La tragedia de Ulises, 'y todo por cinco mil pesos...'

Estaba arrepentido pero era demasiado tarde; estaba enojado pero entendí que ese “amigo” que me conectó para esa chamba nunca más lo volvería a ver. Por cinco mil pesos me cortaron dos extremidades

thumb
Ese día, a las 11:57 de la noche, salí libre del CEFEREPSI. Me estaban esperando mis abogados y gente de la Defensoría. Lloviznaba y nos iluminaba la luz de la luna. No olvidaré esa sensación de felicidad y emoción de recuperar mi libertad. Se me había olvidado cómo era mojarse con el agua de la lluvia.

Nadie me culpó.

Nadie me dijo a la cara que fuese yo el culpable.

Cuando desperté estaba inmóvil en la cama de un hospital. Sentí mucho miedo. Cerré lentamente los ojos y la memoria fue traicionera. Recordé cosas que nunca borrarán años de sufrimiento.

¡Pum, pum, pum! Reviví la persecución de elementos del Ejército mexicano, escuché la ráfaga de balas contra la camioneta que tenía que llevar a una bodega de Reynosa, Tamaulipas. Era de noche y mi acompañante trataba inútilmente de responder al ataque furioso de los soldados.

¡Pum, pum, pum! Mi cuerpo estaba frío y ausente.

Mis manos apretaban el volante con desesperación. Recibí varios impactos, quedé inconsciente. Mi mente se nubló y ya no supe nada hasta que desperté en el Hospital General. Estaba mi ex pareja, con la que tuve hijos, y mi madre. Sólo ellas.

Afuera, en los pasillos, se encontraba personal del Ejército custodiando el área, y en la calle mi familia, tíos, primos, hermanos, pero no los dejaban pasar.

Cuando recobré plenamente la conciencia descubrí que me faltaba la mano izquierda y el brazo derecho.

Los amputaron.

Tenía vendas. Surgió un sentimiento dominante: el de estar condenado. Fue algo doloroso. Fisica y mentalmente estaba destruído. Mi vida había terminado sin morir. Perdí mi libertad. Estaba arrepentido pero era demasiado tarde; estaba enojado pero entendí que ese “amigo” que me conectó para esa chamba nunca más lo volvería a ver. Por cinco mil pesos me cortaron dos extremidades de mi cuerpo. ¿Cuánto tiempo se puede resistir algo así?

En esos años trabajaba en una taquería con el padrino de mi hijo menor. Y me ofrecieron esa chambita que no era cosa del otro mundo, un dinero extra y fácil. Lo pueden tomar a mal, pero honestamente yo era una persona muy trabajadora, así me considero. Desde chiquito empecé a trabajar en la cocina, soy cocinero. Pero esa noche me cayó la mala suerte. Imagínense lo que es perder una mano y un brazo, es desastroso. Me llené de miedos, inseguridades. En un instante me metí en una serie de problemas muy graves, rodeado de militares.

Nunca me voy a perdonar ver a mi madre destrozada, llorando por mi culpa. Al momento de escuchar que me trasladarían a una prisión a cientos de kilómetros de casa, comencé a llenarme de ideas negativas y a preguntarme, ¿qué será de mi vida? Todo se derrumbó. ¿Qué hacer? Hasta ahora comprendo lo fácil que es convertirte en nada, en un cero a la izquierda.

Recuerdo que mi corazón empezó a palpitar con tanta intensidad que sentí que mi rostro se tornaba rojo, tenía un calor muy intenso. Me estaban condenando a siete años y medio de prisión por el delito de portación de arma de fuego.

Era 2017 y me encontraba débil e indefenso. Al pisar el Centro Federal de Rehabilitación Psicosocial, ubicado en Ayala, Morelos, no sabía lo que iba pasar. La única certeza que tenía es que estaba ingresando a una cárcel, sin brazos. “Cualquier persona puede hacer conmigo lo que quiera, imposible defenderme”, dije en mi mente.

thumb

Desde que ingresé me sentí discriminado. Los médicos me dijeron sin ningún pudor que ese lugar no era para mí, que no estaba preparado ni acondicionado para recibir a personas con mi estado físico. Entonces, ¿qué diablos estoy haciendo aquí?, pensé. Las autoridades del sistema penitenciario publican documentos, dictámenes, estadísticas, presumiendo que los penales son lugares que ayudan a la reinserción social, mienten. Es todo lo contrario. Es un sistema corrompido, una fachada más. La comida es precaria, la atención médica es muy mala, persiste la prepotencia y arrogancia de los funcionarios que laboran ahí. El personal no está capacitado, muchos eran del área de cocina. Nunca fui atendido por un enfermero o enfermera, siempre eran los del comedor.

Con los abogados del IFDP tuve una atención diferente, honesta, más real.

Con el tiempo traté de acoplarme, por mi condición tuve que aprender a sobrevivir. Nadie me visitaba. La distancia entre Tamaulipas y Morelos era muy grande y rompió de alguna forma los lazos familiares.

Sólo quedó la soledad, sí, la soledad. He comprendido que en la vida las cosas más terribles ocurren en silencio y de manera natural. Cada interno tiene sus propios problemas y preocupaciones, cómo sobrellevar el día a día, etcétera, pero yo estaba sumido en un sueño, como en una pesadilla. Adentro no había compasión por nadie. Me pusieron un apodo: “El manitas”. Claro que me hacían sentir mal, me hacían mierda, conoces a gente que actúa de mala fe, con dolo. Adentro hay personas buenas y malas, y tuve que aguantar “vara” para convencer a muchos compañeros que me ayudaran a comer, a tomar un vaso agua.

Algo tan básico y sencillo ya no lo podía hacer. Dependía de otros para vivir. Creanme que es muy vergonzoso y desagradable que una persona desconocida te bañe y te limpie cuando haces tus necesidades. Tuve que aceptar con mucha incomodidad que otra persona me tocara mis partes íntimas para quedar aseado. Claro que para los demás tampoco fue fácil “hacerme el paro”.

Todo esto me afectó psicológicamente; esta situación ni a mi peor enemigo se la deseo

Recuerdo las sensaciones más poderosas: el miedo y la humillación. Lástima de juventud, es tan corta, pensé. Un día de 2018 vi la luz al final del túnel. Fue algo sorprendente. Me hablaron para notificación y veo a un par de abogados jóvenes, yo esperaba encontrarme con mi defensor de oficio, pero ellos me llamaron por mi nombre y me quedé mudo.

Se presentaron y me comentaron que venían de la Defensoría pública federal y que por razones de mi discapacidad llevarían mi caso para mejorar mi estancia en el CEFEREPSI.

Al principio tenía mis dudas, pero poco a poco empecé a ver los cambios, la agilización en el proceso, algo que no había visto. Con los abogados del IFDP tuve una atención diferente, honesta, más real. En 2019, la Unidad de Litigio Estratégico del IFDP impulsó la solicitud de modificación de la medida cautelar y así lograr la excarcelación por mi estado de salud, por lo que se generaron varios medios de prueba: peritajes y testimoniales de internos y personal del penal federal.

Dos años después, el 30 de junio de 2021, se llevó acabo la audiencia para el desahogo de pruebas. La Defensoría consiguió la sustitución de la pena de prisión por una medida de seguridad, que consistió en el arraigo en mi domicilio en Reynosa, Tamaulipas

Ese día, a las 11:57 de la noche, salí libre del CEFEREPSI.

Me estaban esperando mis abogados y gente de la Defensoría. Lloviznaba y nos iluminaba la luz de la luna.

No olvidaré esa sensación de felicidad y emoción de recuperar mi libertad. Se me había olvidado cómo era mojarse con el agua de la lluvia. ¡Estaba feliz! Es un momento que todos los que estamos adentro anhelamos y soñamos. Y finalmente sucedió gracias a los abogados de la Defensoría que en todo momento estuvieron conmigo y creyeron en mí.

Tal vez no les importen mis palabras, pero quiero decirles que valoren su libertad porque la podemos perder en cualquier momento. Ahora quiero hacer a un lado las fatigas de mi pasado, comenzar de cero. Quiero preprarme, estudiar. Tengo un tío que no cuenta con una pierna, pero él siempre estuvo aferrado a la vida. Me decía, “Ulises, estudia Administración de Empresas, eso es lo tuyo”, pero mi madre quería que estudiara Enfermería.

Me gustaría poner mi propio negocio de comida o de venta de ropa. A ver qué sale. Hoy, lo único que sé es que el pasado ya no me protege. No me tranquiliza. Ya no hay respuestas en el pasado. Quiero vivir el presente y espero que no me destruya el futuro. ¿Para qué recuerdo todo esto? Esta es mi pregunta. Quizá para no sentirme solo.

* Este contenido es publicado con autorización de Bucareli 22, gaceta trimestral del Instituto Federal de Defensoría Pública (IFDP)

Si das clic en la siguiente imagen podrás acceder a noticias en tiempo real:

 

«pdg»