Paco Jémez; entre el golf y el flamenco
Una vida rodeada de cantaores, ensayos y famosos señoritos en la que el futbol apareció de repente y nunca se fue. Es el técnico de Cruz Azul, el que gusta tirar birdies junto a Guardiola

CIUDAD DE MÉXICO.
No había conciertos ni festivales. Si un cantaor flamenco llegaba a grabar un disco, era casi un milagro. El padre de Paco Jémez (Las Palmas, España, 1970) sacó dos, pero la vida se la ganaba en Córdoba, donde existían los famosos señoritos, poseedores de fincas y dinero. Esos que entraban al bar a las 10-11 de la noche y salían a la tarde del día siguiente. Aquel cantaor que no bebía ni fumaba lo echaban fuera y traían a otro. Su padre llegaba a casa, casi arrastrado, pero con ocho o 10 mil pesetas en el bolso. Eso Paco nunca lo olvida. Por eso tanta admiración y tanto orgullo. Por eso el gusto por el flamenco y las canciones de Lucas de Écija, el hombre que le regaló la vida.
A todos los demás cantaores de esa generación los recuerda en el salón de su casa, ensayando. Vicente Amigo, El Pele, Paco de Lucía... Ese pequeño mundo en el que se conocían todos por el simple gusto de cantar. Paco no sé explica por qué, con esta familia, le picó el gusto por el futbol. Lo cierto es que antes sólo había eso.
Pero antes tenía que estudiar. Se inscribió en ingeniería técnica, terminó el primer año y en el segundo ya no pudo seguir. Por entonces, estaba en Andalucía, específicamente en Córdoba, la ciudad en la que creció y empezó a jugar.
Como futbolista pasó por todas las categorías. De Tercera a Segunda B y de ahí hasta Primera. Estuvo en el Córdoba (1989-91), antes de pasar al Murcia (1991), en una época en la que varios jugadores cobraban 30 millones de pesetas al año, lejos de la categoría principal.
Cuando le tocó llegar con el Rayo Vallecano, Paco Jémez jugó todos los partidos. Con lo que ganaba, se compró un Renault Súper 5 Turbo que compartió con jugadores que iban llegando al equipo, como el austriaco Anton Polster, en Las Rozas.
Una vez le tocó marcar a Diego Maradona, que venía de ser campeón con el Nápoles y jugaba en el Sevilla. Tenía 19 años. “Era mi primera temporada con el Rayo”, recuerda. “Un día, apareció el Sevilla... y con él Maradona”. Algunos resumieron el partido de la siguiente forma: “Paco no dejó a Maradona ni a sol ni a sombra”. Y en parte tuvieron razón, porque Jémez, como defensa, era muy pesado.
Tengo una anécdota del calentamiento: nosotros estábamos estirando en el Sánchez Pizjuán, en la parte izquierda, y el Sevilla del otro lado. Maradona tenía una forma muy particular de entrenar: con las medias bajadas y las botas con cordones desabrochados. Llegó un momento en el que nos dimos cuenta que estaba corriendo alrededor del campo y la gente le tiraba cosas. Naranjas, papel y pelotas de tenis. Y él las cogía, las levantaba y ¡pap, pap!, las devolvía. Ése era su calentamiento. Estábamos todos ahí, mirando, mientras nuestro preparador físico gritaba: ‘¡Venga, a calentar!’. ‘No, no’, le decíamos. Esto hay que verlo, esto no se lo puede perder uno. Era un espectáculo”. Tiene una foto en su casa de ese día.
Pero no sólo fue Maradona. Butragueño, Suker, Ronaldo y Zamorano también lo pusieron a prueba. Cuando se fue al Deportivo la Coruña, en 1992, el técnico Arsenio Iglesias no le dio bola. Fueron años difíciles para Jémez, que no estaba acostumbrado a quedarse fuera. Y así siguieron las cosas hasta que llegó John Benjamin Toshack, con el que ganó la Copa del Rey y la Supercopa de España (1995). Dos de los tres títulos que tiene como jugador, antes de conseguir otra Copa con el Real Zaragoza (2001).
Jémez era de los mejores en la defensa. Un jugador duro, rápido, de buena marcación que José Antonio Camacho consideró apto para representar a la selección de España. Ante Brasil, Argentina e Italia jugó sus primeros partidos. Y ahí conoció a muchos de los que hoy son sus amigos, como Pep Guardiola.
Terminamos juntos el curso de entrenador. Fuimos competidores durante muchos años y compañeros en el vestuario”, agrega. “Pero había algo que nos unía: el golf. Empezamos a jugarlo casi al mismo tiempo. En las convocatorias de la selección, cuando podíamos o teníamos ratos libres, nos escapábamos y echábamos un partidito. Nos relajaba y nos venía bien. Es una de las cosas que más me gustan”. Por eso el gusto por el green, los birdies, los tiros largos y el respeto hacia Tiger Woods.
Aunque, mientras jugaba con Pep, Jémez hablaba de futbol. Dos amigos, fanáticos del mismo deporte, platicando de táctica y estrategia, y también de espectáculo. Porque, para ambos, hay que potenciar que el jugador esté para lo que está, que es jugar bien. Si no, no tiene caso.
Como en el teatro, en la ópera y los partidos de antes, que hacía el Barcelona. “Soy un gran fanático del golf. Y es una pena, porque cuando estoy entrenando no tengo tiempo para dárselo. Me gusta la competencia. Es eso lo que realmente te exige y te evalúa. Si hoy tuviera que ser entrenador sólo una semana me faltaría algo”, acepta.
Alguna vez, al frente del Real Madrid, el italiano Carlo Ancelotti dijo que los equipos de Jémez, como el Rayo de 2013, representaban lo que era el futbol español. Y los números le correspondían, porque aquel Rayo, sólo detrás del Barcelona, solía ser el mejor en la posesión del balón.
Hay un tópico en el futbol que dice que ningún equipo es capaz de presionar los 90 minutos. Para Jémez, es mentira. “Un equipo lo que no puede hacer es estar corriendo desde un área a otra, ida y vuelta, 100 metros durante 90 minutos. Eso sí que no lo aguanta nadie. Un equipo bien organizado, bien colocado, yo le puedo demostrar a cualquiera, es capaz de hacerlo, sin un gasto físico demasiado alto. La presión, cuando no es efectiva, cansa mucho. Pero si la presión está bien organizada, no cansa tanto”. Y es justo eso lo que enfrenta hoy en Cruz Azul: presión, no sólo de jugar bien sino de ganar títulos. Pero Jémez hace igual que su padre, cantaor de flamenco: vivir o morir, pero siendo él.