El vaquero y el astronauta: la creciente privatización del lejano espacio exterior
Del monopolio estatal al negocio privado: empresas como SpaceX están redefiniendo la competencia y el poder en el espacio.

Los países ya no son los únicos con programas espaciales y el objetivo ya no es solamente expandir los horizontes del descubrimiento científico. Gracias a su capacidad de reducir costos y su relativa independencia de los cambios en la prioridad política, las empresas aeroespaciales han transformado la órbita terrestre en un mercado abierto a la competencia e innovación.
Esta transformación ha tenido un impacto tangible en la vida en Tierra, ya que muchas de las actividades que mantienen a nuestras sociedades humanas, como el monitoreo climático, las telecomunicaciones globales, la navegación y los viajes terrestres, dependen en gran medida de activos espaciales.
Como cabeceras de este cambio, las compañías privadas han dejado de ser participantes secundarios y subordinadas a las políticas gubernamentales. Al contrario, se han convertido en sus proveedores de servicios esenciales para los lanzamientos y despliegues de satélites y módulos de aterrizaje además del transporte de suministros y astronautas.
Por ejemplo, SpaceX, la compañía aeroespacial del imperio empresarial de Elon Musk, se ha posicionado como uno de los principales actores en la conquista de la órbita terrestre, al nivel de otras potencias espaciales como la Unión Europea, Japón o incluso China.
Actualmente, su cohete Falcon 9 realiza 5 de cada 6 de los lanzamientos de cohetes y satélites de la NASA y su nave aeroespacial Crew Dragon ha transportado astronautas de múltiples países a la Estación Espacial Internacional (ISS, por sus siglas en inglés).
En un sector de tan alto riesgo y tan intensivo en capital como lo es el aeroespacial, en particular en lo que concierne a los lanzamientos y transportes tripulados al espacio exterior, los costos de entrada al mercado y de desarrollo de la infraestructura son enormes. Solo muy pocas empresas pueden competir, y por el momento, SpaceX es de las únicas capaces de producir cohetes fiables a gran escala y de manera rápida, permitiendo así verse otorgar contratos y consolidar su dominio del pescado.
Actualmente, de los 11 mil satélites que se estima que están activos y en órbita, 88 por ciento son para uso comercial y de esos, 10 mil son de Starlink, otra de las empresas de Elon Musk. Esta megaconstelación de satélites artificiales está diseñada para ofrecer internet de alta velocidad y baja latencia a nivel global. Se planea que a mediano plazo se llegue a entre 30 mil (o hasta 1 millón según las declaraciones más ambiciosas del empresario) de unidades en órbita para expandir la red Starlink.
Sin embargo, esta dominación no está totalmente asegurada. Por un lado, sigue dependiendo de la buena voluntad de los gobiernos. Las dos empresas aeroespaciales de Musk, SpaceX y Starlink, dependen en gran medida de contratos y subsidios del gobierno de Estados Unidos, representando entre 2 y 4 mil millones de dólares en sus ingresos anuales del periodo de 2021-2024 y con alrededor de 22 mil millones de dólares ligados a contratos gubernamentales con la NASA y el Departamento de Defensa en 2025.
No obstante, ese mismo año, durante una disputa sobre temas regulatorios de dichos acuerdos comerciales, Elon Musk brevemente amenazó con decomisionar el cohete Crew Dragon del cual depende la NASA para transportar astronautas a la órbita. Si bien se retractó y las misiones continuaron, este episodio es muy revelador de la vulnerabilidad de los programas espaciales gubernamentales frente a la privatización del sector aeroespacial.
Es por eso que el Congreso estadounidense en la ley sobre NASA de 2026 prevé la diversificación de socios comerciales como protección ante tales amenazas. Esta, a su vez, gira en torno a la lenta pero continua expansión del mercado aeroespacial, ya sea por la entrada de empresas aeronáuticas o de defensa (Airbus, Raytheon, Lockheed Martin) o por nuevas iniciativas específicamente enfocadas en el espacio como Blue Origin, Axiom Space o Beta Technologies.
Es así que vemos cómo en los últimos cincuenta años, la comercialización de las misiones espaciales ha venido a formar parte de la política espacial de países como Estados Unidos.