José Saturnino Cardozo, un goleador de época

El paraguayo José Saturnino Cardozo, el máximo romperredes del toluca, señala que El balón siempre fue su mejor amigo

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CIUDAD DE MÉXICO.

Doscientos cuarenta y nueve goles. Si algo sabía hacer José Saturnino Cardozo (Nueva Italia, Paraguay 1971) en el Toluca, era eso. Cuatro campeonatos y los mismos títulos de goleo en poco más de 10 años. El único que pudo superar lo hecho por Vicente Pereda, el Diablo Mayor. Para Cardozo, el futbol lo fue todo. Momentos difíciles. Y de gloria. Cuando llegó a México, en 1995, se rompió los ligamentos cruzados. Y no salió de la banca hasta que apareció Enrique Meza, su mejor cómplice en época de títulos, primeros lugares y finales épicas. Mientras los Diablos cumplen 100 años, los recuerdos del paraguayo echan a andar de regreso. 

¿Cómo fueron esos días, después de la lesión?

Difíciles. Empecé a jugar uno o dos partidos. Me recuperé, fui a la Copa América de Uruguay, en el 95, y ahí me rompí definitivamente la rodilla: ruptura parcial de ligamento cruzado. Volví a jugar en un partido contra el América; hice una finta y se me fue la pierna de costado. Tuve que operarme en octubre de ese año. Sufrí muchísimo. En aquel momento era un riesgo operarse del ligamento cruzado. No te daba la seguridad de que ibas a volver a jugar. Compré un gimnasio en la casa y trabajé durísimo con el doctor. Tenía pocos amigos. Buscaba mucho a mi familia.

¿Hasta que llegó Meza?

Sí (se ríe), con él fue algo distinto. Se cambiaba mucho de entrenadores y yo no jugaba con ninguno. Iba a la banca o a veces ni eso. No tenía un equilibrio. El equipo pasaba por muchos altibajos y nos costaba pelear arriba. Nunca hubo un plantel armado para estar ahí. Un día iba a jugar de titular contra Tigres, pero amanecí muy mal y me operaron del apéndice. Esa vez, perdimos. Y a la siguiente semana llegó el profe Meza. Llevaba 13-14 días de haber sido operado. El profe habló conmigo, me dijo que iba a jugar, que sería el goleador del equipo. Me quedé sorprendido. Yo decía: ‘¿Cómo este señor, sin conocerme, dice que voy a ser campeón de goleo? ¡Está loco! Me dio un respiro. A la siguiente semana, me puso contra el Celaya; todavía me dolía la operación. Después, contra el Veracruz, me tocó hacer tres goles y ganamos. Ahí arrancó el equipo. No entramos a la liguilla por uno o dos puntos, pero el profe armó una familia fuerte, unida. Y no se equivocó.

249 goles en total. ¿Cómo hace un jugador para meter tantos?

Era el compromiso que yo tenía con el Toluca, después del respaldo que me dio en momentos difíciles. De repente no hacía goles, pero tenía que brindarme. No era fácil, sobre todo tratándose de un extranjero. Me encantaba quedarme después de los entrenamientos. Repetir y repetir, inclusive solo, cerca de la portería. El profe se quedaba a verme. Gracias a eso, a la repetición, vinieron los resultados.

Jugaban de memoria.

Sí, la verdad que sí. Fue muy fácil. El profe Meza también repetía mucho los trabajos y eso nos dio confianza. Nos obligaba a salir jugando, a tener el balón y aprovechar la explosividad que teníamos al frente. Si Fabián salía de uno o dos marcadores, ya sabía dónde iba a picar yo para el remate. Igual que Sinha. Nos conocíamos de memoria.

A propósito de Fabián Estay, ¿es cierto que no se bañaban antes de jugar un partido?

Es cierto (se ríe): Fabián y yo no nos bañábamos. Hoy, la mayoría se pone gel, perfume y salen todos bonitos. Nosotros entrábamos de feos, de guapos, sabiendo que era una guerra. El futbol es un deporte, pero a la vez una guerra, porque son 11 contra 11. Y el rival te quiere ganar los puntos, tu dinero, tu prestigio... Para nosotros era así. ¡No teníamos ni espejo en el vestuario! En todos los festejos que tenemos, Fabián sale con su peluca, que era inconfundible. Nos enfocábamos sólo en jugar.

¿Qué tal esa primera final?

Casi se nos escapa. Perdíamos 4-1 al minuto dos. Habían pasado 24-25 años sin que el Toluca ganara un título. Fue una final maravillosa, será difícil volver a ver un partido así. Dos equipos de mucha experiencia: el Necaxa venía de un tricampeonato, con jugadores inteligentes como Aguinaga. Muchas veces la gente dice que los títulos llegan por casualidad. No hay casualidades.

¿Su mejor rival?

Cardozo. El profesional que triunfa, siempre compite consigo mismo. El que no lo hace, casi siempre llega al fracaso, porque se preocupa más por lo demás. Esto es individual; lo colectivo lo arma el técnico. Nosotros peleábamos con nosotros para llegar bien físicamente. Yo hacía 10 goles y, jodiendo con mis compañeros, les decía: ‘El otro año voy a hacer 15. Y si lo cumplía, iba por 16.

¿Qué ha sido el gol en su vida?

Una culminación de muchos factores. El balón siempre fue mi mejor amigo. Yo trataba de estar en el momento justo, para definir las jugadas. No podía vivir sin el gol. Si yo no hacía goles, sufría. Debía tratar bien al balón porque me iba a llevar al área.

¿Como una pista en el mapa?

Es que está ahí. La gente busca aparatos para encontrarlo y los delanteros saben perfectamente dónde está, y no trabajan. El oro está ahí, en el área, ahí está la plata (el dinero). Todos los jugadores que hacen goles, ganan dinero. Hay que esperar el momento justo y repetir: 100, 150 veces. Yo hablo mucho con mis jugadores: si yo repito 50 veces por día los remates, en cinco días son 250; mil al mes, durante 10 meses son 10 mil repeticiones. La repetición te lleva a la perfección. No todos hicieron lo que nosotros como club. Jugamos mucho tiempo juntos y después repetíamos. Fabián se quedaba a tirar, Víctor Ruiz cobraba 20-30 penales y tiros libres todos los días. Si había una falta, sabíamos que lo iba a meter. Eso falta. Sabemos perfecto dónde está la plata y no la buscamos. Muchos dicen: ‘Hay que esperar la suerte’. Bueno, si vamos a esperar, juguemos a la lotería.

¿El equipo al que más    disfrutó anotarle?

Siempre disfruté hacer goles. No dependía del equipo, pero había unos que te dejaban mejor: América, Chivas... había una competencia muy fuerte. Y eso era bueno, porque nadie lloraba. Hoy, el jugador se queja si alguien lo maltrata. Lo que pasa en la cancha hay que dejarlo ahí. Nos veremos en una revancha, en el próximo juego y ahí te voy a ganar, porque en el campo es donde se gana. No hablando ni maltratando, ni queriéndole pegar afuera. No te sirve, porque te pagan para jugar, no para pelear, decía el profe Meza.

Un centro a segundo poste: ¿Cardozo es el Diablo Mayor?

Yo diría que sí. No hay que olvidarse del señor Vicente Pereda, que se entregó e hizo mucho para que el Toluca estuviera en este lugar. Salió campeón y fue el goleador. Cuando yo llegué, no sabía que había otro que tenía más de 100 goles. La diferencia, sin embargo, fue mucha: él hizo 119 y a mí me tocó hacer 249. Son épocas.

¿El defensa más complicado?

Los del Necaxa. ¡Eran terribles! En el Puebla, también había uno: Roberto Ruiz Esparza, el Coreano Rivera... ¡tiraban cada patada! Tenías que estar atento para que no te agarraran. Si el Necaxa te ganaba 1-0, 2-1, se defendía con todo. No teníamos espacio nunca. Encima, todos medían 1.85 de estatura: Almaguer, Montes de Oca... Sus señoras seguro dormían con espinilleras (se ríe).

¿Le faltó algo por hacer?

Nada. No tengo reproches de ningún tipo, porque el futbol me dio de más. Por eso el amor que le tengo es grandísimo. Desayuno, almuerzo y ceno futbol. Todo lo que tengo es gracias a eso. A los técnicos, a los equipos donde jugué y a mis compañeros. Cada uno está en el lugar donde se merece. Disputé dos Mundiales, prácticamente tres, porque en esa eliminatoria fui el segundo goleador detrás de Ronaldo, que metió 10. Yo hice nueve. No llegué por una lesión de 10 días antes. Disputé una final en los Juegos Olímpicos de 2004, estuve cerca de la Copa Libertadores... Fueron años maravillosos.

¿Su mejor recuerdo?

El campeonato del 98. Yo vi a esa gente llorando en el palco, por todo lo que representó el juego. El 4-1. Revertir esa situación no era nada fácil. Esa final es inolvidable. Me acuerdo que cuando nos hicieron el 2-0, el profe Meza me llamó para decirme: “¡Empiecen a tocar, porque nos van a meter 10! Vivimos años muy complicados, muy difíciles, peleando el descenso. En un principio yo no tenía la intención de venir a México. Después, todo cambió.

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