La tremenda Corte, otra vez

La Suprema Corte del Acordeón y la Trompetilla decidió autorizar a la Unidad de Inteligencia Financiera, dependencia de la Secretaría de Hacienda, que, si cuenta con “indicios razonables” (¿para quiénes?), bloquee las cuentas de quien considere sospechoso de lavado de dinero, financiador del terrorismo o simplemente malaonda.

En 2018, la Suprema Corte, que todavía no adquiría acordeones, aunque ya se ganaba muchas trompetillas, resolvió que, si autoridades extranjeras —generalmente gringas— solicitaban bloquear cuentas, el gobierno mexicano debía hacerlo, aunque tal permisividad no se extendía a las autoridades nacionales, que requerían orden de juez para meterse en la intimidad financiera de quienes se creyera que servían a malas causas.

Con la nueva decisión de los acordeonistas, se establece un criterio que pronto veremos aplicado en otros casos, pues empresas y ciudadanos quedarán en la indefensión cuando se crea, se imagine o se sueñe que sirven a la delincuencia. De este modo, la presunción de inocencia se va al bote de la basura.

En fin, que no debería extrañarnos la visión de los cortesanos que autorizaron tal barbaridad. En México existe una tradición que data de la posrevolución, la que permite tomar decisiones trascendentes con base en meras suposiciones, creencias, simpatías o antipatías. Es el caso de la sucesión presidencial.

Álvaro Obregón invistió como sucesor a Plutarco Elías Calles, quien, tras el asesinato de su padrino, se convirtió en el jefe máximo y designó a cuatro presidentes, de los cuales Ortiz Rubio le renunció como respuesta al autoritarismo, pero peor le fue con su cuarto favorecido, Lázaro Cárdenas, quien decidió que debía respetarse la investidura presidencial y mandó a Calles al extranjero.

Pero la historia siguiente ha sido que cada Ejecutivo designa por dedazo al sucesor, basado en las apariencias de fidelidad, la simpatía u otros factores igualmente falibles, pues el favorecido, una vez en la Silla, pinta su raya frente al antecesor, aunque eso, por lo que hemos visto hasta ahora, ha cambiado con los gobiernos de Morena.

El hecho es que se carece de método y sistema en muchos aspectos, y se formulan y aprueban comportamientos que muestran a México como el reino de las ocurrencias, lo que puede derivar en comportamientos que hoy nos parecen absurdos, pero que tendrán, como ahora, las más peregrinas justificaciones.

El gobierno federal está muy molesto con un organismo de la ONU que le reprocha por el constante aumento de “desaparecidos”, que generalmente son asesinados por la delincuencia o por las corporaciones de deberían combatirla. Sin embargo, para los criminales no es necesario desaparecer un cadáver, pero sí para los integrantes de toda fuerza pública, pues se trata de un delito.

De modo que no cabe el desgarramiento de vestiduras para que aparezcan los desaparecidos, aunque así lo pueda creer Rosario Piedra, la muy inepta presidenta de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, quien prefiere servir al poder y traicionar la lucha de su señora madre, la respetabilísima Rosario Ibarra de Piedra, quien murió sin conocer el destino que tuvo su hijo.

Lo decidido por la Corte otorga plena legitimidad a la suposición, a lo imaginario, a las puntadas, como ésa que tuvo el Senado de autorizar a particulares para iniciar contrataciones y procedimientos en obras de “infraestructura estratégica”, sin garantizar los recursos financieros suficientes para realizarlas. Parlamentarios de la oposición calificaron la decisión de Morena y rémoras como una muestra del más burdo neoliberalismo.

Con apego al subjetivismo que ha exhibido la Corte, que a nadie le extrañe si pronto se opta por nombrar funcionarios por derecho de sangre o razones hereditarias, en lo que estamos muy avanzados. En el reino del dedazo, el favoritismo y el capricho, las elecciones y otros procesos democráticos salen sobrando. Por ejemplo, el país se ahorraría buen dinero si, en lugar de convocar a centenares de aspirantes a consejeros electorales, todo se pusiera en manos de la señora Taddei, que ya sabe a quiénes le conviene dar esos cargos en el INE, los que serían, por supuesto, sus paniaguados. Y así para todo cargo público, con acordeón o sin él.