Hemos mencionado con anterioridad que las guerras no sólo se viven en el campo de batalla; también se pelea en la narrativa y en la legitimidad. Y, justo eso, es lo que enfrenta hoy Donald Trump con su apuesta contra Irán.
El primer gran síntoma ya se muestra en el ámbito de colaboración con los aliados. Estados Unidos pidió respaldo (a Reino Unido, Francia, Alemania, Japón) para asegurar el estrecho de Ormuz y garantizar el flujo de petróleo. La respuesta fue un no rotundo. Alemania fue claro y directo: “Ésta no es nuestra guerra”. Los miembros de la OTAN también reaccionaron asegurando que este conflicto no es una guerra de la alianza, no activa mecanismos de defensa colectiva y, por encima de todo, no responde a una agresión a Washington. La OTAN es un órgano defensivo que institucionalmente no está diseñado para entrar en conflictos selectivos y unilaterales de sus miembros.
Esa misma OTAN que Trump desdeñó y criticó desde su primer día en la Casa Blanca, la misma a la que quería poner contra las cuerdas al asegurar que buscaba apropiarse de Groenlandia (tema que, por cierto, parece haber olvidado), es la misma que hoy da un paso atrás a las peticiones del presidente de Estados Unidos.
La reacción de Trump fue inmediata y contradictoria. Por un lado, el exhorto incluía la advertencia de que no proteger el estrecho “sería muy perjudicial para el futuro de la OTAN”, mientras que asegura que “Estados Unidos no necesita la ayuda de nadie”.
¿Y al interior?
El presidente también tiene frentes abiertos al interior del país que desgastan aún más la ecuación de una guerra impopular. La primera baja relevante fue la renuncia del jefe del Centro Nacional Antiterrorismo, Joe Kent, quien menciona una objeción de conciencia en plena guerra. Una declaración que es escandalosa al afirmar que Irán “no representaba una amenaza inminente y que el conflicto responde a presiones de Israel y su lobby en Washington”. Un miembro de primer nivel de su gabinete de seguridad pone en entredicho las causales centrales de esta nueva invasión. Por supuesto, Donald Trump lo descalificó de inmediato y lo llamó “débil”. ¿No fue él mismo quien lo nombró?
También en lo interno las cifras de popularidad tensan la presidencia de Donald Trump. Únicamente 41% de los estadunidenses respalda la entrada a la guerra y 53% se opone a ello. En lo que respecta a la aprobación presidencial, cae por debajo de 41%, y el rechazo sube a 54 por ciento. Estas cifras van a continuar bajando si el conflicto con Irán persiste y golpea el bolsillo de los votantes. El petróleo sigue ronzando los 120 dólares por barril, el alza en gasolina y el riesgo de recesión global mantiene con temores a los consumidores.
El problema de la narrativa y la credibilidad también está en juego en esta ecuación. Más de la mitad de los votantes creen que esta guerra sirve como cortina de humo frente al escándalo del caso Epstein.
Mientras Trump habla, casi todos los días, de una inminente victoria, el conflicto sigue y no hay un cálculo preciso de cuándo y cómo podría terminar. Parece que el cálculo militar de Estados Unidos no contaba con la resistencia ni capacidades defensivas de Irán. No es un asunto menor las tensiones que se están generando en los medios de comunicación, las amenazas de censura y la persecución a las voces críticas, como la del conservador Tucker Carlson, quien acusa a la CIA de espiarlo y que buscan declararlo agente extranjero.
La guerra ya no es sólo contra Irán; está en juego la pérdida de credibilidad y el desgaste acumulado, los aliados que no acompañan, los funcionarios que renuncian, los precios que suben y suben y los ciudadanos que desconfían del futuro inmediato. Una ecuación muy peligrosa de cara a las elecciones intermedias.
