Política deepfake

La falta de interés del público para distinguir entre noticias reales y falsas, y cierta disposición para creer lo peor de las personas que piensan distinto a nosotros, es un veneno corrosivo que destruye, por goteo, la cooperación y el diálogo democrático

Francisco Guerrero Aguirre

Francisco Guerrero Aguirre

Punto de equilibrio

La verdad es un lujo al que tenemos acceso contadas veces. Las batallas sobre la descripción de la “realidad” se dan en una atmósfera de desconfianza y secrecía. Se construyen narrativas que poco tienen que ver con lo que genuinamente sucedió.

Los “narradores” se auxilian de historias deepfake o ultrafalsas. Los sistemas informáticos permiten, mediante técnicas de inteligencia artificial, desarrollar y manipular videos, haciéndolos parecer considerablemente reales.

Estas alteraciones, casi imperceptibles, pueden emplearse para los más variados y perversos fines: competencia desleal, atentados contra la honra, pornovenganza y destrucción de reputaciones.

Este modus operandi, centrado en el ancestral modelo de la “guerra sucia”, se extiende con una velocidad vertiginosa en el ejercicio de la política y los procesos electorales. El resultado es la emergencia de la política deepfake.

La política deepfake se basa en una técnica de inteligencia artificial capaz de sintetizar la imagen humana, combinando y superponiendo imágenes creadas por ordenador. Se utilizan algoritmos de aprendizaje no supervisados conocidos como RGAs (Red Generativa Antagónica) y videos o imágenes ya existentes.

El resultado es, generalmente, un video completamente falso, pero en muchos casos, lo bastante realista como para poder inducir a error y presentar como hechos algo que es pura ficción.

El video manipulado de Nancy Pelosi, Presidenta de la Cámara de Representantes de EU, fue ralentizado 75%, distorsionando significativamente el sentido original de su discurso.

Una manipulación tan simple fue efectiva y creíble, mostrando cómo una falsificación de baja tecnología es suficiente para diseminar desinformación, no importando el formato.

La falta de interés del público para distinguir entre noticias reales y falsas, y cierta disposición para creer lo peor de las personas que piensan distinto a nosotros, es un veneno corrosivo que destruye, por goteo, la cooperación y el diálogo democrático.

Las falsificaciones profundas son parte central de los ciclos electorales en el continente, notándose un incremento importante de campañas de desinformación que no son fáciles de frenar.

Ante esta realidad, será necesario un ejercicio de mayor verificación en las distintas plataformas y canales donde se masifica el contenido de videos, audios o fotografías manipuladas.

Como señala la periodista Suhauna Hussain, en relación con el video manipulado de Pelosi, las plataformas de redes sociales reaccionaron de forma distinta, después de que la grabación fue reconocida como falsa. YouTube eliminó todas las versiones del video en su plataforma, sin embargo, Facebook lo dejó disponible, rebajando su prioridad como noticia.

El debate apenas comienza. Los gobiernos se preguntan cuál es la mejor ruta para regular, mientras los gigantes tecnológicos mueven su enorme influencia para incidir en el diseño de las políticas públicas por venir.

La mejor manera de contrarrestar una información falsa es desmentirla. Será crucial desarrollar herramientas más efectivas, al alcance de todos, que permitan, en caso de duda, verificar contenidos de manera oportuna.

Como lo apunta Deborah Johnson, profesora de Ética Aplicada de la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Virginia: “Estamos llegando a un punto en que no podemos distinguir qué es y qué no es verdad. La industria entera de la confianza y confiabilidad estará amenazada por esta tecnología”.

BALANCE

El debate político y el desarrollo de las campañas electorales están siendo amenazados por campañas de manipulación y de distorsión, que trivializan y ridiculizan el sentido original de las contiendas democráticas. Debemos buscar que la inteligencia artificial sea un instrumento para agilizar el intercambio de ideas en lugar de una herramienta que destruya la calidad de la información de los votantes. Necesitamos menos mentiras y más verdades para no extraviarnos en un circo de falsedades.

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