Un nudo más en la madeja

Esther Shabot

Esther Shabot

Editorial

El panorama de Oriente Medio se vuelve cada día más complejo. No sólo se intensifican las hostilidades entre EU e Irán y sigue en vilo la navegación por el estrecho de Ormuz, sino que los países árabes del golfo, como Kuwait, Baréin, Qatar y Emiratos Árabes siguen siendo objeto de constantes ataques iraníes a sus territorios que albergan instalaciones militares estadunidenses. Es incierto si el conflicto escalará mediante una intensificación de la ofensiva de EU o una reincorporación de Israel a ella. Mientras tanto, se mantienen activas, aunque cocinándose a fuego lento, las hostilidades entre Israel y Hezbolá en Líbano, al igual que en el caso de Gaza, entre Israel y Hamás.

A todo eso hay que agregar los nuevos frentes que han aparecido en los últimos días. Sauditas y hutíes han reactivado su confrontación militar, con la novedad de que estos últimos pretenden impedir el libre tránsito naval por el estrecho de Bab el-Mandeb en el Mar Rojo. De inmediato, los precios internacionales del petróleo se han disparado otra vez ante la perspectiva de crecientes dificultades para el libre tránsito de los cargamentos de crudo y gas.

Estando, pues, la región en medio de tan graves turbulencias, acaba de sumarse un elemento más que agudiza las tensiones y la incertidumbre. Se trata del anuncio de que los gobiernos de Trump y de Muhamad bin-Salmán (MBS) de Arabia Saudita están en el proceso de firmar un acuerdo de cooperación nuclear por el cual EU permitirá a la nación árabe emprender un programa de desarrollo nuclear para fines civiles, con posibilidades de enriquecer uranio. De proceder ese acuerdo, Arabia, que es firmante del Tratado de no Proliferación Nuclear, estaría consiguiendo una facultad que en estos momentos suscita muchas dudas y un mar de especulaciones al representar una nueva variable regional con capacidad de alterar el balance de fuerzas conocido. Si bien en primera instancia el anuncio enfatiza que el objetivo es desarrollar energía nuclear para fines civiles, se trata de algo con tal potencial de convertirse con el paso del tiempo en un factor profundamente disruptivo y peligroso que las preguntas y la preocupación por el citado anuncio se han vuelto tema de discusión central en el entorno global durante las últimas 72 horas.  

Ofrezco una disculpa por la cantidad de signos de interrogación que aparecerán aquí enseguida, pero es inevitable preguntarse muchas cosas al respecto. ¿A cambio de qué ventajas geoestratégicas es que Trump accedió a este acuerdo? ¿Cuáles serán los beneficios económicos multimillonarios que EU y corporaciones como Westinghouse recibirán durante los próximos años al ser ellos quienes asesoren, implementen y construyan la estructura necesaria para operar la producción de energía nuclear en suelo saudita?  ¿Impondrá Trump a MBS el compromiso de normalizar relaciones con Israel e integrar así a Arabia en los Acuerdos de Abraham a cambio del otorgamiento del beneficio nuclear? ¿Habrá forma de que el Congreso en Washington obstaculice la puesta en marcha de este acuerdo?

¿Se exigirá al régimen de Riad la aceptación en su territorio de la vigilancia de los inspectores de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) para corroborar que no se intente transitar hacia el enriquecimiento de uranio destinado a la fabricación de armamento nuclear? ¿Qué pasará con otros actores regionales también firmantes del Tratado de no Proliferación, pero que pretenderán ahora seguir los pasos de Arabia para mantener así un estatus paritario con el reino árabe? ¿Países como Turquía, Egipto y Emiratos Árabes se resignarán a quedar como segundones regionales? ¿Y qué significará para el régimen iraní la posibilidad, ahora sí más concreta, de que dentro de unos años uno de sus rivales más potentes en el vecindario pueda contar con un poder de disuasión lo suficientemente potente como para competirle y frustrar las ambiciones iraníes de convertirse en el poder hegemónico regional?

De seguro muchas otras preguntas surgirán sobre este tema los próximos días, preguntas que no será fácil responder en el corto ni el mediano plazo. Lo que por ahora es evidente, es que si Oriente Medio se había convertido en estos últimos tres años en un amasijo de tensiones cada vez más difíciles de desactivar, la posibilidad de desarrollo nuclear en el Reino de Arabia Saudita anunciada por Trump, constituye un factor más, enormemente disruptivo con capacidad de alterar, anular o voltear de cabeza, los escenarios regionales previstos hasta hace muy poco.