Veinte años de trajinar

Sentir que es un soplo la vida, que 20 años no es nada…” es la frase icónica de Volver, el tango de Carlos Gardel y Alfredo de la Pera. Pensé en esta expresión al comenzar el artículo. Luego llegaron D’Artagnan y Porthos, que pelearon contra Athos y Aramis y luego se reunieron de nuevo en la secuela de Los tres mosqueteros, Veinte años después, de Alejandro Dumas y Auguste Maquet, quien también (después se descubrió) fue coautor de otras obras de Dumas.

Esas reminiscencias cargadas de nostalgia, aunque no de melancolía, llegaron a mi mente cuando decidí escribir sobre mi experiencia en los primeros 20 años de la nueva época de Excélsior, que se cumplirán el próximo domingo.

Tuve la fortuna de que el 22 de marzo de 2006 cayera en miércoles, el día en que me tocó publicar mis editoriales. Titulé el primero Pupitres, política y poder. Voy a parafrasear el párrafo en el que manifesté el porqué de ese encabezado, que ha marcado a mis artículos hasta la fecha.

El rótulo de aquella pieza indica la valoración que hago del sistema educativo mexicano. Primero, los pupitres tienen como propósito poner la atención en lo más importante: las implicaciones de las decisiones políticas en las aulas y en los actores internos del sistema educativo, estudiantes y docentes. Segundo, política: mis análisis privilegian las relaciones entre personas e instituciones, entre fines y medios, entre propósitos y resultados. Tercero, poder: busco explicar qué intereses, abiertos y ocultos, definen las políticas en la educación, cómo se toman decisiones y a quién realmente favorecen.

He sido consecuente. En el trayecto de dos décadas, ciertas cuestiones tomaron prioridad. La meta de un periódico es exponer las noticias del día, mientras que la de los editorialistas es analizar la coyuntura, aunque con frecuencia recurren a la historia. No he abandonado los pupitres: lo que sucede en el aula, las relaciones entre docentes y alumnos y entre ellos mismos. La parte triste: dado el contexto de violencia criminal, hay más noticias sobre acoso escolar, riñas entre estudiantes (incluso con muertes) y menos sobre su aprendizaje y la tarea de los maestros.

En el análisis de la política, mi interés principal es el estudio de las reformas educativas. Aquí se conjuga mi trabajo académico con el periodístico. Importo conceptos de la literatura especializada y los utilizo para construir argumentos e interpretaciones, al mismo tiempo que aventuro similitudes con lo que sucede en otras latitudes. El campo de la educación comparada e internacional ocupa parte importante de mis preocupaciones intelectuales.

Con todo, mi tema principal (hasta la obstinación) gira alrededor del poder. A lo largo de la historia del sistema educativo mexicano, observo dos actores preponderantes: la burocracia oficial y el liderazgo del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación. Analizo las relaciones de consenso y conflicto entre ambos, sus particularidades y facciones. Dos pensadores clásicos inspiran mis lucubraciones: Nicolás Maquiavelo y Max Weber. Los acompañan autores contemporáneos de varias corrientes teóricas. Dos de los conceptos que me permiten aventurar interpretaciones son: tecnología del poder, acuñado por Michel Foucault, y colonización en la exposición de Martin Carnoy. La influencia de Carnoy en mi trabajo es mucho mayor que la de cualquier otro autor; fue mi mentor en la Universidad de Stanford.

Su tipología de colonización (por convite, pactos y conquista) me permite caracterizar cómo las facciones del SNTE se hicieron del control de la educación básica. La mayoritaria, con una tecnología del poder astuta, como la conducta de los zorros, y la de los maestros rebeldes de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, que actúa como león. También discurro sobre cómo los líderes de esas facciones controlan la trayectoria profesional de sus agremiados y, en cierta forma, los enclaustran en sus redes de poder.

En contra de la letra del tango, 20 años sí son muchos. 20 años después de mi primer artículo en Excélsior, el estado de la educación mexicana quizá sea el peor desde que se fundó la Secretaría de Educación Pública.