El siglo de Nacho Trelles

La figura tutelar del futbol mexicano celebra 100 años de vida. a propósito de este festejo, visitó la redacción de Excélsior

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Foto: David Hernández

Carta abierta a Nacho Trelles de Antonio Carbajal

El célebre ‘Cinco Copas’ lo considera el mejor entrenador que tuvo en su carrera. Hoy aprovecha las páginas de Excélsior para escribirle con motivo de su centenario

Querido Nacho:

Tengo la oportunidad de escribirte, aunque hace apenas un mes atrás te hablé por teléfono. Ya sabes que soy así, no es necesario que sea tu cumpleaños para que te felicite, por eso te llamé entendiendo que eres de pocas palabras, así nos dirigiste y así sigues hasta ahora.

Antonio Carbajal fue nombrado el mejor portero de la Concacaf del siglo XX por la Federación Internacional de Historia y Estadística de Futbol. Fotos: Archivo Excélsior y Agencias

No me da miedo decir después de todos estos años que fuiste el mejor entrenador y creo, sin riesgo a equivocarme, que eres el mejor técnico que jamás haya tenido México.

Hay cosas que a uno se le quedan en la memoria bien clavadas. Por eso, antes de tu cumpleaños, quería decirte gracias, porque por ti llegué a donde llegué, siguiendo tus consejos, tus regaños y aplicando los entrenamientos que nos ponías.

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¿Te acuerdas de esa anécdota de los tiros a gol? Estaba ya aburrido de que los entrenamientos de porteros fueran puros pinches tiros y así te lo dije, cuando de pronto sacaste un balón de futbol americano. Te dije que para acabarla de fregar ahora te inventaste algo y que me avientas la bola diciéndome: “¡Agárrala!”. Cómo te lo agradecí.

Así eran tus contestaciones, ahora sí que con poco decías mucho. Siempre fuiste muy eficiente hasta con las palabras, una filosofía buena, nada de bla-bla-bla, contigo todo era al grano, y punto.

Decías, y bien que me acuerdo: “Eres portero, tu labor es que no hagan gol”. Cómo me da risa todavía. Y con los defensas, decías: “Que no pasen los contrarios”. Y con los delanteros: “Hagan goles”. La verdad del futbol en pocas palabras, para qué tanto revuelo.

Fíjate, Nacho, que aquí en la vidriería tengo un escritorio en donde guardo cosas valiosas del futbol para mí. Tengo un recorte del primer punto que sacamos en un Mundial, en 1958, ante Gales, fue un 11 de junio. Otra, por ejemplo, de mi último partido, el 19 de julio de 1966, contra Uruguay, en el Mundial de Inglaterra que vimos juntos hasta el final. La primera victoria fue en Chile 1962, ante Checoslovaquia. Nos anotaron al minuto uno y volteé a verte a la banca. Entendía que necesitábamos sacar el juego adelante porque te comprendía bien que íbamos con muchas desventajas a los Mundiales y no tenías que recordármelo, sino que era algo silencioso entre nosotros, una especie de devastadora verdad. Sé que en el fondo eso era algo que te frustraba mucho, pero no te lo tomes tan a pecho, lo que hicimos, estuvo bien. Tú lo hiciste bien.

Aprovecho que en Excélsior me dejan escribir para agradecerte por ayudarme a llegar a cinco Copas del Mundo. Fuiste el mejor entrenador que tuve, con el respeto de los otros que me dirigieron.

Tu forma de orientarme y regañarme hizo que cambiara hábitos en mi vida que me ayudaron. Hubo una vez en que me reprendiste por llegar tarde a un entrenamiento de la selección. Viajaba de León en camión 12 horas y llegué hora y media retrasado. En la puerta me inquiriste: “¿A qué hora saliste de León?”. Te contesté que en el camión de las ocho de la mañana y tu respuesta fue: “Pues para la próxima te vienes en el camión de las seis de la mañana y santo remedio”. Nunca más volví a llegar tarde a un entrenamiento de la selección y a ninguna parte. Hasta la fecha, si tengo una cita, me aparezco con media hora de anticipación y eso te lo debo a ti.

Por eso te hablé antes de tu cumpleaños, porque quería platicar contigo. Me tardaste en contestar porque me dijeron tus hijas Leticia y Maria Eugenia que te tenían que meter del patio, pero que estabas bien. Bromeamos un poco, Nachito,  y me da gusto que llegues a los cien años de esta manera, con mucha gente buscando hablar contigo acerca de todos los jugadores que tuviste. Eres el entrenador más ganador del futbol mexicano y un hombre ejemplar.

Eras un tipo metódico y deportista y eso te dio una salud de hierro. Pocas veces vi a alguien tan metódico para despertarse, para apuntar una hora para comer, para ejercitarse, para estudiar, ¡híjole!,  qué disciplina.

Fuiste un ejemplo en todos los sentidos del trabajo, eras el primero en la cancha y el último en irte siempre con mucha paciencia, sacando lo máximo de cada jugador en su posición.

A veces me contabas que te imaginabas cómo jugaban los rivales. Eran los tiempos donde el video y la modernidad se suplían con la mente. Más de una ocasión, por lo poco que sabías del rival, seguro que atinaste en el parado táctico. Sin embargo, de cualquier forma, trabajabas muy duro.

Debo confesarte que cuando dirigí 11 años al Morelia, que me dio la oportunidad Nicandro Ortiz (¿te acuerdas de él?), apliqué prácticamente los trabajos que tú nos ponías en la selección. Soy uno más de los tantos alumnos que dejaste. Puntualidad, exigencia, paciencia, sacar lo mejor del jugador, pero había algo diferente. No tenía las palabras ni tu vocabulario, mi lenguaje siempre ha sido muy florido, grosero, pues, tú me conoces, mi palabra favorita era “¡Carajo!”.

O amenazaba a los jugadores de que, si no corrían, los echaba del equipo. En ese aspecto éramos diferentes, pero en el planteamiento táctico muy similares, pues te lo aprendí.

Supe del futbol y de la vida gracias a ti, querido Nacho.

* Antonio Tota Carbajal fue portero y seleccionado mexicano

en cinco Mundiales (1950, 1954, 1958, 1962 y 1966).

“A mí me gustaba la perfección”

Su historia como jugador y entrenador quedó grabada en la memoria del futbol mexicano gracias a sus innovaciones y éxitos

Pasan muchas cosas en un siglo. Nacho Trelles dibuja en el aire, con su dedo, siguiendo una línea imaginaria, los recuerdos de cuando vio por primera vez un campo de futbol.

Trelles, maestro de  maestros del futbol mexicano. Fotos: Archivo Excélsior y Agencias

 “Fue el Parque Asturias. Había un campo de beisbol también. El deporte me atraía, tenía menos de 12 años.”

Vivía Trelles otra época, donde el aroma de las cosas y el silencio parecía que nunca alcanzarían al tiempo y el chamaco que llegó de Guadalajara y se subía en los enganches de los tranvías para ir a jugar o cruzaba al Bosque de Chapultepec para competir con su palomilla al bolero, al trompo o al balón. Se convirtió en el entrenador más longevo en México con mil 83 partidos, 117 de ellos con la selección mexicana (datos tomados de su libro Recuerdos y Reflexiones), con la que consiguió el primer punto y la primera victoria en Mundiales.

Don Nacho atiende una visita a Excélsior, removido por el deseo de conocer la redacción del diario que siguió con lupa su vida como entrenador. No olvida a Manuel Seyde, aquel periodista que impusiera el mote de ratones verdes a los jugadores bajo su mando, pero  los años hacen que se alivien algunas diferencias. Mira un par de balones de cuero: “Con ésos jugaba, con ésos dirigí y con ésos fui feliz”.

¿Cuándo empezó a jugar futbol?

Me enteré que a Gaspar Rubio, técnico del Necaxa, le gustaba ver gente nueva. La tarde en que fuimos a buscarlo, a mis amigos no los dejaron pasar de la alambrada y resulta que a mí sí. Pero estaba el entrenamiento y otro amigo, Daniel Pérez Arcaraz, era el portero, muy malito por cierto; entonces me puse detrás de su arco y regresaba los balones que se iban desviados. Al final, Gaspar Rubio me citó al día siguiente. De la palomilla de amigos de la colonia, terminamos en el Necaxa Manuel Tamez, que después se hizo el cómico Régulo, y yo.

¿Le pagaban desde ese momento?

No, el futbol era amateur. Sin embargo, por debajo del agua daban algo de dinero cuando se ganaba, unos 50 pesos más o menos. Al Necaxa lo desaparecieron y los futbolistas fuimos repartidos. Yo fui a dar al América por tres temporadas.

¿Le fue bien en el América?

En mi debut hice dos goles, uno muy bonito, pero terminé por irme al Monterrey, que debutaba en Primera División, en 1945. Nos fue muy mal, éramos coleros porque no teníamos buenos dirigentes ni entrenador. Entonces, al acabar la temporada nos dejaron ir a donde quisiéramos. Yo estaba de novio con Consuelo, que sería mi esposa.

El futbol lo llevó a Estados Unidos.

Era el primer campeonato de soccer. Me fui con los Vikingos de Chicago. Empezó a funcionar la liga, buenos equipos, buen futbol. Salió campeón Nueva York; Chicago quedó en segundo. Sólo eramos dos jugadores mexicanos. Resulta que cuando estaba en la secundaria, tenía un amigo que se fue a Estados Unidos porque su papá debía trabajar allá de cónsul. Cuando llegué a Chicago, en 1947, me encontré con que estaba allá en el equipo.

El nombre de Ángel Pulques León le remite a un penoso incidente.

Me retiró del futbol. Cuando terminó la liga de Estados Unidos regresé a México para casarme y me enlisté con el Atlante. El Pulques León había sido mi compañero en el Necaxa. Fue una tarde de domingo muy soleada en el Parque Asturias. Vantolrá me dio un pase adelantado, recuerdo que corrí con todas mis fuerzas para controlar el esférico, entré al área cuando el Pulques se tiró a mi pie en corto y me fracturó, me rompió la tibia y el peroné. Todavía tengo la marca de la lesión, el pie me quedó chueco.

Fue una fractura que lo llevó a ser entrenador.

Exactamente, eso aceleró que estudiara los cursos de entrenador. Antes, uno tenía que hacer méritos, no como ahora que apenas se retiran y ya dirigen. Me fui al llano de inicio y luego Guillermo Cañedo de la Bárcena me dio la oportunidad en el Zacatepec, porque lo había conocido bien en el América.

Pero, aunque hizo campeón al Zacatepec, su primer título fue con el Marte.

Mi primer campeonato fue en 1953, pero un año antes no terminamos la temporada. Fue un caso curioso. En particular a mí me llegaron a pagar con quesos para que no me fuera del equipo y se completara mi sueldo, era algo muy extraño. Al año siguiente seguimos todos y resultamos campeones. Luego volví al Zacatepec para sacar dos títulos más y me llevaron a la selección mexicana, el señor Cañedo.        

Usted inició en 1957 en la selección, pero en los archivos aparece Antonio López Herranz como el técnico del primer punto en el Mundial de Suecia 1958.

Eso es falso. En realidad yo dirigía al equipo. Antonio López Herranz estaba enfermo y viejo, pero como tenía buenas relaciones lo mantenían en el banquillo. Sin embargo, el que dirigió al equipo fui yo. Recuerdo que entré al vestidor después de empatar con Gales y les dije a los muchachos que habían hecho historia.

¿Y la primera victoria ante Checoslovaquia, en el Mundial de 1962, le trae buenos recuerdos?

Sí, pero en realidad nunca hice tanto alboroto. A mí me gustaba alcanzar la perfección, o intentar llegar a ella. Ese Mundial teníamos la mejor selección de la historia y en realidad, cuando me preguntaron de nuestra victoria, le dije a la prensa que habíamos ganado, y punto. Jugamos bien, pero nos faltó más. Muchos demeritaron el triunfo porque ellos estaban calificados.

¿Qué fue lo que más le dolió de su paso con la selección mexicana?

El 8-0 que nos metió Inglaterra, la máxima goleada en contra a la selección. Fue horrible. Tuvo que jugar Antonio Mota en la portería en lugar de Calderón, que se había lesionado. Entraron los goles a racimos, aunque dos de ellos en fuera de lugar y un penal que no era. De cualquier forma eso ya no me lo quité a pesar de ser amistoso.

Y la prensa aprovechaba para irse contra usted.

La prensa siempre respondió a intereses. Muchos periodistas me atacaron, en particular Manuel Seyde, el que puso lo de ratones verdes. Antes del partido contra Inglaterra, en el Mundial de 1966, le confíe la alineación y me asintió en todo; y cuando perdimos escribió todo lo opuesto a lo que habíamos hablado antes. Sentí que me traicionó. Luego decían que regaba el pasto en el Coruco Díaz, que me metía al campo, que hacía show, pero jamás insulté ni menosprecié a alguien. Nunca hice cosas ilegales para sacar un triunfo, de eso me quedo tranquilo.

Gracias a que lo puso en el último partido de 1966, Antonio Tota Carbajal se convirtió en el Cinco Copas.

Carbajal no tenía estilo. Por ejemplo, a mí me gustaba Nacho Calderón y el porte del Tubo Gómez, pero la Tota tenía otras cualidades, una forma de ayudar poco usual. En el primer triunfo en Mundiales, Checoslovaquia nos metió gol al minuto uno, pensé que se venía una debacle, pero Carbajal, con su presencia, gritó con temple: “Vamos, no pasa nada”, y junto a la inteligencia de Raúl Cárdenas sacamos el partido. Carbajal estuvo en Mundiales porque se lo merecía, a pesar de que no era el mejor.

Por cierto que en ese Mundial se quedó con él a mirar el resto de los partidos en Londres.

Cuando acabamos nuestra participación, nos dieron la opción de regresar o ir a otros países de Europa. Salvo seis, que se fueron a conocer, los demás se regresaron. Carbajal y yo nos quedamos en Londres y entramos a la final de Inglaterra-Alemania con boletos que eran para empleados del reino. Nos metimos después, casi a escondidas, a una zona que no nos correspondía y unos asientos arriba de nosotros estaba la reina Isabel.

¿De todos los futbolistas que vio, con cuál se queda? .

Con Pelé. Lo vi debutar en la Copa del Mundo de Suecia 1958, a los 17 años, y de suplente metió dos goles en la final ante el anfitrión. Pelé era un caso único porque participaba hasta en 15 jugadas de ataque y además ordenaba al equipo desde abajo. Su sola presencia pesaba en el ánimo del rival. Aun así, me quedó con el orgullo de que México le pudo ganar a Brasil en el Maracaná con Pelé incluido, eso fue lo mejor.

Hábleme de lo difícil que era viajar con sus jugadores y alejarse del país. Le tocó “el mal del Jamaicón”.

Fue en barco, en esas largas travesías. José Jamaicón Villegas echaba de menos el hogar, era pura nostalgia por la comida o la familia, pero la verdad es que era el único. Los demás eran muy abiertos y le reprochaban su actitud. Aún así, se ponía a llorar por extrañar México.

Y después de la Copa del Mundo del 66, se esperaba que dirigiera en México 1970.

Pero no les iba dar el gusto de despedazarme en casa. Los periodistas eran muy duros, no les gustaba, y ni modo. Me peleé con Antonio Andere, con Manuel Seyde. Ignacio Matus era el que más me etendía por ser más joven. Ya cuando Italia nos goleó en cuartos de final, desde la tribuna decía: “Qué bueno que no fui yo”, pero me daba pena por el Güero Cárdenas.

¿Le falto algo por hacer en el futbol?

Mucho, porque no me quedé conforme con lo que hice, pero hasta ahí pude llegar. Considero que me faltó tiempo para hacer mejores futbolistas, se me quedaron muchas cosas pendientes. En los Mundiales en los que participé noté que estamos en desventaja tanto en técnica como en táctica. Lo mejor de cualquier forma, para mí, fueron los Juegos Olímpicos a los que asistí en Tokio 1964 y los de México 1968, esas son las mejores reuniones que puede tener el mundo.

Don Nacho Trelles dijo que “tenía ganas de conocer la redacción de Excélsior”, periódico que lo acompañó en su carrera. Visitó parte de El Periódico de la Vida Nacional el 11 de julio, recorrió sus pasillos y compartió anécdotas.

Una presencia que emociona

El legado de Nacho Trelles circula por igual en el terreno de juego como en conversaciones públicas y privadas

Nacho Trelles ha tenido una vida pública singular por el futbol y para el futbol. Sus hechos y dichos viven en la memoria de un sinnúmero de aficionados. La de Trelles es una presencia que emociona por lo que cuenta y cómo lo expresa. Nadie como él para explicar las características del futbol mexicano con elegancia, generosidad y convicción.

Con Jesús del Muro, su auxiliar un tiempo en la selección. Foto: Archivo Excélsior

A propósito de su centenario, don Nacho atendió la invitación de Excélsior. Llegó a la redacción el 11 de julio. “Estoy impresionado. No me lo imaginaba así”, expresó al tiempo que examinaba dos viejos balones de cuero y algunas fotografías de su época como entrenador, del archivo del Periódico de la Vida Nacional.

En sus Mundiales dirigidos escogió lo mejor. “Carbajal, Peña, Del Muro, Chava Reyes, Jáuregui, Tigre Sepúlveda… Es lógico que al ser seleccionados era porque me gustaban. Ningún seleccionado fue mandado ni impuesto. Yo me pasaba mucho tiempo mirándolos. Cuando iba a venir un torneo, iba a los partidos a ver a los jugadores. En México, en Toluca, en Pachuca, en Guadalajara…”, señaló.  

La trayectoria de Nacho Trelles muestra una decidida vocación por el deporte adquirida a temprana edad en Chapultepec: “De lunes a viernes, todos nos encontrábamos en el bosque para cascarear futbol o basquetbol”.

Eran los tiempos en que México dio cobijo a migrantes: “Había una mezcla en la cancha de futbol de españoles con alemanes. No había nada de racismo. Éramos muy amigos todos. En las mañanas íbamos a la escuela; en las tardes, a las cuatro, jugábamos”.

El futbol, a su manera, puede explicar el mundo. Gracias al juego, don Nacho fue testigo de sus tiempos. En Inglaterra 1966 saludó a la Reina Isabel II y años antes se enteró, con la herramientas en aquel entonces disponibles, de los días de la Segunda Guerra Mundial: “Supimos cuando empezó la guerra porque había dos militares que vivían en el barrio y después volvieron de Japón. Eran gente mayor. El capitán vivía en una casa grande, pero en este momento ya me falla la memoria”.  

En 2008, Nacho Trelles publicó Recuerdos y reflexiones, libro de memorias. “En mi caso, supongo, nada más supongo, que algunos jugadores que actuaron bajo mis órdenes, especialmente del Zacatepec, el Cruz Azul y el Puebla, tomaron en cuenta mis procedimientos y los han puesto en práctica durante su carrera de directores técnicos, pero no creo que haya formado una escuela”, escribió en esas páginas.

Sin embargo, jugadores, entrenadores y gente de pantalón largo siempre han solicitado el consejo de Nacho Trelles, la luz del futbol mexicano, el hombre que hoy cumple 100 años, una vida pública singular gracias al futbol.

Por los rumbos de Chapultepec

El Flaco Trelles se ponía trapos en los puños, en el barrio de Tacubaya, y aguantaba guamazos de los mayores sin chistar. Soñaba con ser un día algo así como un Kid Azteca, un Chango Casanova o Juan Zurita. De hecho, gastaría parte de su adolescencia escuchando en los viejos radios Telefunken  de bulbos los combates de aquella trilogía endemoniada.

El Castillo de Chapultepec, una de las pasiones de Trelles. Foto: Archivo Excélsior

Boxeador, bailarín de salón, amante de los autos antiguos y vecino de los presidentes. Nacho no imaginó que su llegada a la Ciudad de México le traería tantos cambios y aventuras a su vida, la que mudaría de Guadalajara a una ciudad caótica con más de 600 mil habitantes.

Era la de México una Ciudad en blanco y negro. Los años 20, con señoras de vestido largo y sombrilla, con hombres presumiendo sombreros Tardán (de Sonora a Yucatán...), bastón y bigote relamido. Por lo menos eso es lo que miró por la ventana del ferrocarril a su llegada, con la familia Trelles buscando nuevos horizontes.

Por ahí hubiéramos empezado. Nachito Trelles Campos nació en Guadalajara, su papá era maestro mecánico electricista y se trajo a la familia a México con la intención de lograr el título de ingeniero. Llegaron en tren a la estación de Buenavista y Nachito miraría, antes de que la máquina se detuviera, a unos chamacos jugando a la pelota. Después se enteraría que aquél era el Parque España.

La familia Trelles llegó a unos departamentos antiguos frente a La Alameda, ahí tenía unos parientes. Ignacio ya había terminado la secundaria y salía a pelotear frente al Hemiciclo a Juárez. Apenas un mes por esos rumbos, antes de encontrar casa por Tacubaya.

Su papá encontró trabajó de maestro. Salía de trabajar por las mañanas y estudiaba por las tardes. Consiguió el título. Siguió trabajando en la fábrica de vestuario, en un taller donde se hacían uniformes de soldados y oficiales. Con el tiempo, el presidente Lázaro Cárdenas llegó y la fábrica la hizo cooperativa.

Nacho vivía a una cuadra del Bosque de Chapultepec y ahí comenzó a hacer amistades con un grupo de chamacos que se autonombró La Palomilla. La colonia era grande y convivían mexicanos, españoles y alemanes. Ahí conoció a Daniel Pérez Arcaraz (El Club del Hogar) y Manuel Tamez (Régulo), chamacos como él, con sueños de ser futbolistas. Sólo Ignacio tenía futuro en las canchas.

Una vez jugaba La Palomilla en el Bosque de Chapultepec cuando Emilio Portes Gil salió a dar un paseo a caballo y se detuvo frente a los niños. Asombrados por la presencia del presidente de México, aquellos jovencitos corrieron junto al caballo. “¿Qué hacen, muchachos?” “Aquí, señor, jugando”. “¿Qué es eso?”. “Es futbol”. “Muy bien, sigan jugando”.

Y siguió su camino. Tiempo después Lázaro Cárdenas se haría presidente y se mudaría a Los Pinos. Él no era tan aficionado al deporte. Le gustaba hacer de todo México, obreros.

Ignacio crecería y se haría futbolista. Seguir pateando el balón de cuero, como lo hacía con La Palomilla, sólo que ahora de manera profesional. Empezaría el gusanito de los autos elegantes, el bailongo en los salones, las ganas de comerse el mundo. También el momento de conocer a Chelito, aquella jovencita que conquistó con amigos y un par de guitarras. Juntos construirían una familia, donde María Eugenia, Nacho, Leopoldo, Eduardo y Leticia serían el producto de dicho amor.

Foto: Tomada de libro Recuerdos y reflexiones.  

Su primer auto fue un Mustang. Después, Guillermo Cañedo le obsequió un Mercury 58 usado. Su hermano Amador lo llevó a la fuerza al estadio de Ciudad Universitaria para que aprendiera a manejar en el estacionamiento.

Y de ahí, a regresarse a Zacatepec al volante.

Con el tiempo Nacho se hizo técnico de los grandes. Nada menos que el entrenador de la selección. Su cachucha, el bigote y el silbato colgado al cuello lo harían un personaje digno de imitar. Como lo hiciera Ramón Valdés en la película de El Chanfle, bajo el nombre de Moncho Reyes (suena a Nacho Trelles). También decían que se parecía a Tintán, el más famoso de los hermanos Valdés.

Don Nacho recuerda que una vez se encontraron (técnico y actor) en Acapulco. Iban caminando y cruzaron sus caminos. De pronto se detuvieron, se voltearon a ver, se saludaron y comenzó la charla.

Dice no saber qué pasó con La Palomilla, ni acordarse del terremoto del 85. Pero sí del temblor del 57, cuando el Ángel con rostro de mujer voló hacia la muerte.