La otra Mabika

Yolande se dio a conocer en Río de Janeiro 2016 como una de los 10 atletas refugiados. Hoy, la judoka da charlas motivacionales en poblaciones vulnerables y sirve como voluntaria en las favelas

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CIUDAD DE MÉXICO.

Yolande Mabika no quiere imaginarse qué le habrá pasado a su familia, a la que le perdió la pista hace 18 años. Dice ser de la República Democrática del Congo, que cuando tenía 10 años la arrancaron de su gente para llevársela a vivir encerrada en Kinshasa. También cuenta que se convirtió en competidora de judo, porque así lo decidió el gobierno africano, un país que la mantuvo cautiva en jaulas, realizando giras como un circo, con hambre porque cuando perdía en el tatami la dejaban sin comida.

Dice que un día decidió escaparse, que era demasiada el hambre y un infierno el encierro. Realizaba el equipo congoleño una gira por Río de Janeiro, donde la mujer de piel negra reñía literalmente con sus rivales, por comida. Un descuido de los hombres que decidieron ir a gastarse el dinero que correspondía a la atleta, y la mujer de fuertes brazos forzó la puerta. Y comenzó el peregrinaje por las favelas, dormir en cualquier rincón con más hambre y el mismo miedo. Nadie en las favelas entiende el francés y nadie le ofrece ayuda. Alguien la lleva con el viejo Geraldo, otrora entrenador de judo desde los lejanos Juegos Olímpicos de Seúl 88. El hombre de pelo encanecido le cambia la vida.

La historia, su historia, Mabika la cuenta una y otra vez, a cinco meses de haber participado en los Juegos Olímpicos de Río 2016. Yolande Bukasa Mabika es una judoka de la República Democrática del Congo que desde 2013 vive en Brasil y fue una de los 10 atletas escogidos en el planeta para competir bajo el cobijo de la bandera olímpica.

Hoy da charlas motivacionales y sirve como voluntaria en actividades que ayudan a las poblaciones vulnerables de Río, en las favelas. También trabaja como mesera en un restaurante dirigido por un cocinero de Siria, también refugiado, que proporciona alimentos y ayuda a las personas sin hogar.

Su voz es suave, tímida. Quizá a fuerza de maltratos. Trae el pelo pintado de rubio y corto. Comenta que no hay día que no recuerde a su familia, no hay noche que no llore a su gente y a su pequeña amiga. “Un día mi amiga y yo regresábamos de la escuela y algo estaba sucediendo por nuestra casa, allá por la región de Bukavu. Había días que hombres armados se asomaban, mataban a los varones y tomaban a sus mujeres. Mi amiga me dijo que la esperara, que ella indagaría”. Fue la última vez que Yolande Bukasa Mabika supo de sus seres queridos.

Con apenas 10 años de edad, la aterrada niña fue tomada por hombres del gobierno y llevada a la capital Kinshasa junto a decenas de otros arrebatados niños. “Nos enseñaron el judo como una manera de entrenamiento”.

Mabika se hizo adolescente y mostró habilidades para el combate y ello indirectamente la alejaría más de su familia, pues la reclutaron sin pedirle permiso para integrar un selectivo africano que participaría en competencias internacionales.

A la judoka la hicieron dura a fuerza de entrenamiento y maltrato. La llevaron a competir exigiéndole triunfos so pena de castigos como dormir enjaulada o permanecer días sin probar alimento. Confiscarle el pasaporte era lo de menos.

Cuando me escapé en Río de Janeiro (2013), me perdí entre las favelas. ¿Sabes lo que es dormir en calles desconocidas, donde los pobladores hablan otro idioma y nadie te ayuda?”.

Mabika duró así un buen tiempo, pero los de las favelas supieron que aquella muchacha de piel oscura sabía cómo defenderse y bueno sería llevarla con el viejo Geraldo Bernardes. Nunca falta un buen samaritano, que busca ayudar a los que vagan. Y qué mejor si es por medio del deporte.

Al viejo Geraldo lo conocen por haber sido entrenador en los Juegos Olímpicos de Seúl 88, Barcelona 92, Atlanta 96 y Sydney 2000. Es el veterano del tatami quien decidió entrenarla, ayudarle a encontrar cobijo en la llamada Ciudad Alta, al norte de Río.

Mabika fue rescatada y, a los 28 años, compitió en Río 2016 bajo la bandera olímpica, junto con otros refugiados. Participó ante la israelí Linda Bolder en el tatami de los 70 kilogramos. Fue debut y despedida. Ese día no hubo maltrato, ni restricción de comida. Mucho menos encierro. Yolande pudo salir con la cabeza en alto y con ganas de que la miraran en todas las televisoras del mundo.

Dice que no sabe nada de su familia, pero espera que algún canal llegue hasta su viejo pueblo llamado Bukavu y “ellos sepan que estoy viva”.

A cinco meses de la justa olímpica Mabika dice ser “una persona mejor de lo que solía ser, más sonriente. Antes, la tristeza era parte de mi vida”.

Con la rutina de entrenamiento, de lunes a sábado, Yolande aprovecha el poco tiempo libre para hacer un curso intensivo de portugués. Tiene una beca del Comité Olímpico Internacional y otros patrocinadores, por lo tanto, ella abandonó las favelas y tiene un nuevo hogar en otra zona de Río.

La atleta tiene el sueño de crear una organización para ofrecer los deportes, especialmente el judo, frente a los niños vulnerables. “Cuando llegué a Brasil, muchas personas me ayudaron a conseguir comida. Ahora es mi turno para ayudar a los más débiles”.

Mabika cree que no debe detenerse ahí, porque la sensación de representar una causa es todavía demasiado fuerte para ella. “Todavía estoy en representación de los refugiados y sigo siendo parte de esta historia.”

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