Narciso no sabe perder

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

Perdieron. Fue clara, contundente, sin apelación posible: España 1, Argentina 0, con gol de Ferran Torres al minuto del segundo tiempo extra. Pero el marcador es lo de menos, porque la estadística arrasa con cualquier consuelo: la Selección Argentina no tuvo tiros al arco; España terminó con 20 remates totales y doce a puerta. El propio Lionel Scaloni, ya en Pujato, rompió en llanto y admitió que España fue superior. Y sin embargo, seis días después de la final del Mundial, en el MetLife Stadium, una petición en Change.org impulsada por la aficionada Gisela Sánchez rebasa las 80 mil firmas para exigirle a la FIFA que repita el partido. La coartada: el arbitraje “polémico y corrupto” del esloveno Slavko Vinčić, aunque la propia petición no aporta una sola evidencia documentada. La lógica, prescindible.

Lo llamativo no es la rabieta —el futbol siempre ha sido un manicomio afectivo—, sino que quien la aviva es el presidente de la nación. Javier Milei publicó en Instagram la frase que resume el diagnóstico de nuestra época: “El problema con Argentina es que somos llamativos, no pasamos desapercibidos, nos tienen celos y somos buenos en casi todo”. Traducción sociológica: si perdimos, no es que perdiéramos, es que el mundo conspira contra nosotros porque somos deslumbrantes.

Bienvenidos a los tiempos de Narciso. Christopher Lasch lo diagnosticó en 1979 y Byung-Chul Han lo actualizó 40 años después: el sujeto contemporáneo no soporta la frontera del otro. El otro le devuelve un espejo que no controla, y esa imagen —la de la derrota, el límite, la regla que se aplica pareja para todos— resulta intolerable. Narciso no odia al rival: odia al árbitro, al reglamento, al tablero. Odia todo aquello que le recuerde que existe una realidad exterior no negociable por su voluntad. La escena de los jugadores argentinos dando la espalda mientras España levantaba la Copa —con la sola excepción del delantero del Palmeiras, José Manuel Flaco López— es el manifiesto visual de esa incapacidad. No es mala educación deportiva: es la escenificación de un principio filosófico. Si la realidad no confirma mi grandeza, le doy la espalda a la realidad. Que celebren solos. Que el otro no exista.

Y aquí el asunto rebasa la cancha. Porque el berrinche narcisista no es exclusivo del futbol. Es el mismo gesto del político que, cuando pierde la elección, denuncia fraude sin pruebas. Del empresario que, cuando el mercado no premia su producto, culpa a la envidia. Del creador que, cuando la crítica no lo aplaude, acusa a la crítica de mediocre. Del país que, cuando el organismo internacional falla en su contra, acusa al organismo de corrupto. Es siempre la misma coreografía: en lugar de aceptar que el tablero tiene reglas y que el otro también juega, se declara el tablero inválido.

Erich Fromm advirtió en El corazón del hombre que el narcisismo grupal es más peligroso que el individual, porque encuentra en la nación, el equipo o el partido una coartada moralmente respetable. Uno no puede confesar en voz alta “soy el mejor del mundo” sin quedar en ridículo; pero puede gritar “somos los mejores del mundo” y cosechar aplausos. El pequeño narciso se disuelve en el gran narciso colectivo, y desde ahí ya se puede reclamar la repetición de una final, la anulación de un comicio, la revisión de un fallo judicial, la censura de un crítico. Todo en nombre de una superioridad que la evidencia se ha negado a confirmar. Lo triste no es que 100 mil personas firmen una petición imposible. Lo triste es lo otro: que un jefe de Estado, en lugar de recordarle a su gente que perder también educa —que la derrota es la única maestra capaz de distinguir el mérito propio del ajeno—, use el poder simbólico de su cargo para validar la fantasía de que la realidad debe doblegarse al deseo.

Zygmunt Bauman llamó a estos tiempos “modernidad líquida”, y quizá el mejor síntoma de esa liquidez sea justamente éste: la incapacidad de aceptar la solidez de un resultado. Todo debe poder rehacerse, revisarse, repetirse hasta que confirme la imagen que Narciso tiene de sí mismo. En el deporte, en la política, en el aula, en la empresa, en el arte. Hemos abolido la palabra fin. El Flaco López, aquel único jugador argentino que sí reconoció al campeón, apenas jugó 18 minutos en todo el Mundial. Quizá por eso supo lo que tantos, incluido su presidente, han olvidado: que reconocer al otro no te empequeñece. Te devuelve al tablero. Y sin tablero no hay juego. Sólo hay un espejo que se mira roto.