¿La guerra de los 100 días de Trump?

La Casa Blanca no ha podido articular un objetivo en su ofensiva contra Irán.

Cuando Eduardo III de Inglaterra decidió, en 1337, reclamar el trono de Francia, probablemente pensó que sería una campaña rápida y contundente. Lo que nadie imaginó —ni él ni sus generales ni sus aliados— es que ese conflicto duraría 116 años. La historia la recuerda, irónicamente, como la Guerra de los Cien Años. Los reyes que la comenzaron no vivieron para verla terminar. Sus hijos, sus nietos y sus bisnietos heredaron una guerra que nadie supo cómo detener.

Guardadas las enormes distancias históricas, algo inquietantemente similar está ocurriendo hoy con Donald Trump y su guerra contra Irán. El pasado sábado 28 de febrero, Trump anunció, con su característica fanfarria, que Estados Unidos e Israel habían lanzado una operación conjunta contra Irán. En sus primeras declaraciones prometió que los bombardeos “continuarían sin interrupción durante la semana o el tiempo que sea necesario”. Días después habló de semanas. Luego, quizá de meses. La Casa Blanca no ha podido articular un objetivo claro, una estrategia coherente ni un horizonte de salida. Marco Rubio dice una cosa, Hegseth dice otra y Trump contradice a ambos antes del desayuno.

Ante ese vacío de liderazgo, algo perturbador ha llenado el espacio: la teología apocalíptica.La Fundación para la Libertad Religiosa Militar (MRFF, por sus siglas en inglés) ha recibido más de 200 quejas de soldados de todas las ramas del ejército estadunidense, provenientes de más de 50 unidades y 30 instalaciones militares. En ellas, oficiales de alto rango les han dicho a sus tropas que esta guerra “es parte del plan divino de Dios”, citando el Libro del Apocalipsis y el Armagedón.

Un comandante, con una sonrisa en el rostro, según describió un suboficial que presentó queja, declaró ante sus unidades que Trump “ha sido ungido por Jesús para encender la señal de fuego en Irán que causará el Armagedón y marcará su regreso a la Tierra”. No es un comandante solitario y perturbado. Son docenas, en cada rama del ejército.

El responsable de esta infección ideológica tiene nombre y apellido: Pete

Hegseth, secretario de Guerra, quien lleva un tatuaje en la piel con la Cruz de Jerusalén y la frase Deus Vult, el grito de guerra de las Cruzadas medievales. Hegseth ha instaurado servicios de oración cristiana en el Pentágono, dirige estudios bíblicos semanales y ha descrito abiertamente la política exterior de Estados Unidos como una cruzada de la América cristiana. En una conferencia de prensa el 2 de marzo, mientras los bombardeos sobre Teherán continuaban, Hegseth declaró que el objetivo era “destruir los misiles ofensivos de Irán, destruir su producción de misiles, destruir su marina”. Nada sobre diplomacia. Nada sobre el día siguiente.

En menos de una semana de bombardeos, ya hay más de 787 muertos en Irán, según la Cruz Roja iraní, entre ellos, centenares de civiles. Hospitales atacados. Edificios residenciales en ruinas. Y 153 niñas muertas en la escuela primaria de Minab —un crimen que el mundo no debería olvidar jamás—.

Mientras tanto, Trump

celebra desde Mar-a-Lago, exige el premio Nobel de la Paz y se autoproclama “presidente de la paz” —como Eduardo III se autoproclamó rey de Francia en 1340 tras ganar su primera batalla naval—. Ambos confundieron una victoria inicial con el fin de la guerra.

Esperemos que el conflicto de Trump dure cien días y no cien años. Pero cuando los generales les explican a sus soldados que están peleando para provocar el Apocalipsis, uno no puede evitar preguntarse: ¿alguien en esa cadena de mando tiene algún interés real en que esto termine? Y ahí está el peligro más grande de todos: un hombre impredecible, narcisista, con evidentes problemas mentales y convencido de su misión divina, con el dedo sobre el botón nuclear.

No sería la primera guerra que termina en catástrofe irreversible. Pero sería, sin duda, la última.

 

*Escritor, periodista y ambientalista