El poder, ¿para qué?
Se debe entender qué es el hombre y qué es la sociedad y que no se limitan a la lógica económica o social
POR SANTIAGO GARCÍA ÁLVAREZ*
En los últimos meses, se ha debatido mucho en nuestro país en relación con el Sistema Nacional Anticorrupción y la ley 3de3, entre otras cosas. La preocupación social —en el fondo— está relacionada con un fenómeno que en nuestro país parecería ser progresivo e incurable: la corrupción.
El problema no reside únicamente en la corrupción. Ésta se da en posiciones relevantes de la sociedad, en personas que tienen una cierta autoridad de ejecución y que aprovechan su posición para vender favores o capitalizar —en beneficio personal— condiciones relacionadas con el cargo que ocupan. Hablar de corrupción nos lleva al complejo tema del poder, y a analizar el uso que se le da.
Revisando literatura sobre el tema, es curioso encontrarse las siguientes definiciones sobre poder: “capacidad de afectar el comportamiento de otros”, “capacidad de afectar los resultados de una organización” o incluso en términos prácticamente bélicos como “alinear coaliciones en tensión”. Una de las definiciones más neutras que he encontrado es “la autonomía para hacer algo”.
¿Por qué estas definiciones? Vivimos en una sociedad con un fuerte carácter individualista y materialista. Los bienes materiales son perseguidos con mucho empeño, y las personas están dispuestas incluso a la confrontación para conseguir más medios. Lo mismo pasa con el poder; se aspira a él, se busca y —una vez obtenido— se intenta mantenerlo a toda costa.
Especialmente, después de la Revolución Industrial y de la llamada “emancipación económica” —donde la economía asciende socialmente y llega a ocupar una posición más importante que la política— nuestro mundo se ha enfocado mucho a dos preguntas: ¿qué? y ¿cómo? buscamos el logro de objetivos, y tratamos de encontrar medios eficientes para conseguirlos. Esto ha generado avances tecnológicos importantes y ha ayudado también a un mayor desarrollo de la riqueza en el mundo. Sin duda se trata de logros importantes.
Sin embargo, las preguntas que hemos dejado de lado son: ¿por qué? y ¿para qué? Damos por supuesto que los fines importantes son económicos y que debemos conseguir mejores caminos para maximizarlos. Pero no es frecuente encontrarse planteamientos más de fondo.
Nos hemos vuelto expertos en los medios e ignorantes en los fines.
Sabemos que hay que llevar a cabo ciertas actividades para que una empresa genere mayores utilidades; como país, siempre buscamos que el PIB se incremente. Todo esto está muy bien. El problema es no vincular estas decisiones a un por qué y a un para qué.
Justamente ahí está el problema del poder. La gente sabe que lo quiere, y encuentra medios para acceder a él. Pero, ¿por qué el poder?; ¿para qué el poder?
Dicen que el poder es adictivo. Las personas que lo saborean difícilmente quieren desprenderse de él. Esto se relaciona con las definiciones expresadas previamente en relación con el poder. Si éste se entiende como mecanismo para conseguir otras cosas y lugar de privilegio con un sesgo individualista, en consecuencia no será fácil darle salidas más orientadas al bien común, al desarrollo social, etc.
Existe también, de fondo, una falsa concepción sobre la persona humana y la sociedad. Si la persona no es entendida como un ser relacional; si la sociedad no se entiende como un lugar donde unos nos apoyamos a otros para alcanzar una mayor cultura, una mayor educación y —en definitiva— una mayor felicidad, entonces es natural que encontremos usos perversos del poder. No tenemos resueltos el ¿por qué? y el ¿para qué? de las personas y de la sociedad, y nos dejamos llevar por inercias de carácter materialista e individualista. En esa misma dirección se mueve el poder, experto en el ¿qué? y en el ¿cómo? pero ignorante en el ¿por qué? y ¿para qué?
El poder no debe ser un fin, sino un simple medio para obtener bienes mayores. Por supuesto, debería estar alejado de la corrupción, pero no sólo eso. Las personas que ocupan cargos de relevancia en nuestro país deberían tener muy claro el por qué y el para qué de su posición; sólo así se rompe el sesgo negativo que predomina en la concepción actual de poder. Son cargos que, efectivamente, pueden ser un sano mecanismo de crecimiento personal; pero que, fundamentalmente, deben estar orientados a conseguir objetivos más grandes que ayuden a la sociedad a conseguir valores más altos y a las personas un desarrollo integral más completo; deben ser posiciones más de servicio que de beneficio personal. En ese sentido, es importante también entender qué es el hombre y qué es la sociedad, y que éstos no se limitan a la lógica económica, y ni siquiera a la social: están llamados a acercarse a la verdad, a la belleza, a la bondad; a disfrutar de bienes culturales más elevados y a desarrollarse plenamente como seres llamados a trascender.
*Rector del campus México de la Universidad Panamericana.
