Tenemos que hablar (en serio) sobre seguridad

Otra de las principales vías de ataque de los opositores a los gobiernos de la Cuarta Transformación ha sido la situación de seguridad que atraviesa el país. Desde críticas frívolas y superficiales, como las de los principales dirigentes partidistas, quienes se pitorrean, y aún lo hacen, de la frase con la que Andrés Manuel López Obrador resumía su enfoque social, “abrazos, no balazos”, hasta supuestos expertos que insisten en que desde 2018 no existe una estrategia de seguridad. Peor aún, algunos se han atrevido a señalar una supuesta connivencia criminal, tema sobre el que ya hemos hablado en anteriores columnas.

Ya sea por cinismo, hipocresía o mera falta de honestidad intelectual, evitan entrarle de fondo al debate y atender las causas del problema. Últimamente también parecen haber decidido ignorar los datos, porque la evidencia, contrario a lo que esperaban, muestra los mejores resultados de los últimos años.

Ni siquiera el calderonista más acérrimo podría negar que fue durante el mandato del panista michoacano cuando la violencia se disparó con el inicio de la llamada guerra contra las drogas. A estas alturas, incluso el calificativo de “supuesta” sobra, pues tribunales estadunidenses demostraron que quien encabezaba esa cruzada no era más que un operador de uno de los grupos más poderosos de la delincuencia organizada.

Pero hablemos de números, porque si algo permiten las cifras es dejar de lado las consignas y observar con objetividad la evolución de la violencia durante las últimas dos décadas.

Entre 2006 y 2012, durante el segundo gobierno panista en la historia, el promedio diario de homicidios dolosos aumentó 148%, al pasar de poco menos de 30 víctimas al día a más de 70. Ese fue el verdadero parteaguas de la crisis de seguridad que aún enfrenta el país y, por tanto, el punto de partida obligado para cualquier discusión seria sobre las políticas implementadas desde entonces.

Tan profunda fue la tragedia que ni siquiera con la caída del calderonismo y el regreso del PRI fue posible cambiar el rumbo. Por el contrario, entre 2012 y 2018 el promedio diario de homicidios volvió a crecer 42%, llevando al país a los niveles más altos de violencia de su historia reciente. Hasta 2018 esa inercia comenzó, por primera vez, a revertirse.

La llegada de López Obrador y de la 4T significó un cambio de paradigma. Frente a una estrategia basada en el uso de la fuerza, la captura de capos y, como hoy sabemos, incluso en acuerdos inconfesables entre autoridades y delincuencia organizada, su gobierno apostó por atender las causas de la violencia y fortalecer los programas sociales. Los resultados no fueron inmediatos frente a una crisis gestada durante más de una década. Sin embargo, el sexenio cerró con una reducción de 9% en el promedio diario de homicidios dolosos, rompiendo la tendencia ascendente iniciada en 2006. No es menor que esa estrategia coincidiera con una reducción histórica de la pobreza y una recuperación sin precedentes del poder adquisitivo del salario.

Aun con esos avances, los resultados alcanzados durante los primeros 21 meses del gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum y su Gabinete de Seguridad merecen una mención aparte. Entre septiembre de 2024 y junio de 2026, el promedio diario de homicidios dolosos pasó de 86.9 a 45.4, una reducción de 48%. Además, junio de 2026 registró el promedio más bajo para ese mes desde 2015 y el primer semestre del año fue el menos violento desde 2016. Estos resultados son consecuencia de haber dado continuidad a una política social sin precedentes para atender las causas de la violencia, pero también de incorporar el rigor técnico y la visión basada en evidencia que caracterizan a la presidenta Sheinbaum. A ello se suma la experiencia de Omar García Harfuch, quien ya había demostrado en la Ciudad de México que la inteligencia, la investigación y la coordinación ofrecen mejores resultados que las recetas del pasado.

Aún falta mucho por hacer. Las heridas que dejaron el crimen y los malos gobiernos del pasado en amplias regiones del país siguen siendo profundas. Pero, por primera vez en muchos años, los mexicanos comenzamos a ver una luz al final del túnel. Ojalá nunca más regresemos al siniestro camino que nos condujo hasta ahí.