terminado. El pesimismo era demasiado, alimentado no sólo por el bajo nivel que demostraron sus jugadores, sino también por la negativa de Edson Arantes do Nascimento de volver a vestir la Verdeamarelha ante el desastre. Pero el ambiente tenía que cambiar. La dictadura militar brasileña lo demandaba.

Los dos títulos obtenidos en Suecia 1958 y Chile 1962 habían logrado que la selección amazónica se convirtiera en la consentida de su pueblo y lo que menos necesitaba la gente en el poder es que el humor social decayera. Joao Havelange, presidente de la Confederación Brasileña de Futbol fue presionado para avivar el futbol de la Verdeamarelha. Un cetro más, apoyado en un robusto aparato propagandístico, serviría para legitimar a los gobernantes.

Havelange decidió echar mano del entrenador  y periodista Joao Saldanha, un autodidacta que creó el mejor Botafogo de la historia, el que ganó el campeonato carioca en 1957. Pero erró en su apuesta. El técnico echó encima a todo mundo, incluido a Pelé.

El distanciamiento con el crack parecía un buen argumento para alejar a Saldanha del banquillo, pero su cese se dio por sus diferencias con el general Emilio Garrastazu Médici, quien asumió la presidencia de Brasil en 1969. A mediados de marzo de 1970 se buscaba un nuevo técnico.

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Ante la salida de Saldanha, la apuesta fue por Mario Zagallo, un técnico que no había mostrado una tendencia política clara, que contaba con un carácter más manejable que su antecesor y que tenía un mayor reconocimiento entre su gremio. Se pensó que afinaría lo que trabajó Saldanha y, en efecto, lo logró. Para su bien, su antecesor había recuperado la confianza y futbol de los jugadores.

El mayor logro del Lobo Zagallo fue conjuntar a los mejores 10 brasileños en un mismo once: Pelé (Santos), Jairzinho (Botafogo), Gerson (Sao Paulo), Tostao (Cruzeiro) y Rivelino (Corinthians). Un plantel descomunal.

Félix, Carlos Alberto, Brito, Piazza, Everaldo, Clodoaldo, Gerson, Jairzinho, Tostao, Pelé y Rivelino conformaron el once que enamoró a México, el del futbol infinito, el que encumbró el Jogo Bonito. 

En la primera ronda, Brasil venció a Checoslovaquia (4-1), a la vigente campeona del mundo Inglaterra (1-0), con Bobby Charlton como su estandarte, y a Rumania (3-2). 

En los cuartos de final, le tocó enfrentarse al Perú de Héctor Chumpitaz y Teófilo Cubillas, para doblegarlo 4-2, en una muestra de poder que le dio el impuso para encarar de mejor forma el resto del Mundial. 

En semifinales se cruzó con Uruguay, triunfo a favor de 3-1, en un partido que quedó marcado por una jugada de Pelé, en la que se quitó a Ladislao Mazurkiewicz con una finta, pero que acabó con un remate desviado.

En la final, Brasil goleó 4-1 a Italia de Dino Zoff en el Estadio Azteca, el 21 de junio de 1970. Se quedó a perpetuidad con  la Copa Jules Rimet.

La victoria extraordinaria de Brasil fue la victoria del futbol. Del futbol que Brasil juega sin copiar a nadie, haciendo del arte de sus jugadores su fuer-za mayor e imponiendo al mundo futbolístico su estilo. Que no precisa seguir el esquema de otros”, escribió Saldanha en O Globo un día después.