¿Menos sesiones y mayor precisión? Así ha cambiado la radioterapia en cáncer de mama
La radioterapia para cáncer de mama permite tratamientos más cortos en algunas pacientes y técnicas que reducen la exposición del corazón y otros órganos

La radioterapia para el cáncer de mama puede requerir hoy menos visitas al hospital y una planificación más precisa para proteger los órganos sanos.
Para una paciente, estos avances pueden traducirse en menos traslados, menos permisos laborales y más tiempo para recuperar su vida cotidiana, aunque el tratamiento adecuado depende de las características de su enfermedad.
El cambio va más allá de acortar un calendario. También implica decidir qué zonas necesitan radiación, cómo reducir la exposición del corazón y los pulmones y qué efectos podrían aparecer años después.
“Uno de los cambios más importantes ha sido nuestra capacidad para personalizar el tratamiento”, explica Rachel Jimenez, directora del Programa de Oncología Radioterápica de Mama del Massachusetts General Hospital, en entrevista con Excélsior.
“Actualmente, no solo buscamos controlar el cáncer de manera eficaz, sino también administrar la radiación con mayor precisión, reducir la exposición de los tejidos sanos y minimizar los efectos secundarios”.
De varias semanas a cinco sesiones en algunas pacientes
La radioterapia utiliza radiación de alta energía para destruir células cancerosas o impedir que crezcan. Después de una cirugía, puede ayudar a eliminar células que hayan quedado y reducir el riesgo de que la enfermedad reaparezca en la zona tratada.
Durante años se utilizaron esquemas más prolongados; ahora muchas pacientes pueden recibir tratamientos de tres semanas y algunas completar cinco sesiones en una semana. Para lograrlo se ajustan tanto la dosis por sesión como la dosis total, siguiendo esquemas evaluados en estudios clínicos.
Los resultados a diez años del ensayo FAST-Forward, publicados en 2026 en The Lancet Oncology, respaldan la seguridad y eficacia de administrar 26 grays —la unidad que mide la dosis de radiación— en cinco sesiones para tratar la mama o la pared torácica después de cirugía en pacientes con cáncer temprano.
Sin embargo, recibir más sesiones no significa que una paciente esté siendo tratada con una técnica inadecuada. La decisión considera el tumor, la cirugía, los ganglios y las regiones que requieren tratamiento.
“La duración del tratamiento no debe determinarse únicamente por la conveniencia de reducir las sesiones. Debemos asegurarnos de que el esquema elegido ofrezca un control adecuado de la enfermedad y sea seguro para cada paciente”, subraya Jimenez.

¿Cómo se protege el corazón durante la radioterapia?
La cercanía del corazón con la mama izquierda representa un reto al planificar el tratamiento. Una de las herramientas para reducir su exposición consiste en pedir a la paciente que tome aire profundamente y lo mantenga durante momentos específicos de la sesión.
Al expandirse los pulmones, el corazón se aleja de la pared torácica y puede quedar más apartado del área irradiada. Esta técnica, llamada inspiración profunda mantenida, se evalúa durante la planificación para determinar si ofrece una ventaja en cada anatomía.
“Por eso, la planificación debe considerar no solo el control del cáncer, sino también la prevención de posibles complicaciones a largo plazo”, señala la radiooncóloga, cuyo trabajo incluye investigaciones para reducir la toxicidad cardiaca asociada con la radioterapia mamaria.
¿Los protones son mejores para todas las pacientes?
La terapia con protones puede reducir la dosis que reciben determinados tejidos sanos. Esta ventaja puede ser relevante cuando deben tratarse regiones ganglionares o cuando otras técnicas no permiten limitar suficientemente la exposición del corazón y los pulmones.
Pero la elección requiere comparar los planes de tratamiento individuales.
“Los protones no son necesariamente superiores para todas las pacientes. En muchos casos, las técnicas modernas con fotones permiten administrar un tratamiento altamente preciso, con una excelente protección de los órganos sanos y resultados clínicos favorables”, explica Jimenez.
Además, reducir la radiación que llega a un órgano y demostrar una mejoría clínica a largo plazo son resultados diferentes; por eso siguen siendo necesarias investigaciones que precisen quién obtiene mayor beneficio.

Los tatuajes también pueden cambiar la experiencia
Tradicionalmente se han utilizado pequeños tatuajes permanentes para ayudar a colocar a la paciente en la misma posición durante las sesiones. Aunque cumplen una función práctica, su significado puede ir más allá del tratamiento.
“Para algunas mujeres, estas marcas pueden representar un recordatorio permanente de la enfermedad o afectar la manera en que perciben su cuerpo después del cáncer”, comenta Jimenez.
Su trabajo explora sistemas de imágenes de superficie y otras herramientas que permiten posicionar a las pacientes sin depender de esas marcas, siempre que se garantice la precisión y seguridad necesarias.
La atención continúa después de la última sesión
Los avances no eliminan todos los efectos secundarios. Pueden aparecer cansancio, cambios en la piel, sensibilidad o endurecimiento de la mama; entre los efectos tardíos están el linfedema y las complicaciones cardiacas o pulmonares.
Jimenez recomienda informar al equipo médico sobre dolor persistente, inflamación progresiva, dificultad para respirar o nuevos bultos. Estos cambios requieren valoración, aunque no necesariamente significan que el cáncer haya regresado.
“Nuestro objetivo no es solamente ayudar a las pacientes a superar el cáncer, sino también procurar que vivan más y mejor después del tratamiento”, concluye.
bgpa