Aberraciones electorales
Lo peor de todo es que con el inmenso gasto de nuestra democracia, no logramos que las autoridades que emanan de los procesos electorales se vean legitimadas

Juan José Rodríguez Prats
Política de principios
El derecho, igual que la maleza,
tiende a la exuberancia.
Guillermo Floris Margadant
En un hipotético concurso mundial del derecho más aberrante, absurdo, ineficaz, costoso y contrario al sentido común, el derecho electoral mexicano quedaría en los primeros lugares, pues han prevalecido los intereses partidistas sobre el interés nacional.
El proceso electoral está sobrerreglamentado. Se puede identificar en muchos de sus artículos al partido que se beneficia, casi en todos los casos, al que gobierna. Se han hecho normas con pésima técnica legislativa y en su aplicación se incurre en graves ambigüedades.
He sido legislador cuatro veces por la vía de la representación proporcional y logré la postulación por mi partido, Acción Nacional, a la diputación por el IV distrito en Chiapas. Debo aclarar que también voy por la vía plurinominal. En mis primeros recorridos buscando el voto me ha impresionado cuán difícil es hacer una campaña.
La situación comienza con la lucha interna en el partido. En su momento apoyé la intervención de los órganos electorales en la vida interna de los partidos, lo cual hoy me parece un grave error.
Judicializar decisiones políticas de los partidos por la elección de dirigentes y candidatos ha conducido a enfrentar a correligionarios y que, finalmente, sean los jueces quienes den la última palabra.
Intentar cambiar la cultura política de un pueblo mediante leyes es incurrir en un grave y frecuente error, al sobreestimar al derecho como instrumento de cambio. Se presume la mala fe y se propician normas casuísticas, plagadas de requisitos y prohibiciones que distorsionan la voluntad ciudadana, valor primigenio a proteger.
El deterioro de las autoridades es evidente; prevalecen los numerosos trámites burocráticos y un inmenso derroche de recursos. Las candidaturas independientes y los partidos locales han terminado en una inmensa farsa, sobre todo estos últimos, creados desde el poder y no desde la ciudadanía.
Las instancias electorales resuelven en forma contradictoria. Lo peor de todo es que con el inmenso gasto de nuestra democracia, no logramos que las autoridades que emanan de los procesos electorales se vean legitimadas.
Para conformar el Poder Legislativo, no se busca un perfil parlamentario. Las candidaturas son premios a la militancia política o a la cercanía con las cúpulas partidistas. El resultado ha sido un visible deterioro de las legislaturas, tanto federales como estatales.
Con toda certeza, después de este proceso electoral, nuevamente se hablará de una profunda y definitiva reforma electoral, lo cual requerirá de un enunciado de principios para simplificar los procesos y disminuir costos.
El abaratamiento de nuestra democracia debe ser de alta prioridad, olvidarnos de las distintas etapas en campaña, algo absurdo y una enorme simulación. Hay que asomarse a otros países para confirmar lo sencillo que puede ser la manifestación de la voluntad ciudadana.
Habrá que agregar la trascendencia de las redes sociales. Lo que en un principio se veía como una manifestación más de la libertad de expresión, puede convertirse en una poderosa herramienta de manipulación.
Como bien lo expresa el filósofo español Carlos Díaz Hernández, “la mercadotecnia, arte de seducir y de destemplar ciudadanos”. Cicerón, hace más de dos mil años, criticaba los discursos del joven Catón porque los dirigía más a la República de Platón que al excremento de Rómulo, definiendo así la realidad de Roma.
En resumen, el derecho, el proceso y las autoridades electorales están muy lejos de corresponder a los anhelos de una sociedad cada vez más informada, más participativa y con un inmenso malestar con nuestra pervertida y simulada democracia.