Confianza, dignidad y respeto
Cualquier institución, pública o privada, es eficaz en tanto está alineada con un sentido de mejora social
Si nuestra intención es aportar para que nuestra sociedad funcione mejor, es importante incorporar a nuestros hábitos ciudadanos la voluntad de generar confianza, un valor indispensable que, sabemos, lleva tiempo construir y puede perderse en un instante.
La construcción de confianza debe iniciar con nosotros, las y los ciudadanos, para que pueda ampliarse a cada una de las instituciones públicas y privadas que hemos diseñado para relacionarnos.
No confiar en nuestros vecinos, en los compañeros de trabajo, en quienes nos proveen de algún servicio o en la autoridad, hace difícil que podamos fortalecer el tejido social, un concepto que se refiere precisamente a las conexiones que sólo pueden establecerse si cada uno tiene la seguridad de que el otro camina en una dirección similar y persigue intereses comunes a los nuestros.
La confianza es un ejercicio más que una oportunidad y, de verse confirmada, permite entrar en una segunda fase que es de credibilidad, muy diferente a la reputación o al prestigio, porque creer en algo o en alguien significa un compromiso mayor de las personas, porque involucra una buena dosis de fe en el futuro.
Si somos confiables, nos volvemos creíbles y, de ahí, podemos subir un peldaño más: obtener legitimidad, una característica que comparten las sociedades que han podido alcanzar niveles de bienestar para la mayoría de sus integrantes.
Sin embargo, llevamos décadas con una enfermedad social a cuestas que es la desconfianza y ésta inicia desde nosotros mismos, por eso tenemos que volvernos generadores de confianza en todos los aspectos de nuestra vida.
Hemos logrado cambios importantes a partir de la idea compartida de que somos una nación con mucho potencial y amplias opciones para crecer con justicia y equidad; nos falta actuar con constancia para mantener un mismo paso que no sea interrumpido por las eventuales diferencias que podemos manifestar, sean reales o artificiales.
Provocar confianza no es posible si antes no tenemos confianza en lo que buscamos individualmente y en el primer círculo con el que compartimos, que puede ser la familia u otros seres queridos. Transmitirla incluye la convicción de que, sin importar los obstáculos, el compromiso para resolverlos entre todos está garantizado.
Alcanzar la paz, la tranquilidad y la prosperidad que deseamos requiere la contribución de una ciudadanía que tiene claro que nadie puede solo y que las instituciones tampoco pueden sin la participación de una mayoría de mujeres y hombres que coinciden en el destino que quieren dejar como legado a las siguientes generaciones.
El primer voto de confianza es hacia lo que pensamos y hacemos por el bienestar general; luego lo podemos entregar a las iniciativas y objetivos que se nos plantean para solucionar los retos que enfrentamos como nación; sólo recordemos que cualquier institución, pública o privada, es eficaz en tanto está alineada con un sentido de mejora social.
Y por eso, las personas y las instituciones podemos actuar permanentemente con dignidad y respeto hacia todos los integrantes de nuestra sociedad, sobre todo aquellos que están en posiciones de servicio público y privado, los cuales también necesitan que les inspiremos confianza y no sólo están obligados a generarla como parte de sus funciones.
Si nos conducimos con respeto y tratamos a todas las personas a nuestro alrededor con dignidad, estamos generando lazos de confianza y asegurando una colaboración ciudadana, más allá de las normas y leyes que rigen nuestra convivencia y comportamiento, que permite que nos adaptemos a las circunstancias, apliquemos valores correctos que nos ayuden a todos a mejorar y sean la base de un auténtico cambio de conciencia colectiva para que perdure y sea la herencia que entreguemos a quienes tomarán las siguientes decisiones sobre el futuro del país.
