El país del no pasa nada
No son los resultados, no es su imagen pública la que importa, sino el criterio de quien premia la lealtad.
La gracia por encima de todo. Gozar de su confianza, hacerle saber que la lealtad que le guardan es total y sin cortapisas. La incondicionalidad vuelta virtud porque no rinden cuentas a la sociedad, sino a la única voluntad que todo lo decide y a la cual se deben, la que los puso en el cargo y en cuyas manos está su futuro. No son los resultados, no es su imagen pública la que importa, sino el criterio de quien premia la lealtad y hace cálculos en función de la estrategia electoral; única brújula que orienta sus acciones.
Por eso el tribunal de la opinión pública es despreciado y los altos funcionarios no tienen nada de qué preocuparse mientras sepan complacer los deseos del líder máximo del movimiento, quien los defenderá contra toda evidencia, si llegan a estar en la picota por meterse en problemas o no dar el ancho. Lo único que cuenta para sus carreras políticas es la versión que surge de los labios presidenciales cada mañana, el insustituible criterio de verdad que define las piezas del organigrama. Con ese cobijo literalmente se les puede caer el Metro y no pagar las consecuencias.
Fueron 27 muertos y 79 heridos al derrumbarse un tramo de la Línea 12 al paso del tren, tragedia que debió evitarse.
A un año de distancia no hay responsables, ni un solo detenido. La explicación salta a la vista: Marcelo Ebrard, quien la construyó, y Claudia Sheinbaum, a quien se le cayó, son los tapados-corcholatas estelares del juego sucesorio y el gran elector no va a sacrificar opciones de su dedo índice nomás por saciar clamores de justicia.
Si para los cercanos al presidente López Obrador no hay responsabilidad penal, menos aún responsabilidad política.
Se sigue padeciendo el peor desabasto de medicamentos por improvisar en su compra y distribución. El Insabi resultó un tremendo fracaso y todos siguen en sus cargos. No pudo suplir al Seguro Popular, dejando a casi 16 millones de personas sin servicio médico. La gestión de la pandemia fue de las peores del mundo, el modelo Centinela fue rebasado y la apuesta por la inmunidad del rebaño disparó los índices de mortalidad. Pero Hugo López-Gatell anda quitado de la pena.
Es verdad que para el proyecto político personalista todos los demás son peones. Sin embargo, en la lógica electoral del régimen, las renuncias por malos resultados o ineptitud en los grandes temas, máxime habiendo pérdidas de vidas, significaría aceptar los yerros y asumir la responsabilidad por ellos; así que el mandatario prefiere que sus otros datos conviertan el tema en asunto de opinión, la suya, frente a la de los conservadores. Y cuando no puede ignorar los costos por su magnitud ni culpar al “pasado neoliberal” como hace con su fallida estrategia de seguridad, entonces hace como si se tratara de una catástrofe natural.
A nadie se le puede culpar por un terremoto o un huracán, tampoco por el funesto colapso de la vía elevada en la Línea 12, no vaya a ser que Morena se quede súbitamente sin Presidente.
Pero la grotesca impunidad no sólo se da con las grandes fallas de esta administración, sino también con los actos de corrupción, así sean evidentes. No pasó nada con las decenas de casas que olvidó declarar Manuel Bartlett, pues se negaron a investigarlas pretextando que su compañera de vida de las últimas dos décadas “no es ni su esposa ni su concubina”.
Lo mismo podemos decir de los videos que exhiben a hermanos del Presidente recibiendo efectivo de manos de un operador del entonces gobernador de Chiapas. Una ministra determinó que el expediente del caso no podía entregarse al INE porque eso afectaría la privacidad del presunto responsable, poniendo en entredicho el sistema de fiscalización para evitar dinero ilegal en las campañas. Tras el escandaloso desfalco millonario en Segalmex, rescataron a su director, Ignacio Ovalle, con un cargo en Segob. Nada qué agregar.
En un evento oficial, López Obrador aseguro que su partido volverá a ganar “por paliza”. No quiere ponerse por encima de las disputas partidarias y ve al Estado y sus instituciones como instrumentos de su facción para prevalecer. Eso explica la impunidad de los suyos, pero también por qué quiere apoderarse de las autoridades electorales.
